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Solo su cuerpo la desea

Solo su cuerpo la desea

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Amor a primera vista
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

Maximiliano Alcázar lo tiene todo: es el heredero más joven y temido del imperio Alcázar, guapo hasta lo indecente… y hay un secreto que lo ha perseguido treinta y cinco años. Su cuerpo no reacciona. Ante nadie. Ni siquiera ante la esposa con la que estuvo casado dos años. "Él no puede", susurran en su círculo.

Hasta que la ve a ella.

Lucía Reyes cose vestidos de alta costura en un pequeño atelier y carga con una familia que la exprime y quiere venderla al mejor postor. La noche en que decide largarse de esa casa, la abuela más entrometida de México le renta —baratísimo— el departamento de enfrente al soltero más imposible de la ciudad.

De un té de canela a un roce prohibido, del "solo somos vecinos" a un beso que enciende lo que ningún médico logró: por primera vez en su vida, el cuerpo de Maximiliano despierta. Y solo la desea a ella.

Pero él le oculta un matrimonio. Su exesposa quiere destruirla. Y cuando un embarazo "imposible" ponga en jaque el secreto del magnate que "no puede"… todos van a tragarse sus palabras.

¿Y si el hombre de hielo solo ardía por una mujer en todo el mundo?

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Capítulo 4

Capítulo 4. La cita a ciegas

El café de la Condesa que Brenda había elegido era más caro de lo que Lucía habría gastado en sí misma en un mes. Llegó puntual, se sentó junto a la ventana y esperó.

Ubaldo llegó veinte minutos tarde.

Lo reconoció de milagro, porque el hombre que cruzó la puerta no se parecía en nada a la foto que le habían enseñado. En la foto había un señor de buen ver, con pelo y sin panza. El que se dejó caer en la silla de enfrente estaba calvo, le colgaba la camisa sobre el cinturón y traía esa sonrisa de quien cree que le está haciendo un favor al mundo con solo aparecer.

—Así que tú eres Lucía. —La recorrió de arriba abajo sin ningún disimulo, como quien revisa la fruta en el mercado—. Mira, no estás tan mal. Brenda exageró para bien, por una vez.

Lucía apretó los labios y no contestó. Pidió un café. Decidió, mientras el mesero se alejaba, que aguantaría exactamente una hora. Ni un minuto más.

No llegó ni a la media.

Ubaldo habló de sí mismo durante quince minutos sin respirar: de su casa en no sé qué fraccionamiento, de su camioneta del año, de lo mucho que ganaba y de lo generoso que era al considerar a "una muchacha sencilla" como ella. Cada frase venía envuelta en la misma idea: que casarse con él era un ascenso social que Lucía debería agradecer de rodillas.

—Yo he tenido mis novias, ¿eh? —dijo, mientras revolvía el azúcar con una cuchara que sostenía como cetro—. Guapas, de esas que se cuidan. Pero uno ya a mi edad quiere algo serio. Una mujer de su casa, tranquila, que no ande de resabida. Brenda me juró que tú eras así. Calladita.

Calladita. Lucía guardó la palabra en algún cajón, para más tarde.

Se descubrió, mientras él seguía hablando, haciendo lo único que sabía hacer cuando el mundo se le volvía insoportable: mirar las manos de la gente. Las de Ubaldo eran blandas, con un anillo grueso de oro que le apretaba el dedo, y no paraban de moverse, de tocar cosas, de acomodarse el cuello de la camisa. Manos que nunca habían trabajado de verdad, pensó, y que sin embargo se creían con derecho a decidir sobre las de ella, sobre lo que sus dedos podían o no podían seguir haciendo el resto de su vida.

Porque de eso se trataba. No de ella. De lo que él quería quitarle.

—¿Y tú a qué te dedicas? —preguntó por fin, más por cortesía que por interés.

—Diseño y confecciono alta costura. Trabajo en un atelier.

Ubaldo hizo una mueca.

—O sea, costurera. —Se rio—. Bueno, eso se te va a quitar. Yo quiero una mujer en la casa. Y quiero hijos pronto, ¿eh? Y que sean varones, que para eso me caso. Nada de andar con costuras y bordados quitándole tiempo a la familia.

Ahí fue donde Lucía dejó la cuchara sobre el plato con un tintineo suave y definitivo.

—Qué suerte la mía —dijo, con una calma dulcísima—. Un señor que ya sabe hasta el sexo de unos hijos que todavía no existen. ¿Trae usted esa información de fábrica, o se la revelaron en un sueño?

Ubaldo parpadeó. Tardó en entender que se estaba burlando de él, y cuando lo entendió, se le puso roja la calva.

—Oye, a mí me hablas con respeto. Con trabajos y te fijas en alguien como yo. ¿Qué te crees? ¿Una reina? Eres una costurera que ya se está quedando para vestir santos.

—Y usted, un señor encantador. —Lucía se puso de pie, tranquila, y se colgó la bolsa al hombro—. De verdad, mucha suerte con esos varones. Los va a necesitar.

—¡Pues págate lo tuyo, entonces! —le soltó él, levantándose de golpe y dejando caer la servilleta sobre la mesa—. ¡Y la cuenta completa, por payasa! ¡Ya veremos quién te aguanta con ese carácter! ¡Te vas a quedar solterona, acuérdate de mí!

Y se fue, pisando fuerte, tumbando de paso una silla que nadie se molestó en levantar.

Medio café se quedó mirándola. Lucía sostuvo las miradas una por una, sin bajar la cabeza, hasta que cada quien volvió a lo suyo.

Lucía se quedó un momento de pie, mirando la silla vacía, y después de un segundo hizo algo que no esperaba: soltó el aire y sonrió. No de tristeza. De alivio. Porque ese desastre acababa de cerrarle a su familia la última puerta. Después de esto, ni Brenda ni doña Rosa podrían decir que ella "no puso de su parte".

Había ido a esa cita por una sola razón, y no era conocer a Ubaldo. Había ido para poder decir, con la conciencia limpia, que lo intentó. Que se sentó, que escuchó, que dio la cara. Y que fue él, no ella, quien tiró la mesa. Ahora ya nadie podría usar este café en su contra. Era, en el fondo, una despedida disfrazada de cita: la última concesión que le hacía a esa casa antes de largarse de ella.

Pidió la cuenta. Los dos cafés y el pan que Ubaldo había pedido y ni tocó. Pagó sin que se le moviera un músculo de la cara, dejó propina, y se sintió, por raro que sonara, más rica que nunca: había pagado el precio exacto de su libertad, y le había salido barato.

Fue al recoger su cambio cuando lo notó.

En la mesa de al lado, un hombre. Solo. De traje oscuro, sin corbata, con el celular en la mano y una quietud extraña, como si llevara rato ahí sin que ella lo hubiera visto entrar. Tenía una de esas presencias que ocupan más lugar del que caben, y en el instante exacto en que Lucía volteó, él levantó la vista.

Fue medio segundo. Los ojos de él —oscuros, fijos, sin nada de la insolencia de Ubaldo, pero con una intensidad que le apretó el pecho— se encontraron con los suyos. Después los dos apartaron la mirada, como si se hubieran quemado.

Qué distinto, alcanzó a pensar sin querer. Ubaldo la había mirado como se mira una mercancía, tasándola, buscándole el defecto. Este hombre la había mirado de otro modo, uno que no supo nombrar y que no tenía nada que ver con el desprecio. Un modo que, por un instante absurdo, le hizo sentir que era ella la única cosa viva en todo el café.

Tonterías, se dijo. Nervios. Un extraño de traje caro no tenía por qué fijarse en una costurera que acababa de pelearse con su cita a ciegas. Y sin embargo el calor le subió a las mejillas y le costó un esfuerzo raro volver a concentrarse en el mesero, en el cambio, en la vida normal.

Lucía guardó el cambio con dedos torpes. Le sonaba de algún lado esa cara, pero no supo de dónde. Se dijo que eran nervios de la mañana, que ya había tenido bastante de hombres por un día, y caminó hacia la salida sin volver a mirarlo.

Solo en la puerta, con la mano en el vidrio, se detuvo un segundo y miró atrás por encima del hombro. La mesa del hombre estaba vacía. O eso le pareció, con el reflejo de la calle encima.

—Qué raro —murmuró para sí misma—. Sentí que alguien me miraba.

En el vidrio empañado, sin que ella alcanzara a distinguirlo, la mirada de aquel hombre seguía clavada en su espalda hasta que desapareció en la banqueta.

1
Maria Elena Gomez
Bueno
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