Fama, dinero, miles de seguidores… Ian lo tiene todo. Y su mánager se asegura de que nada ni nadie arruine su carrera. Hasta que entra una nueva integrante al equipo: ella.
Dicen que es fría, que es profesional, que es incapaz de experimentar ninguna emoción. Para ella, maquillar a la celebridad más grande del momento es solo un trabajo más.
Pero Ian no está acostumbrado a ser invisible para nadie. Lo que empieza como curiosidad pronto se convierte en un reto: hará lo que sea para sacarle una sola reacción, aunque eso signifique poner en riesgo su propia estabilidad y descubrir que su mundo perfecto tiene mucho menos sentido que esa chica que no siente nada.
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CAPITULO 8 LÍNEAS QUE NO SE CRUZAN
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Terminamos de cambiarlo todo. Su atuendo ya estaba listo: era un estilo casual pero con ese toque de moda que solo las marcas de lujo pueden dar. Llevaba una camisa de algodón blanco de Dior, con el logotipo bordado con discreción en el pecho, unos pantalones de mezclilla del mismo diseñador, ajustados en la medida exacta, y unos tenis blancos con detalles en negro que le quedaban perfectos. Se veía relajado pero imponente, tal como acostumbraba a presentarse en cualquier lugar.
Yo guardaba lo que sobraba de sus cosas y me disponía a retocarme yo misma el maquillaje para que no se me corriera con el calor del día. En cuanto me alcé para tomar mi espejo, sentí su mirada fija sobre mí, recorriéndome de arriba abajo con una expresión entre confusión y desconfianza. Me puse mis lentes de montura fina, ajustándolos con calma sobre el puente de la nariz, y entonces él habló con esa voz grave, directa y cargada de ese orgullo que le sobraba por todos lados:
—Oye, dime una cosa… ¿cómo es posible que una simple maquillista tenga todo de marca? Lentes Gucci, ropa que no es barata, accesorios que valen más de lo que mucha gente gana en un año. Tienes pinta de ser más rica que yo mismo. ¿Qué es esto? ¿Una estrategia? ¿Te han puesto aquí solo para que me fije en ti y termine enamorándome? Porque lo están consiguiendo, ¿o no? —y soltó una risa burlona, llena de esa seguridad que a veces rayaba en la arrogancia.
Me quedé parada frente a él, manteniendo los lentes puestos, y lo miré fijamente a los ojos sin titubear ni cambiar mi expresión. Mi voz salió fría, clara y firme, sin dejar espacio a malentendidos:
—Mira bien lo que te digo, porque no lo repetiré. No he venido aquí para ser tu amiga, ni para que te fijes en mí, ni para nada más que hacer mi trabajo. Así que no me hables de esa forma, no cruces esa línea que está bien marcada desde el primer día. Yo no quería ser tu amiga, ni tu nada. Soy tu empleada, nada más. Entiéndelo de una vez por todas.
Jovany, que iba sentado en el asiento delantero, había escuchado cada palabra y tenía que hacer un esfuerzo enorme para no reírse en voz alta, tapándose la boca con la mano y mirando hacia la ventana para disimular. Sabía que nadie le hablaba así a Ian, nunca, y ver cómo se quedaba callado un segundo por la sorpresa le parecía de lo más gracioso.
Pero Ian no tardó en reaccionar. Se le endureció la mirada, apretó los dientes y se inclinó un poco hacia adelante, hablando ahora con tono de rabia contenida, grosero y hiriente, tal como su orgullo herido le dictaba:
—¡Mierda! Eres una persona más soberbia que yo mismo, ¿te das cuenta? ¿Quién te crees que eres para hablarme así? ¿Crees que un cantante mundialmente famoso, que llena estadios y tiene a millones de personas rogándole por un solo saludo, va a perder el tiempo en hablar con una patética maquillista cualquiera? ¡Ubícate de una vez! No te confundas, que tu puesto aquí es temporal y si te portas mal te vas a la calle en dos segundos.
Me quedé en silencio, sin alterarme, sin enojarme siquiera. Solo lo miré con esa indiferencia que tanto le molestaba, como si sus palabras no tuvieran más peso que el ruido del tráfico fuera del coche.
(Ahora narrado por Ian)
—Llegamos —dije con voz ronca y seria, mientras la camioneta se detenía frente a las puertas del lugar.
Bajé primero, y en cuanto puse un pie en el suelo, los flashes de las cámaras empezaron a dispararse sin parar, cegándome un poco al principio. Era un jardín inmenso, muy bien cuidado, con árboles altos, flores de todos los colores y pasillos amplios cubiertos de toldos blancos. Todo olía a naturaleza y a lujo al mismo tiempo, el lugar perfecto para un evento de esta categoría.
Antes de empezar a caminar y dejar que todos me viesen bien, sentí que alguien me tocaba el hombro. Era Melissa. Al mirarla, me quedé por un momento paralizado. Ella parecía que iba a desfilar se cambió en la camioneta ella misma en lugar de estar trabajando: llevaba un vestido entallado de seda color crema, con cortes elegantes, unos zapatos de tacón alto que hacían que su figura se viera aún más imponente, y esa postura, esa presencia fuerte y segura que hacía que cualquiera volviera la cabeza para mirarla. No parecía una empleada, parecía una invitada de honor.
Mientras ella me acomodaba el cuello de la camisa y alisaba alguna pequeña arruga que había aparecido en la tela, yo no podía dejar de mirarla. Se veía tan bonita… de verdad me daba una curiosidad que no entendía de dónde venía. Quería saber quién era realmente, qué hacía, cómo vivía, qué pensaba. Desde que la vi en la oficina firmando el contrato, nunca le había visto reír de verdad, ni una sola vez. Tenía esos ojos verdes que te miraban, pero que no reflejaban nada: ni alegría, ni enojo, ni interés, nada. Era como mirar a través de un cristal limpio pero frío.
—Listo —me dijo al terminar, y me clavó de nuevo esa mirada vacía pero intensa.
—Bueno, pues vamos —respondí, y comencé a caminar hacia donde estaban las cámaras, las luces y la gente que me esperaba.
En cuanto llegué al centro del pasillo, todos empezaron a tomar fotos sin parar. Quise probarla, ver si por fin perdía esa compostura, si se avergonzaba o se alteraba. Así que le hablé en voz alta, para que todos escucharan:
—¡Melissa! Ven aquí un momento, que me acomodes el pelo otra vez, que se me desordenó con el viento.
Esperaba que se pusiera nerviosa, que dudara, que se sintiera incómoda con todas las miradas encima. Pero nada de eso pasó. Ella llegó con pasos tranquilos, se puso de puntas para alcanzarme mejor, pasó los dedos suavemente por mi cabello, lo dejó justo como debía quedar y al terminar, mirándome a los ojos, me dijo en voz baja pero firme:
—Idiota.
Y luego se apartó un paso, sin cambiar su expresión.
No pude evitarlo. Solté una risa sincera, de esas que salen solas cuando algo te sorprende y te divierte al mismo tiempo. Y mientras todos seguían disparando fotos, yo no dejaba de mirarla a ella, no importaba quién más hubiera alrededor.
Cuando terminaron las fotos, entramos a la zona donde se esperaba el inicio del desfile de moda. Me senté en mi lugar reservado, y en cuanto me senté, escuchaba los susurros a mi alrededor:
—Mira, ahí está Ian… se ve increíble con ese traje sencillo pero con tanta clase, todo de Dior.
—¿Y la chica que está con él? Es su maquillista, dicen… pero se viste igual de bien que él.
—Seguro son novios, ¿quién más va a andar tan cerca todo el tiempo?
Yo me reía por dentro. “¿Novios? Esa no, ni loco”, pensaba, mirándola de reojo. “¿Quién se cree que es? Yo soy una estrella mundial, todos me admiran, todos me buscan. ¿Y ella? ¿Quién diablos es ella para tratarme así?”.
Mientras hablaba con otros artistas y diseñadores que se acercaban a saludarme, por dentro me sentía cada vez más confundido. “¿Qué pasa conmigo? Me está volviendo loco”, me decía a mí mismo. “Soy yo quien decide con quién hablo y quién se queda, pero ella es la única persona en todo el mundo que me trata como si fuera cualquier cosa, como si no valiera más que el aire que respiro. Desde que me hice famoso, todos los que se me acercan lo hacen por mi nombre, por mi fama, por lo que puedo darles… pero a ella no le importa nada de eso. Y eso es lo que más me llama la atención, lo que me tiene atrapado sin saber por qué”.
El desfile comenzó. Las modelos salían una tras otra con diseños espectaculares, luces, música y todo el ambiente de lujo y glamour. Pero yo apenas prestaba atención a la pasarela; la mayor parte del tiempo mis ojos se desviaban hacia donde estaba ella, de pie en un rincón, observando todo con esa misma calma inalterable.
Cuando todo terminó y ya caía la noche, salimos del lugar y nos dirigimos de regreso a las oficinas de la empresa. Era ya muy tarde, el tráfico había bajado y todo estaba más tranquilo. Me subí a mi camioneta Cadillac, grande, cómoda y negra, y antes de cerrar la puerta, alcé la vista.
Ahí estaba ella.
Melissa salía por la misma puerta del estacionamiento, se acercó a un coche que brillaba bajo las luces de la calle: un Lamborghini, último modelo, en un tono gris metálico que parecía cambiar de color según la luz. Abrió la puerta con elegancia, se sentó al volante y, justo antes de arrancar, alzó la mirada y cruzó la vista conmigo.
Me miró fijamente por un segundo a través de las ventanillas, sin sonreír, sin saludar, sin hacer ningún gesto. Simplemente mantuvo la mirada un instante, puso en marcha el motor que rugió con potencia y salió a la calle, dejándome ahí parado, con más preguntas en la cabeza que respuestas, y con una sensación nueva que no entendía muy bien, pero que sabía que no iba a desaparecer pronto.