Durante diez años, Aurora Moretti renunció a su apellido, a su fortuna y al imperio mafioso más poderoso de Italia por el hombre que amaba. Lo apoyó cuando no tenía nada, creyó en él cuando todos le dieron la espalda y lo acompañó hasta convertirlo en el temido Rey de la Mafia.
Pero el día de su boda, Leonardo De Santis destruye su mundo al abandonarla por otra mujer, sin imaginar que la esposa a la que desprecia es, en realidad, la única heredera de la poderosa familia Moretti.
Humillada, traicionada y con el corazón hecho pedazos, Aurora regresa al lugar que juró abandonar para siempre. Allí dejará de ser la mujer enamorada para convertirse en la reina que nadie podrá volver a destruir.
Entre guerras entre las familias mafiosas italianas, alianzas inesperadas, traiciones, secretos y un amor capaz de renacer entre las cenizas, Aurora demostrará que la peor decisión que un rey puede tomar... es subestimar a su reina.
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CAPÍTULO 8 El hombre que desafió a los Moretti
La mansión Moretti permanecía en absoluto silencio.
Desde una de las ventanas del segundo piso, Aurora observó cómo una caravana de camionetas negras atravesaba lentamente el enorme portón de entrada.
Reconocería esos vehículos en cualquier lugar.
Pertenecían a la familia De Santis.
Su corazón se aceleró.
No porque todavía amara a Leonardo.
Sino porque no estaba preparada para volver a verlo tan pronto.
Marco apareció a su lado.
—El Don ya está esperándolo en el salón principal.
Aurora respiró hondo.
—¿Mi padre sabe por qué vino?
—Lo imagina.
Pero quiere escucharlo de su propia boca.
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Leonardo descendió de la camioneta acompañado por cuatro de sus mejores hombres.
Vestía un traje negro impecable y caminaba con la seguridad del hombre más poderoso de Milán.
Sin embargo, al cruzar las puertas de la mansión Moretti comprendió que allí él no era quien imponía las reglas.
Más de treinta guardias armados vigilaban cada rincón.
Todos llevaban el escudo de los Moretti en el pecho.
Ninguno bajó la mirada al verlo.
Fue la primera vez en años que Leonardo sintió que estaba entrando en territorio de alguien más poderoso que él.
Marco se acercó.
—Don Matteo lo recibirá. Sus hombres deberán esperar aquí.
Uno de los escoltas de Leonardo dio un paso al frente.
—Nosotros acompañamos al Don a todas partes.
Marco sonrió apenas.
—Aquí no.
El escolta quiso protestar, pero Leonardo levantó una mano.
—Esperen.
Entró solo.
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Don Matteo Moretti lo esperaba de pie frente a una enorme chimenea.
No hizo el menor intento por saludarlo.
—Don De Santis.
Leonardo inclinó apenas la cabeza por respeto.
—Don Matteo.
Hubo unos segundos de silencio.
Los dos hombres se estudiaban con atención.
Uno era el rey de una ciudad.
El otro gobernaba un imperio.
—¿A qué debo su visita?
Preguntó Don Matteo.
Leonardo fue directo al punto.
—Vengo por Aurora.
Don Matteo frunció apenas el ceño, como si el nombre no le dijera nada.
—¿Aurora?
—Sí. Quiero hablar con ella.
El jefe de los Moretti lo observó en silencio unos segundos más, y luego negó con calma.
—Aquí no hay ninguna Aurora.
Leonardo parpadeó, confundido.
—No juegue conmigo.
—No estoy jugando.
Respondió Don Matteo con absoluta serenidad.
—La información que le dieron es incorrecta.
En esta casa no vive ninguna mujer con ese nombre.
El aire del salón se volvió más pesado.
Leonardo apretó la mandíbula.
—Me dijeron que estaba aquí.
—Le mintieron.
Fue la respuesta simple, firme, sin una sola grieta.
Leonardo lo estudió, intentando encontrar una mentira en su rostro… pero no encontró nada.
—Entonces… ¿quién vive aquí?
—Los Moretti.
Y mis hombres.
Nada más.
El silencio volvió a caer como una losa.
Desde el pasillo, Aurora escuchaba todo con el corazón desbocado, conteniendo la respiración.
Don Matteo dio un paso hacia adelante.
—Si ha venido por una mujer que no existe, entonces esta conversación ha terminado.
Leonardo no se movió.
Algo no encajaba.
Lo sentía en los huesos.
—Esto no tiene sentido…
murmuró, más para sí mismo que para él.
Don Matteo lo miró fijamente.
—A veces la gente ve fantasmas donde no los hay, Don De Santis.
Y se convence de que son reales.
Leonardo sostuvo su mirada unos segundos más, tenso, desconcertado.
Por primera vez desde que construyó su imperio…
no tenía una respuesta.
Solo dudas.
Y una sensación incómoda de que alguien le estaba ocultando la verdad.
Continuará...