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El Precio De Una Promesa

El Precio De Una Promesa

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Traiciones y engaños / Amor eterno / Completas
Popularitas:844
Nilai: 5
nombre de autor: Marion Cecilia Coloma Aguirre

En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer

NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 8: Fechas y promesas que guardamos en el alma

Con el paso de los meses, nuestra vida seguía fluyendo con la misma calma de siempre, y cada día nos parecía una copia hermosa del anterior, pero con pequeños detalles que lo hacían único.

Ya habíamos cumplido los catorce años y medio, y aunque seguíamos siendo jóvenes, sentíamos que nuestra forma de querernos era más madura y profunda que la de muchos mayores que nosotros.

En ese tiempo, aprendimos a valorar no solo lo que teníamos, sino también lo que construíamos día a día con nuestras propias manos y con nuestro cariño.

Una de las cosas que más nos gustaba hacer era recordar y celebrar las fechas que tenían significado para nosotros.

No necesitábamos grandes fiestas ni regalos costosos, sino solo el momento para detenernos y decirnos lo importante que era cada instante compartido.

Por ejemplo, el día que nos hicimos novios, preparábamos una cena especial en casa: Nicole cocinaba los platos que más nos gustaban, ponía un mantel nuevo con bordados en tonos rosados y colocaba flores frescas en el centro de la mesa.

Yo me encargaba de encender las velas, elegir la música más suave y colocar en los muebles algunos detalles en negro que le daban un toque de elegancia sencilla.

Así, entre luces tenues y conversaciones tranquilas, repasábamos cómo había empezado todo y nos prometíamos seguir cuidándonos siempre.

También nos gustaba salir a pasear por el centro de Maipú en las tardes de domingo, cuando el barrio estaba más tranquilo y el aire se sentía más fresco.

Caminábamos tomados de la mano, pasábamos por la iglesia que habíamos visto desde niños, recorríamos las calles arboladas y a veces nos deteníamos en alguna tienda pequeña para comprar algo: un libro, un pañuelo, un lápiz o una tarjeta con alguna frase bonita.

Esas compras sencillas se convertían en tesoros que guardábamos en una caja de madera que teníamos en el escritorio, junto con las primeras notas que nos habíamos escrito.

Para nosotros, cada objeto representaba un recuerdo, un paso más en nuestro camino.

En el colegio, nuestra situación seguía siendo la misma: éramos respetados, no nos metíamos en problemas y manteníamos nuestro ritmo de estudio.

A veces, cuando terminaban las clases más temprano, nos quedábamos un rato en el patio, sentados bajo el mismo árbol de siempre, y planeábamos lo que haríamos al año siguiente.

Queríamos elegir bien nuestras carreras, prepararnos para tener un futuro seguro y, más adelante, formar una familia como las nuestras, donde reinara el respeto y el cariño.

Nicole decía que le gustaría estudiar algo relacionado con el arte o la educación, para ayudar a otros niños, y yo pensaba en dedicarme a la administración o a los negocios, para seguir con el trabajo de nuestras familias y asegurarnos de que nunca nos faltara nada.

Al volver a casa, el ambiente seguía siendo el mismo: la luz entrando por las ventanas, el orden en cada habitación, el silencio solo interrumpido por nuestras voces o por la música suave que sonaba en la sala.

A veces nos sentábamos en el suelo de la habitación principal, rodeados de nuestros libros y cuadernos, y dibujábamos juntos: ella hacía flores, paisajes y figuras con lápices de colores claros y rosados, mientras yo dibujaba líneas firmes, construcciones y sombras con tonos oscuros y negros.

Cuando terminábamos, uníamos nuestros dibujos en una carpeta y decíamos que, con el tiempo, tendríamos un álbum entero de nuestra historia.

Nuestras familias seguían estando muy presentes, pero con la confianza suficiente para dejarnos vivir nuestra vida.

Nos llamaban por teléfono, nos visitaban cada semana y nos preguntaban con interés cómo nos iba en todo.

Nos decían que veían en nosotros una madurez que no era común a nuestra edad, y nos animaban a seguir así, sin apresurarnos pero sin perder el rumbo.

Sabían que nos queríamos de verdad y que nos cuidábamos mutuamente, por lo que no sentían la necesidad de vigilarnos ni de controlar cada paso que dábamos.

Hoy, cuando recuerdo esos días, me doy cuenta de que vivíamos en un estado de paz absoluta, donde la única preocupación que teníamos era disfrutar del momento y soñar con el futuro.

No sabíamos que, en la sombra de esa misma tranquilidad, ya se estaban gestando las palabras que pondrían a prueba todo lo que habíamos construido.

Pero por ahora, solo existían nuestras promesas, nuestros recuerdos, nuestra casa llena de detalles y ese amor que nos hacía sentir que podíamos enfrentar cualquier cosa, sin imaginar que la peor amenaza no vendría de fuera, sino de la duda que otros intentarían sembrar en nuestro interior.

 

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