Durante diez años, Nina Salcedo creyó estar enamorada del hombre equivocado.
Cuando su socia desaparece y la deja con una deuda de nueve millones de pesos, la única salida llega de la persona que menos esperaba: Santiago Reverte, un capitán de aerolínea frío, arrogante y experto en hacerla perder la paciencia.
El trato parece sencillo: un matrimonio por contrato. Él resolverá sus problemas económicos y ella le dará la esposa que necesita para cumplir con las exigencias de su familia. Sin amor. Sin preguntas. Sin sentimientos de por medio.
Pero Santiago conoce su café favorito, cuida de su abuela a escondidas y siempre aparece cuando ella corre peligro. Mientras tanto, Julián, el amor de toda su juventud, regresa dispuesto a recuperarla y obliga a Nina a cuestionar cada recuerdo que creía verdadero.
Las notas anónimas, los regalos, la bufanda azul y aquel misterioso chico que la protegía en silencio quizá nunca tuvieron nada que ver con Julián.
Porque Santiago no empezó a amarla después de la boda.
Lleva diez años haciéndolo en secreto.
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Capítulo 5
...Nina....
Sus manos. Eso fue lo primero. Las manos de Santiago sobre mi cintura, firmes, sin prisa, como si tuviera todo el tiempo del mundo y lo quisiera gastar ahí. Yo estaba de espaldas contra algo —una pared, una puerta, no importaba— y él me sostenía como si pesara menos que el aire. Su boca me rozó el cuello. La piel se me erizó desde la nuca hasta los tobillos.
Me apretó más. Olía a cedro frío, a jabón caro, a algo que me llenaba los pulmones y me dejaba sin espacio para pensar. Su boca bajó por mi clavícula. Le enterré las uñas en los hombros y él hizo un sonido grave, casi animal, que me vibró en el pecho.
—Santiago...
Abrí los ojos.
Techo blanco. Ventilador girando. Mi cama. Mi cuarto. Sola.
Me quedé inmóvil con el corazón golpeándome las costillas y el calor subiéndome por el cuello hasta las orejas. La sábana estaba enrollada en mis piernas como si hubiera peleado con ella toda la noche.
Un sueño. Había sido un sueño.
Me tapé la cara con la almohada y solté un quejido largo, amortiguado.
¿En serio, Nina? ¿En serio?
Me senté en la cama. Las ocho y cuarto. Luz fuerte por la ventana.
Me acordé de anoche. La llamada con abuelita. Lo que me contó sobre Santiago en el hospital. Y antes de eso —el nombre que dije mientras él me tocaba. Julián. Lo llamé Julián. Mientras estábamos...
Me levanté de golpe. Baño. Agua fría. Mucha.
Me vestí rápido. El pelo recogido sin mirarme al espejo. Bajé las escaleras descalza.
La cocina olía a café recién hecho. Doña Marta estaba junto a la estufa.
Me senté en la barra y ella puso frente a mí un plato con tostadas, huevo revuelto, fruta picada. El café servido en mi taza —la azul, la de siempre.
—¿Y esto?
—El señor lo dejó listo antes de irse. Salió tempranito. Me dijo que le calentara todo cuando usted bajara.
—¿Santiago hizo esto?
Doña Marta me miró por encima de los lentes con esa expresión suya que significaba no me meta en sus asuntos, pero sí.
—Con sus manos. Hasta picó la fruta.
Comí sin hablar. Estaba bueno. Odiaba que estuviera bueno.
Abuelita se veía mejor. Color en las mejillas, la peineta que le regalé, sentada en la cama del hospital hojeando una revista como si estuviera en su sala.
—¡Mija! Ven, siéntate.
Me incliné para besarla. Olía a talco y a gardenia, como siempre.
—¿Cómo te sientes?
—Como nueva. ¿Sabes quién estuvo aquí ayer?
Sabía. Pero quería escucharlo de ella.
—¿Quién?
—Tu marido. —Lo dijo con un brillo en los ojos que me dio ganas de salir corriendo—. Ese muchacho se apareció con un ramo de flores amarillas y no se movió de esa silla hasta las siete de la noche. Ocho horas, Nina.
—Abuelita...
—Me contó del avión. Las turbinas, el piloto automático, todo. Yo no entendí nada, pero me encantó escucharlo. Y me hizo reír. Me contó que una vez se le trabó el carrito de comida en el pasillo y tuvo que empujarlo con la rodilla durante toda la turbulencia. —Se rio otra vez, con ganas—. Al principio se quedó callado como veinte minutos. Le tuve que sacar las palabras con cucharita. Pero después se soltó. Me preguntó por tu mamá.
Me tensé.
—¿Qué le dijiste?
—Lo que hay que decir. Que era una mujer preciosa que tomó decisiones difíciles. Que te quiso más que a nada en el mundo. —Me tomó la mano—. Él escuchó todo sin interrumpir. Cuando terminé me dijo: "Gracias por contarme. Nina nunca habla de ella."
Aparté la mirada. La ventana del hospital daba a un estacionamiento gris, feo, lleno de autos bajo el sol.
—¿Por qué no me dijiste que era tan atento? —preguntó abuelita, apretándome los dedos.
—Porque no lo conozco así.
—Pues a lo mejor deberías empezar a conocerlo.
Cambié de tema. Ella me siguió el juego, pero me miraba con esa sabiduría callada de las abuelas que saben exactamente lo que estás escondiendo.
Ya en el pasillo, una enfermera me detuvo.
—¿Usted es la nieta del 412? Su esposo dejó instrucciones sobre las comidas y pagó la habitación individual hasta fin de mes.
—¿Cuándo hizo todo eso?
—Ayer. Firmó todo él mismo.
...Santi....
Número desconocido. Estaba en la base entre vuelos.
—Santiago. Soy Julián.
—¿Qué quieres?
—Hablar. Sobre Nina.
—No hay nada que hablar.
—Sé que esto es un arreglo. —Hizo una pausa, como esperando que yo lo negara—. Tengo dinero. Puedo cubrir lo que ella te deba. Solo ponle un precio al divorcio y terminamos con esto.
—¿Terminaste? —le dije.
—Estoy hablando en serio. Dime una cifra.
—No estoy en venta, Ríos.
—No te estoy comprando a ti. Te estoy pidiendo que la dejes ir.
—Ella se puede ir cuando quiera. Tiene piernas. Tiene puerta. Si no se ha ido es porque no le ha dado la gana. ¿O necesitas que te explique cómo funciona una puerta?
Silencio.
—Ella me quiere a mí —dijo.
—Entonces no necesitarías llamarme.
Colgué.
Marcos contestó al segundo timbre.
—Capitán. ¿Ahora qué?
—Necesito entrenar combate. De verdad.
—Hermano, tú ya sabes pelear. Te enseñé yo.
—Ella sabe kickboxing. La vi pelear en el cerro. Neutralizó a un tipo en tres movimientos. Buena guardia, buena rotación de cadera, patea con la tibia.
Silencio largo.
—¿Quieres ser mejor peleador que tu esposa para poder protegerla?
Tal vez era absurdo. No me importó.
—¿Puedes o no?
Se rio. Esa risa grave de exfuerzas especiales.
—Mañana a las seis. Trae vendas y protector bucal.
Colgué. Tenía un vuelo a São Paulo en tres horas. Iba a concentrarme. Iba a hacer mi trabajo. Iba a dejar de pensar en ella por lo menos durante el despegue.
Por lo menos durante el despegue.
...Nina....
Los días pasaron.
No sé cuándo empecé a fijarme. Supongo que fue gradual, como esas grietas en la pared que un día miras y ya son enormes y no sabes cuándo aparecieron.
El lunes encontré la batería del dron completamente cargada. Yo la había dejado al quince por ciento. El cargador estaba enrollado y puesto en su lugar, como yo nunca lo dejo.
El martes hizo frío. Bajé a las siete y mi chamarra estaba colgada en el perchero de la entrada. Yo la había dejado tirada en el sofá.
El miércoles abuelita me dijo por teléfono que le habían llevado su té favorito —el de manzanilla con miel que solo venden en una tienda del centro, a cuarenta minutos. No me dijo quién. No hizo falta.
El jueves me desperté y había un vaso de agua en mi mesita de noche.
Santiago salía antes del amanecer. Regresaba tarde o no regresaba. No hablábamos más de lo estrictamente necesario.
Pero las cosas aparecían. Pequeñas. Silenciosas. Sin esperar agradecimiento.
Yo no dije nada.
El viernes por la noche me senté en mi cama con el celular.
Abrí la galería. Bajé hasta una carpeta sin nombre. Solo una fecha: 15 de marzo.
El día que murió mamá.
Ocho años.
La primera foto era de un cumpleaños. Mamá con un vestido verde, riéndose de algo fuera de cámara. Yo le estaba metiendo el dedo al pastel a sus espaldas. Abuelita al fondo, negando con la cabeza pero sonriendo.
La siguiente. Mamá sola, de perfil, mirando por una ventana. Esa la tomé yo. Tenía diecisiete años y acababa de descubrir que mi papá tenía otra familia. La encontré mirando por la ventana con una expresión que entonces no entendí y ahora entiendo demasiado bien.
Mi mamá amó a un hombre que la usó. Que la mantuvo en secreto. Que se casó con otra mujer por conveniencia y a mi mamá la visitaba los martes y los jueves como quien va al gimnasio. Ella lo sabía. Se quedó porque el amor le parecía más importante que la dignidad.
Murió de un aneurisma un martes por la noche. Sola. Con la mesa puesta para dos y la puerta sin llave.
Yo juré que nunca iba a ser ella. Que ningún hombre iba a tener ese poder sobre mí. Que yo iba a ser la que vuela los drones y mira el mundo desde arriba —donde las cosas son pequeñas y manejables y no pueden hacerte daño.
Cerré la galería. Las manos me temblaban.
Puse el video de lluvia que siempre uso para dormir. Diez horas de lluvia sobre un techo de lámina. Le bajé el brillo, me acosté de lado.
Antes de cerrar los ojos, miré hacia el balcón.
La puerta estaba entreabierta. Afuera, el aire olía a noche fría y a ciruelo. Desde donde estaba no podía ver el balcón de Santiago, pero sabía que estaba ahí. Como sabía que la chamarra iba a estar en el perchero, y el agua en la mesita, y la batería cargada.
Cerré los ojos.
La lluvia del video llenó el cuarto. Me dormí con la certeza extraña de que alguien estaba vigilando.
...Santi....
Se durmió a las once y cuarenta y dos.
Lo sé porque estaba contando. Fumando y contando, que es lo que hago ahora en las noches, parado en el balcón como un centinela de algo que nadie me pidió que cuidara.
La luz de su pantalla se apagó primero. Después su respiración cambió —más lenta, más profunda, esa cadencia que ya me sé de memoria.
Aplasté el cigarro. Marcos me iba a matar mañana en el entrenamiento y yo aquí dañándome los pulmones.
Mañana a las seis. Vendas, protector bucal, prepararse para el dolor.
Bien.
El dolor lo conozco. Me ordena la cabeza cuando todo lo demás se desordena.
Tres movimientos. Mi esposa redujo a un hombre de noventa kilos en tres movimientos limpios. Y yo estaba demasiado lejos para llegar primero.
Eso no va a volver a pasar.
Miré su balcón una vez más. Todo quieto. La cortina se movía con la brisa.
Entré. Cerré la puerta. Me acosté en una cama que olía solo a mí, en un cuarto sin nada personal, sin nada suave, y me quedé mirando el techo hasta que los números del reloj cambiaron de día.
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