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Destinada a Cinco Bestias

Destinada a Cinco Bestias

Status: En proceso
Genre:Romance / Poli amor / Mujer despreciada / Bestia / Harén Inverso
Popularitas:24.8k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Aitana nació como la omega más débil de su manada. Sin garras, sin colmillos y sin una marca digna de respeto, fue humillada por todos, incluso por su propia sangre.
Pero la noche en que la venden como si no valiera nada, la Diosa Luna despierta en ella un poder que llevaba mil años dormido.
Aitana no es una omega cualquiera.
Es la Luna Sagrada, la Elegida destinada a cambiar el mundo de los cambiantes. Y su destino no pertenece a un solo hombre, sino a cinco bestias de clanes distintos: Leandro, la serpiente dorada que la protegería con su vida; Mateo, el curandero lince que sana sus heridas; Quirón, el halcón orgulloso que arde como un fénix; Iván, el tigre blanco que desafía todo por ella; y Nereón, el sireno que guarda secretos bajo el mar.
Mientras antiguos enemigos codician su sangre y los clanes se preparan para la guerra, Aitana deberá construir una nueva manada desde las cenizas, proteger a las hembras olvidadas y demostrar que la omega que todos rechazaron puede convertirse en la fuerza más poderosa del mundo.
Cinco vínculos. Cinco destinos. Una sola Luna.

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Capítulo 24

Capítulo 24: El nacimiento bajo la luna de sangre

Aitana sintió aquella mirada antes de entenderla.

Fue un roce en la nuca, como la sombra de un ave pasando sobre agua. Se volvió, pero el hombre de capa gris ya se mezclaba entre los visitantes. Solo alcanzó a ver el borde de una pluma oscura atada a su cabello.

—¿Qué pasa? —preguntó Leandro.

—Alguien me miraba.

Eso bastó.

El aire alrededor de Leandro cambió. Sus pupilas se afilaron, y dos cazadores que estaban cerca se apartaron sin necesitar orden.

Mateo también miró hacia la multitud.

—¿Quién?

—No lo sé. Alto. Capa gris. Una pluma.

Don Romualdo oyó la descripción y su rostro se endureció.

—Águila.

Yara, la visitante del Clan Tigre Blanco, dejó de guardar sus hierbas.

—Hay rumores de patrullas del Clan Águila cerca de rutas de comercio. No pensé que se atreverían a entrar en una manada grande.

Paloma soltó una risa sin humor.

—La gente con demasiadas alas suele creer que el suelo no tiene dueño.

Abuela Remedios golpeó la mesa.

—Basta. Busquen al hombre. Sin alarma pública. Si hay espías, quieren que corramos como gallinas sin cabeza.

Leandro no se movió.

Aitana supo por qué. Él no quería dejarla.

—Ve —dijo ella.

—No.

—Leandro.

—No después del sueño.

El vínculo ardía entre ellos, lleno de miedo. Aitana tomó su mano y la apoyó sobre su vientre.

—Si todos los peligros llegan hasta mí porque nadie se atreve a mirar fuera, tampoco estoy segura.

Él cerró los ojos.

Mateo dio un paso.

—Yo me quedo con ella.

El silencio fue incómodo, denso.

Leandro abrió los ojos y miró a Mateo. Aitana sintió la vieja resistencia levantarse. Luego sintió cómo él la obligaba a bajar.

—No la pierdas de vista.

Mateo inclinó la cabeza.

—Ni un segundo.

Leandro se fue con Don Romualdo y dos cazadores. Paloma quiso seguirlos, pero Renato la sujetó por la cintura.

—No.

—Suéltame antes de que te muerda.

—Si hay un espía, también puede querer dividirnos. Te quedas donde pueda verte.

Paloma abrió la boca para insultarlo. La cerró cuando vio su cara.

—Odio cuando tienes razón.

La tarde se volvió extraña. Nadie anunció peligro, pero todos lo respiraban. Las pruebas terminaron sin celebración. Yara se retiró con respeto. Bruna desapareció antes de que alguien pudiera preguntarle por qué había reconocido tan rápido la enfermedad de Abuela Remedios.

Aitana intentó ayudar a ordenar, pero un dolor bajo le cruzó el vientre.

Se quedó quieta.

Al principio quiso llamarlo cansancio.

Era la explicación más cómoda. Había dormido mal, había discutido frente a media manada, había sostenido el peso de una prueba que no estaba lista para presentar. Su cuerpo tenía derecho a protestar.

Pero el dolor no subió como cansancio.

Bajó.

Fue una presión lenta, circular, demasiado organizada. Aitana apoyó una mano sobre la mesa para no perder el equilibrio. La otra fue a su vientre. Bajo la palma, la piel respondió con un pulso que no era el suyo.

Mateo lo notó primero.

—¿Aitana?

—Estoy bien.

La frase ya no engañaba a nadie.

Otro dolor llegó, más fuerte. No era náusea. Era una presión profunda, antigua, como si una mano desde dentro tocara una puerta.

Abuela Remedios giró hacia ella.

—Siéntate.

—No es...

—Siéntate.

Aitana obedeció porque la tercera oleada le robó el aire.

Paloma palideció.

—No. No, no, no. Es demasiado pronto.

Abuela Remedios puso la mano sobre el vientre de Aitana. Su rostro cambió.

No se asustó. Eso habría sido mejor.

Se puso grave.

—La Luna no mide el tiempo como nosotras.

Mateo se quedó helado.

—¿Es parto?

—Es llamado.

—Eso no es una respuesta tranquila —dijo Paloma.

Abuela Remedios miró a Renato.

—Trae a Leandro. Ahora.

Renato salió corriendo.

El dolor volvió. Aitana dobló los dedos sobre la manta. El vientre, todavía demasiado pequeño para una gestación común, se iluminó bajo la piel con un resplandor suave, plateado.

Flor, desde la entrada, se llevó una mano a la boca.

—La Luna...

Aitana apenas podía escuchar. El mundo se redujo a respiración, manos y calor.

Mateo se arrodilló frente a ella.

—Mírame. No al dolor. A mí.

—No puedo...

—Sí puedes. Inhala cuando cuente. Uno. Dos. Tres. Suelta.

El modo en que Mateo contaba no invadía. No le robaba lugar a Leandro. Era otra clase de sostén: una voz firme al borde del caos, un par de manos que sabían qué preparar antes de que alguien lo pidiera. Aitana, entre una oleada y otra, entendió con una claridad dolorosa por qué la Diosa había mostrado una luz verde.

No era reemplazo.

Era otra columna para que el techo no cayera.

Leandro también lo vio. Lo vio y no apartó a Mateo. Solo le sostuvo la mirada un segundo, breve, feroz, y asintió.

Mateo tragó saliva.

—Uno. Dos. Tres. Suelta.

Abuela Remedios ordenó preparar agua, mantas limpias, sal hervida, hilo de fibra suave. Paloma temblaba tanto que la anciana le arrojó una tarea imposible de malinterpretar: sostener la mano de Aitana y no desmayarse.

—No me voy a desmayar —protestó Paloma, ya llorando.

—Entonces deja de parecer una vela derretida.

Aitana habría reído si no hubiera gritado.

Leandro llegó antes de la siguiente oleada.

Entró como si el aire lo hubiera arrojado dentro. Tenía sangre en la manga, no suya, y una pluma gris apretada en el puño. Al ver a Aitana, todo lo demás desapareció de su rostro.

—Estoy aquí.

Ella extendió la mano. Él la tomó y se arrodilló junto a ella.

—Tengo miedo —dijo Aitana.

—Yo también.

La misma verdad de antes. Más cruda ahora.

Abuela Remedios empujó a todos a sus lugares.

—Si vas a llorar, Leandro, hazlo respirando con ella.

Él obedeció.

El parto no fue como los cuentos.

No hubo música de luna ni belleza limpia. Hubo sudor, sangre, órdenes cortas, Paloma insultando a cada dios menor que recordaba, Mateo sosteniendo la infusión correcta, Abuela Remedios revisando con manos firmes y Leandro dejando que Aitana casi le rompiera los dedos.

Hubo también miedo.

Miedo de Aitana cuando el dolor la hacía olvidar dónde estaba. Miedo de Leandro cuando una contracción la dejó demasiado pálida. Miedo de Mateo cuando Abuela Remedios pidió una segunda manta limpia en un tono que no admitía preguntas. Miedo de Paloma, que intentó hacer bromas hasta que la voz se le rompió y solo pudo besarle la frente a Aitana.

—No te vayas —susurró Paloma.

Aitana quiso responder que no pensaba hacerlo.

No tuvo aire.

Leandro pegó su frente a la de ella.

—Mírame. Estoy aquí. Nilo, luna, sangre, lo que venga... estoy aquí.

—Todavía no tiene nombre —jadeó Aitana.

—Entonces quédate para discutirlo conmigo.

Esa orden sí la sostuvo.

La luna subió antes de tiempo detrás de nubes rojas.

Cuando la última contracción llegó, Aitana sintió que algo dentro de ella se abría como una flor de fuego. Gritó el nombre de Leandro. Luego el de la Luna. Luego ninguno.

Y entonces, un llanto pequeño cortó la tienda.

El mundo volvió.

Abuela Remedios sostuvo al recién nacido envuelto en una manta clara. Era diminuto, tibio, con una marca plateada apenas visible sobre el pecho. Leandro dejó de respirar.

—Es un niño —dijo la anciana, con voz rota.

Aitana lloró sin sonido.

Leandro apoyó la frente contra la mano de ella.

—Nuestro hijo.

Paloma sollozó como si alguien le hubiera abierto el corazón.

Mateo se apartó un paso, pálido, sonriendo con tristeza y alivio.

Renato llegó a la entrada justo entonces, con barro hasta las rodillas y el pecho agitado. Al ver al bebé, se detuvo como si hubiera entrado en un templo.

—¿Llegué tarde?

Paloma, llorando, le lanzó una manta doblada.

—Llegaste vivo. Sirve.

Él miró a Aitana, luego a Leandro, luego al niño. La dureza política de su rostro se quebró por un instante.

—Bienvenido a la manada, pequeño.

Entonces el primer llanto del bebé volvió a sonar.

Fuera de la tienda, una ráfaga de viento cálido recorrió la manada. No correspondía a la estación. Olía a lluvia, copal y plumas quemadas.

Abuela Remedios levantó la cabeza.

Toda la sangre abandonó su rostro.

—Esto... —susurró—. Esto no es un viento común.

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Maria Diosdado Velázquez
esto es lo que a mí no me gusta, porque después se pierde la novela y no se sabe en qué termina, 😞😞 repruebo esto de no poner toda la novela entera, si usted escritora pudiera no hacer eso se lo agradecería
La novela está buenísima, pero no la pone completa y eso le resta puntos
Maria Diosdado Velázquez
no, no se abren las fotos🤔🤔🤔🤔🤔
Mary Salazar
me encanta 👏👏👏🤣🤣🤣👌👌😂😂
Mary Salazar
Woow 👏👏👏
Mary Salazar
OMG 😱😱😱😭😭😭
🏳️‍🌈ZOE GIANNI 🇮🇹🇦🇷
no puedo ver las imágenes, no soy solo yo no??
Elizabeth Vargas: yo tampoco puedo 😭
total 1 replies
Mary Salazar
Woow 👏👏👏👏👏👏 fantástico
Mary Salazar
guacala 😂😂😂🤣🤣🤣👌👌👌
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