Todo el mundo conoce a Henrry Montenegro.
Heredero del conglomerado empresarial más poderoso del planeta. Soltero más codiciado del mundo. Escándalo favorito de la prensa. Dolor de cabeza permanente de su padre, Augusto Montenegro, el hombre que construyó un imperio valorado en miles de millones de dólares.
En el Holding Montenegro, el dinero y el estatus lo controlan todo... excepto a él. Henrry es guapo, irreverente y magnético; el hijo mayor del implacable magnate parece tener como única misión en la vida arrastrar el prestigioso apellido familiar por las portadas de los tabloides y sabotear la perfecta e intachable imagen corporativa de su dinastía. Para el mundo, Henrry es solo un fiestero inmaduro y cínico que se niega a crecer. Para su padre, es una constante decepción que debe ser alineada a la fuerza.
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Capítulo 10
...AITANA...
Un dolor sordo justo detrás de los ojos me recordó, a las siete de la mañana, que ya no tenía veinte años para irme de fiesta y pretender que el sábado era un día normal. Me miré en el espejo del baño mientras me amarraba el cabello en una coleta alta, impecable, tratando de disimular las escasas cuatro horas de sueño con una buena dosis de corrector de ojeras.
La noche había terminado de una forma idílica para María, quien ahora era oficialmente la novia de Carlos, pero para mí había sido un detonante.
Ver a Henrry en ese club privado, moviendo los hilos de su entorno con tanta facilidad, solo me había confirmado una cosa: no podía confiar en él.
El tipo estaba desquiciado, manejaba unos niveles de posesión y control alarmantes, y yo no iba a poner las manos en el fuego por una persona como él.
A las ocho en punto de la mañana, la camioneta blindada me dejó en la entrada principal de la mansión.
Mientras caminaba por los pasillos de mármol, mi mente ya estaba decidida. Ayer en el pasillo me había dejado llevar por el pánico de Henrry, pero con la mente fría, en mi casa, analicé las cosas.
¿Ocultarle información al hombre que me firmó el cheque?
Ni loca.
Si Augusto Montenegro se enteraba por otra vía de lo que hacía Mía —y con la seguridad que manejaba, lo haría tarde o temprano—, la primera cabeza en rodar sería la mía por incompetente y cómplice. Yo no iba a sacrificar mi trabajo, mi reputación ni el futuro de mi familia por guardarle un secreto al hijo consentido del holding.
En lugar de ir a la biblioteca, desvié mi camino directo hacia el ala oeste de la mansión, donde se encontraba el despacho privado del Presidente.
Tenía otra fotografía bien guardada en mi portafolios. Le diría la verdad a Augusto Montenegro, le entregaría las pruebas y que ellos resolvieran sus dinámicas familiares como quisieran.
Mi responsabilidad ética y laboral terminaba ahí.
Al llegar a las enormes puertas dobles de madera noble, el asistente del Presidente me miró con sorpresa.
—Buenos días. Necesito ver al señor Augusto Montenegro de inmediato —dije, manteniendo la voz firme y profesional—. Es un asunto urgente de alta prioridad sobre la seguridad de Mía.
El asistente revisó su pantalla, visiblemente incómodo.
—Señorita Vega, lo lamento, pero el Presidente no se encuentra en la propiedad en este momento. Salió muy temprano a una reunión de emergencia con la junta directiva en las oficinas centrales del holding.
Fruncí el ceño, sintiendo una punzada de frustración.
—¿Y el Director Henrry o Mía? —inquirí.
El hombre bajó la voz, mirando de reojo el pasillo vacío.
—Tampoco están, señorita. El Director Henrry ordenó preparar tres camionetas blindadas y al equipo de seguridad principal a las seis de la mañana. Salió con la niña Mía. Por lo que escuché del jefe de escoltas, iban rumbo a la zona norte, hacia los suburbios residenciales.
Un frío súbito me recorrió la espalda.
A las seis de la mañana.
Los suburbios.
La maquinaria de Henrry se había activado antes de que yo pudiera dar mi primer paso.
Henrry no se había arriesgado a que su padre de enterara; se había llevado a la niña directo a la casa del muchacho para arrancar el problema de raíz con la fuerza bruta de su estatus.
Regresé a la biblioteca sintiendo una furia hirviente mezclada con una impotencia terrible.
Dejé caer mi portafolios sobre la mesa de roble y caminé de un lado a otro frente a los estantes de caoba, apretando los puños.
Ese maldito egocéntrico se me había adelantado.
Me imagino, había ido a aplastar a un chico de catorce años y a su familia de clase media solo para demostrar que él tenía el control de la situación.
Horas después La puerta de la biblioteca se abrió, pero no fue Henrry quien cruzó el umbral.
Augusto Montenegro entró con su habitual elegancia implacable. Llevaba un traje oscuro impecable, el cabello perfectamente peinado hacia atrás y esa mirada gélida que hacía temblar a los ejecutivos del holding.
Se detuvo en seco al verme sentada allí sola, y sus cejas se juntaron en una línea dura. Miró el reloj de oro en su muñeca y luego me barrió con la mirada.
—Señorita Vega —dijo curioso—. ¿Qué hace usted aquí sentada? ¿Por qué no está en la sesión con mi hija? Se supone que su horario de los sábados empezaba hace más de una hora. No pago una exclusividad para que la biblioteca esté vacía.
Me puse de pie de inmediato. El corazón me dio un vuelco, pero la adrenalina apagó cualquier rastro de cansancio.
Era mi oportunidad.
El destino me estaba poniendo al Presidente enfrente antes de que el desquiciado de Henrry regresara de los suburbios haciendo una locura de la que no hubiera vuelta atrás.
—Señor Montenegro, precisamente estaba esperándolo a usted —respondí, manteniendo la voz firme, profesional y directa. Caminé hacia mi portafolios y saqué la copia de la fotografía—. Mía no está en la mansión porque su hermano, el Director Henrry, se la llevó a las seis de la mañana con todo el cuerpo de seguridad. Y creo que es imperativo que usted sepa exactamente el porqué antes de que la situación empeore.
Augusto dio un paso al frente, la curiosidad y la desconfianza grabadas en el rostro.
Le extendí la imagen.
El Presidente la tomó y sus ojos recorrieron la escena de Mía besándose con el chico contra la reja de los suburbios. Por un milisegundo, la mandíbula de Augusto se tensó tanto que creí que los dientes se le romperían, pero recuperó su máscara de piedra de inmediato.
—¿De dónde sacó esto? —preguntó, con un tono peligrosamente bajo.
—Mía se ha estado escapando sola de la academia, burlando la seguridad del holding para ir a un barrio de estrato medio a verse con este muchacho, un estudiante becado llamado Mateo —le solté toda la verdad, sin anestesia, mirándolo directamente a los ojos—. Ayer por la tarde descubrí la situación. Henrry interceptó la información en el pasillo y me pidió que guardara silencio, asegurando que él lo manejaría. Pero esta mañana me entero de que se llevó a la niña hacia los suburbios a primera hora, usando el cuerpo de seguridad principal.
Augusto apretó la fotografía en su puño, arrugando el papel fotográfico con una fuerza descomunal.
—Henrry pretendía manejar esto a mis espaldas... —murmuró Augusto, más para sí mismo que para mí, y sus ojos se encendieron con furia, la de un hombre que no toleraba que nadie, ni siquiera su propio hijo, tomara decisiones de esa magnitud sin su consentimiento.
—No confío en los métodos del Director Henrry, señor Montenegro, y no iba a poner en riesgo mi contrato ni la seguridad de Mía ocultándole esto —añadí, blindando mi postura—. Henrry está actuando por impulso y de manera imprudente. Fue a buscar a ese chico a su propia casa. Si la prensa o alguien más nota el despliegue de camionetas blindadas de los Montenegro en un barrio de clase media, el escándalo va a ser imparable.
Augusto dejó caer la foto arrugada sobre la mesa de roble. Se giró hacia la puerta, sacando su teléfono celular del bolsillo del saco con una lentitud que daba pánico.
—Hizo lo correcto, señorita Vega. Usted entiende perfectamente lo que significa la lealtad a este holding —dijo, sin mirarme, mientras marcaba un número—. Quédese aquí. Esto se termina hoy.