Ella renace en un nuevo mundo, destinada a ser una madrastra malvada, pero decidida a cambiar su futuro.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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El duque 3
Tres días habían pasado desde el regreso del duque.
Y, para sorpresa de Harriet...
Todavía no habían tenido una conversación.
Ni una sola.
Lo único que sabía de él era que salía muy temprano de su despacho, recorría parte del ducado y volvía a encerrarse entre montañas de documentos.
[Parece que se casó con los papeles y no conmigo.]
[Aunque...]
[Mejor.]
[Menos posibilidades de terminar decapitada.]
Aquella mañana el clima era perfecto.
Una suave brisa recorría los jardines.
Harriet había extendido una enorme manta sobre el césped.
Sentada sobre ella, hacía pequeñas figuras con unos juguetes de madera para entretener a los bebés.
—¡Mira, Eric!
Movió un pequeño caballo.
El niño soltó una carcajada.
Ellie intentó alcanzarlo con sus diminutas manos.
Harriet sonrió.
—No, señorita.
—Primero este conejito.
Ellie respondió con un adorable balbuceo.
[Por Dios...]
[Son demasiado tiernos.]
Mary observaba la escena desde unos pasos atrás.
Ya se había acostumbrado a ver a la duquesa riéndose como una niña junto a los pequeños.
Entonces...
Escuchó pasos.
Todos los sirvientes presentes hicieron una inclinación.
—Su Excelencia.
Harriet levantó la vista.
Y allí estaba.
El duque Edward Montagu.
Vestía un impecable traje oscuro.
Su postura era recta.
Su piel era morena y tenia los ojos celestes como Eric.
Su expresión, tan seria como siempre.
[Pensando bien...]
[Sí que es guapo.]
[Pero qué cara de pocos amigos tiene.]
Se puso de pie con elegancia.
Acomodó un poco su vestido.
Realizó una perfecta reverencia.
—Buenos días, Su Excelencia.
El jardín quedó en silencio.
Edward la miró.
Y, por primera vez desde que había regresado...
Realmente la vio.
El viento movía lentamente el largo cabello rubio de Harriet.
La luz del sol iluminaba su rostro.
A sus pies, Ellie reía intentando atrapar una flor.
Eric daba pequeños golpecitos sobre la manta mientras miraba a Harriet con absoluta confianza.
La escena era...
Extraordinariamente hermosa.
Edward sintió que sus pensamientos se detenían por un instante.
[Ella...]
Recordaba que era una mujer hermosa.
Pero verla allí...
Rodeada de sus hijos.
Sonriendo.
Riéndose con ellos.
Era mucho más hermosa de lo que había imaginado.
Tan absorto quedó observando la escena...
Que olvidó completamente responder.
Solo permaneció inmóvil.
Mirándola.
Harriet esperó unos segundos.
[¿Y?]
[¿Piensa decir algo?]
El silencio continuó.
Ella mantuvo una pequeña sonrisa educada.
Pero por dentro...
[¿En serio?]
[¿Ni un buenos días?]
[Qué pesado.]
[Pensé que solo era callado.]
[Pero además es maleducado.]
Suspiró internamente.
[Que me ignore a mí...]
[Bueno.]
[No me agrada, pero puedo soportarlo.]
Miró a Ellie, que estaba riendo.
Y luego a Eric.
[Pero ignorar también a estos dos niños lindos...]
[Eso sí me molesta.]
[Son tus hijos.]
[Solo míralos cinco minutos.]
Sintió un pequeño enojo crecer en su pecho.
Sin decir una palabra más, volvió a sentarse sobre la manta.
—Bien… ¿Dónde quedó nuestro conejito?
Los bebés volvieron a reír inmediatamente.
Como si el duque ni siquiera estuviera allí.
Edward permaneció unos segundos más observándolos.
Luego...
Sin decir una sola palabra...
Continuó caminando hacia la mansión.
Harriet lo vio alejarse de reojo.
[Ojalá...]
[Le salga un viaje larguísimo.]
[De esos de seis meses.]
Mary tuvo que morderse el labio para no reír.
Conocía demasiado bien esa sonrisa aparentemente amable de Harriet.
Sabía que, por dentro...
Seguramente estaba despotricando.
Minutos después... Edward volvió a encerrarse en su despacho.
Tomó una carpeta.
Iba a abrirla.
Pero alguien llamó a la puerta.
—Adelante.
Entró el mayordomo.
—Su Excelencia.
Edward levantó apenas la vista.
—¿Ocurre algo?
El anciano permaneció unos segundos en silencio.
—Quisiera pedir permiso para hablar con honestidad.
Edward lo observó.
Luego dejó lentamente la pluma sobre el escritorio.
Una diminuta sonrisa apareció en la comisura de sus labios.
—Aunque no le dé permiso... Hablará de todas formas.
El mayordomo carraspeó.
—Probablemente.
Edward hizo un pequeño gesto con la mano.
—Lo escucho.
El anciano respiró profundamente.
—¿Por qué no le agrada la duquesa?
Edward frunció el ceño.
—Nunca he dicho eso.
—No hace falta decirlo.
El despacho quedó en silencio.
El mayordomo continuó.
—Desde la firma del contrato matrimonial apenas se han visto unos minutos.
Edward no respondió.
—Y ahora... Después de semanas... Ni siquiera la saludó frente al servicio.
Edward abrió ligeramente los ojos.
Intentó responder de inmediato.
—Yo...
Se detuvo.
[Es cierto...]
Pensó en lo ocurrido hacía unos minutos.
Recordó la reverencia.
El saludo.
Y él...
Simplemente se quedó mirándola.
No había dicho absolutamente nada.
Intentó justificarse.
—Estaba...
Guardó silencio.
[¿Qué estaba haciendo?]
[¿Pensando?]
[Observándola?]
[Ninguna de esas respuestas mejora la situación.]
El mayordomo habló con calma.
—Su Excelencia. Los sirvientes observan todo. Si usted ignora a la duquesa... Ellos asumirán que no la respeta.
Edward permaneció completamente inmóvil.
Aquello jamás había pasado por su cabeza.
Siempre había creído que mientras cumpliera con sus responsabilidades...
Lo demás era secundario.
Pero...
El mayordomo tenía razón.
No era solo una cuestión privada.
Él era el duque.
Y Harriet era la duquesa.
Su comportamiento marcaba el trato que recibiría ella ante los ojos de todos.
Edward apoyó lentamente una mano sobre su frente.
[Cometí un error.]
Uno bastante evidente.
Pero ahora...
¿Cómo podía arreglarlo?
¿Ir simplemente a decir "Buenos días" después de haberla ignorado?
Parecía ridículo.
El duque, que podía resolver conflictos comerciales, administrar un enorme ducado y negociar con nobles de todo el reino...
Descubrió que no tenía la menor idea de cómo disculparse con una mujer a la que apenas conocía.
El mayordomo observó en silencio aquella expresión pensativa.
Y por primera vez en muchos años...
Vio al impecable duque Edward Montagu completamente perdido ante un problema que ningún documento podía resolver.