Elena a punto de perder la custidia de su hija, esta en la disyintiva entre el amor y el odio a su ex, porque lo considera el autor intelectual de la muerte de sus padres
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Mateo.
Capítulo 4 – Mateo
La cocina es el único lugar donde puedo controlarlo todo. Los ingredientes, las temperaturas, los tiempos. Pero ella nunca fue un ingrediente que pudiera medir. Ella siempre fue el fuego que quema las recetas.
La vi entrar en la casa con Lucía de la mano, y el aire se me escapó de los pulmones como si alguien me hubiera golpeado el pecho. No era la primera vez que la veía, por supuesto. La había visto en juzgados, en consultas de psicólogos, en los momentos más fríos y distantes de nuestra separación. Pero verla cruzar el umbral de Punta Brava, el lugar que habíamos elegido juntos para envejecer, era como abrir una herida que creía cerrada.
Enséñame mi habitación, dijo Lucía, con esa voz que apenas era un susurro pero que para mí sonaba a sinfonía.
Elena la miró con sorpresa. Su hija no hablaba, nunca hablaba. Pero conmigo, desde el primer día, había encontrado la manera de comunicarse. No con palabras completas, no. Pero con gestos, con miradas, con esa confianza que su madre no entendía.
Claro, princesa respondí, arrodillándome frente a ella. Te he preparado la habitación del fondo, la que tiene vistas al mar. ¿Te acuerdas de las fotos que te enseñé?
Lucía asintió con entusiasmo, y su mano se enredó en la mía con una naturalidad que me partió el alma. Porque era mi hija, y yo la había perdido. La había perdido a ella y a su madre, todo por culpa de una maldita noche que no podía borrar.
Elena observó la escena con el rostro endurecido, pero vi algo en sus ojos que no esperaba. No era odio. Era celos. Celos de que su hija confiara en mí, de que yo tuviera ese lugar en el corazón de Lucía que ella creía exclusivo.
Te ayudo con las maletas dije, levantándome y evitando su mirada.
No hace falta.
Elena, por favor. No hagamos esto más difícil de lo que ya es.
Ella soltó un suspiro que parecía contener diez años de frustración, y finalmente asintió. Era una victoria pequeña, pero en esta guerra de desgaste, cualquier concesión era un triunfo.
Subí las maletas a la habitación principal, la que yo había ocupado durante los últimos diez años, y que ahora compartiría con ella. No en el mismo sentido, claro. La casa tenía suficientes habitaciones para que pudiéramos dormir en extremos opuestos. Pero yo había elegido esa habitación para ella porque era la más grande, la más luminosa, la que tenía un balcón desde donde se veía el horizonte infinito.
Y también porque, desde esa habitación, se veía el ala este. Donde guardaba todos los secretos que aún no podía contar.
Bajé a la cocina con la excusa de preparar la cena. Necesitaba hacer algo con las manos, algo que no fuera mirarla o pensar en ella. La cocina siempre había sido mi refugio, mi manera de demostrar amor sin tener que decirlo con palabras. Y esa noche, más que nunca, necesitaba demostrarle algo.
¿Qué cocinas?, preguntó Elena, apareciendo en el umbral de la cocina con los brazos cruzados.
Su voz me sobresaltó. Llevaba una camiseta blanca holgada y unos vaqueros viejos que le marcaban las caderas. El pelo, suelto y rojo como el fuego, caía sobre sus hombros con una desidia que me resultaba peligrosamente familiar.
Pasta respondí, intentando que mi voz sonara normal—. La receta de la abuela. ¿Te acuerdas?
Su rostro se tensó. Por supuesto que se acordaba. Era la receta que le había cocinado en nuestra primera cita, la noche en que la besé por primera vez bajo la lluvia. Yo había preparado esa cena con la esperanza de que recordara, de que sintiera algo más que odio.
¿Es una trampa? preguntó, y su voz era un filo. ¿Quieres que recuerde para que sea más fácil manipularme?
Dejé el cuchillo sobre la tabla y me giré hacia ella. La distancia entre nosotros era apenas de dos metros, pero parecían kilómetros de dolor.
No es una trampa, Elena. Es una cena. Nada más.
Nada más repitió, con la misma ironía que yo había usado en la notaría. Tú nunca haces nada sin segundas intenciones.
¿Y tú? respondí, dando un paso hacia ella. ¿Tú crees que no tengo derecho a querer que mi hija cene bien? ¿Que no tengo derecho a desear que su madre coma algo que no sea comida rápida mientras trabaja hasta las tantas?
Su mandíbula se tensó. Sabía que le había dado en el punto débil. Sabía que ella descuidaba su alimentación, su descanso, su vida entera por culpa del odio que me tenía.
No me conoces dijo, pero su voz había perdido fuerza.
Te conozco mejor que nadie. Y sé que esta noche, antes de dormir, vas a tomar tres pastillas para dormir que no te harán efecto. Que vas a dar vueltas en la cama pensando en cómo demostrar que soy culpable. Y que mañana te levantarás con más ojeras y más odio que hoy.
Ella dio un paso atrás, pero yo avancé otro.
¿Qué quieres, Mateo? preguntó, y su voz era apenas un susurro. ¿Qué quieres realmente?
La respuesta estaba en mis labios, en mi pecho, en cada fibra de mi ser. Quería confesarlo todo. Quería arrodillarme y decirle que la había salvado, que no había sido yo, que la persona que encendió aquella cerilla era alguien que ella amaba más que a mí. Pero no podía. No todavía.
Quiero que cenes —dije, y mi voz era ronca. Solo eso. Por ahora.
Volví a la cocina y retomé el cuchillo, pero ella no se movió. Permaneció en el umbral, observándome con una mezcla de desconfianza y curiosidad. Y cuando el aceite comenzó a chisporrotear en la sartén, sentí que se acercaba.
Sus pasos eran lentos, cautelosos, como los de alguien que se acerca a un animal herido. Llegó hasta la encimera, a menos de un metro de mí, y apoyó las manos sobre el mármol.
La receta lleva albahaca fresca dijo, y su voz era casi un murmullo. Siempre la ponías al final, para que no se quemara.
Me detuve. Ella recordaba. Ella recordaba cada detalle de aquella noche, cada ingrediente, cada gesto. Y en ese momento, el odio que había en sus ojos se mezcló con algo más.
Algo que yo había estado esperando durante diez años.
El deseo.
Nuestras manos se rozaron cuando alcancé la albahaca en el mismo instante que ella. Fue un roce breve, eléctrico, como una chispa antes de un incendio. Y en ese contacto, sentí que el mundo se detenía.
Elena retiró la mano como si hubiera tocado fuego. Pero no se fue. Se quedó allí, con la respiración entrecortada, mirándome con unos ojos que decían todo lo que sus labios se negaban a pronunciar.
La cena estará lista en veinte minutos dije, y mi voz temblaba. Lucía ya se ha bañado. Puedes llamarla.
Ella asintió, pero no se movió. Y en sus ojos vi la misma guerra que yo sentía en mi pecho: la batalla entre el odio que la mantenía viva y el deseo que la prometía destruir.
Finalmente, se giró y salió de la cocina con pasos rápidos, como si huyera de algo.
Y yo, con la albahaca aún entre los dedos, supe que aquella cena era más que una cena.
Era el comienzo del fin.
O el fin del comienzo.