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El Año En Que Dejamos De Respirar

El Año En Que Dejamos De Respirar

Status: Terminada
Genre:Romance / Maldición / Romance paranormal / Completas
Popularitas:574
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Valeria tiene un don maldito: cada vez que se enamora, la persona amada deja de respirar por unos segundos. Un año entero sin sentimientos es su única salvación. Pero entonces llega Nicolás, un chico con cicatrices en las manos y una enfermedad que lo tiene al borde de la muerte. Él no le teme a su maldición; al contrario, la busca. Porque él solo respira cuando ella lo besa. Juntos descubren que el amor no es veneno, sino el único remedio. Pero el año termina, y con él, la cuenta atrás para salvarle la vida.

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Capítulo 13: La escapada al mar

La idea llegó una tarde, mientras dibujábamos mandalas en su habitación.

Nicolás estaba más débil que nunca. Sus manos temblaban al sostener el lápiz, y su respiración era entrecortada, como si cada inspiración le costara un esfuerzo sobrehumano. Pero su sonrisa seguía intacta, y sus ojos seguían brillando con esa luz especial que solo tenía cuando me miraba.

—Valeria —dijo, dejando el lápiz sobre la mesa.

—Dime.

—Quiero ver el mar.

Parpadeé.

—¿El mar?

—El mar. —Su sonrisa se suavizó. —Nunca lo he visto. He vivido toda mi vida encerrado en hospitales, y nunca he visto el mar.

—¿Ni siquiera una vez?

—Ni siquiera una vez. —Su voz se volvió soñadora. —He leído sobre él. He visto fotos. Pero nunca lo he sentido. Nunca he oído las olas. Nunca he pisado la arena.

—Nicolás...

—Sé que es una locura. —Se encogió de hombros. —Sé que estoy demasiado débil. Pero si solo me queda un mes, quiero que uno de esos días sea en el mar. Contigo.

—No podemos irnos así como así. Estás ingresado. Las enfermeras no te dejarán salir.

—Entonces no les digamos.

—¿Qué?

—Una escapada. —Su sonrisa se volvió pícara. —Solo tú y yo. Un día. Unas horas. Nadie tiene que saberlo.

—Eso es peligroso.

—Lo sé. —Se inclinó hacia mí y tomó mi mano. —Pero vale la pena arriesgarse.

Y entonces, sin poder evitarlo, asentí.

—Está bien —dije. —Iremos al mar.

La noche anterior a la escapada, apenas dormí.

Lo preparé todo. Una mochila con ropa abrigada, mantas, una botella de agua, y el libro de Neruda por si acaso. También cogí el coche de mi madre, que había accedido con una sonrisa cómplice.

—Cuídalo —me dijo, dándome las llaves.

—Lo haré.

—Y cuídate tú también.

—También.

Llegué al hospital a las seis de la mañana, cuando el sol aún no había salido. Las enfermeras estaban en el cambio de turno, y los pasillos estaban vacíos. Entré en la habitación de Nicolás con la mochila al hombro y el corazón latiéndome a mil por hora.

Él ya estaba despierto. Vestido con vaqueros y una chaqueta gruesa, con la bufanda roja alrededor del cuello y una sonrisa enorme en el rostro.

—¿Lista? —preguntó.

—¿Listo?

—Más que nunca.

Salimos del hospital sin que nadie nos viera. O al menos, eso creíamos. Pero cuando llegamos al coche, vimos a la enfermera jefe, la señora Gómez, apoyada contra la puerta con los brazos cruzados.

—¿Adónde creen que van? —preguntó, con una severidad que no le creía.

—Señora Gómez... —empecé.

—No me digan. —Levantó una mano para callarme. —Van a ver el mar, ¿verdad?

—¿Cómo lo sabe?

—Porque Nicolás no ha parado de hablar de ello en toda la semana. —Sonrió, con una ternura que no esperaba. —Y porque he visto cómo se miran. Eso no se puede ocultar.

—¿Nos va a delatar? —preguntó Nicolás, con la voz temblorosa.

—No. —Se acercó a él y le ajustó la bufanda. —Pero quiero que me prometan dos cosas.

—Lo que sea.

—Primero, que volverán antes de que anochezca. Y segundo, que me traerán una foto del mar.

—Lo prometemos —dijimos al unísono.

—Entonces vayan. —Se apartó de la puerta. —Y disfruten.

El viaje duró dos horas.

Nicolás se quedó dormido en el asiento del copiloto durante la mayor parte del trayecto, con la cabeza apoyada contra la ventana y una expresión de paz en el rostro. Yo conduje en silencio, sintiendo el peso de cada kilómetro, de cada segundo, de cada latido de su corazón.

Cuando llegamos, el sol ya estaba alto.

—Nicolás —susurré, tocándole el hombro. —Hemos llegado.

Abrió los ojos lentamente. Parpadeó unas cuantas veces, como si no creyera lo que veía. Y luego, una sonrisa enorme iluminó su rostro.

—Es... es precioso —dijo, con la voz rota de emoción.

El mar se extendía ante nosotros, azul e infinito. Las olas rompían contra la orilla con un sonido rítmico, y el viento salado nos envolvía con su aroma.

—Vamos —dije, abriendo mi puerta. —Vamos a verlo de cerca.

Lo ayudé a bajar del coche y caminamos lentamente hacia la orilla. La arena se hundía bajo sus pies, y él se detuvo un momento para sentirla.

—Es suave —dijo. —No sabía que era tan suave.

—Lo es.

Nos sentamos en la arena, justo donde las olas llegaban sin mojarnos. Nicolás se apoyó contra mí, con la cabeza en mi hombro y los ojos fijos en el horizonte.

—Gracias, Valeria —susurró.

—De nada.

—No, en serio. —Levantó la vista y me miró. —Gracias por traerme aquí. Gracias por hacerme sentir vivo.

—Siempre estarás vivo para mí.

—Lo sé. —Sonrió. —Pero ahora, cuando me vaya, sabré lo que es el mar. Y sabré lo que es el amor. Todo gracias a ti.

—Nicolás...

—No llores. —Me secó una lágrima que no sabía que había derramado. —Hoy no quiero lágrimas. Hoy solo quiero el mar, y el sol, y tú.

Y entonces, con el mar a nuestros pies y el cielo azul sobre nuestras cabezas, me besó.

No fue un beso de despedida.

Fue un beso de eternidad.

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