NovelToon NovelToon
Siento lo que sientes

Siento lo que sientes

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:9k
Nilai: 5
nombre de autor: Angel_fr_Hell

**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**

Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.

Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.

Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.

Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.

El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.

Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.

**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**

NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Cap 9: Una noche muy larga

Valentina presionó el botón verde.

Un timbrazo. Dos. A la mitad del tercero, la línea se abrió. Silencio. Luego, la voz de Santiago —más baja que de día, más ronca, como si le costara usar la garganta a esa hora:

—Son las doce y media de la noche.

No era una pregunta. No era un saludo. Era una acusación disfrazada de dato cronológico.

—Lo siento —dijo Valentina, y se tapó la nariz con la almohada para que no se notara que había estado llorando—. Tuve una... una situación.

—¿Qué clase de situación?

—Me peleé con mi mamá.

Mentira. Valentina no se había peleado con su madre desde la discusión del Día de las Madres sobre si las flores del mercado eran más frescas que las del supermercado. Pero "estaba viendo una telenovela y lloré cuarenta y cinco minutos" no parecía una respuesta aceptable para darle a tu CEO a medianoche.

Santiago se quedó callado dos segundos. Valentina sabía —con la certeza horrible de alguien que comparte sus emociones con otra persona sin su consentimiento— que él sabía que estaba mintiendo. Lo que había sentido no era enojo, no era el tipo de dolor que deja una pelea familiar. Era tristeza dulce, nostálgica, del tipo que solo produce la ficción.

Pero no la delató.

—Duérmete —dijo.

—Sí, señor.

—Y Valentina.

—¿Sí?

—La próxima vez, avísame antes de... lo que sea que hagas. Para que pueda prepararme.

La línea se cortó.

Valentina se quedó mirando el teléfono en la oscuridad. La pantalla se apagó. El número de Santiago se quedó grabado en su registro de llamadas como una anomalía entre las llamadas de Camila, su mamá y la clínica dental que le recordaba la cita que llevaba tres meses posponiendo.

"Duérmete."

Cerró los ojos. No se durmió.

---

El problema de no dormir era que su cerebro, privado de sueño y de cualquier forma de entretenimiento, encontraba formas creativas de torturarla.

Primero fue la voz. Santiago en el teléfono, a medianoche, diciendo "Duérmete" con ese tono bajo y sin inflexión que de alguna manera sonaba más íntimo que cualquier frase dulce que le hubieran dicho jamás. No era ternura. No era cariño. Era un hombre demasiado cansado para ser amable, y eso, por razones que Valentina no estaba preparada para analizar, le resultaba devastador.

"Si él no fuera mi jefe..."

Se giró en la cama. La almohada estaba caliente. La volteó.

"Si no fuera mi jefe, esto parecería una telenovela. El hombre misterioso que no sonríe. La llamada de medianoche. 'Duérmete.' ¿Quién le dice 'duérmete' a alguien a las doce de la noche? Los novios. Los novios le dicen eso a sus novias."

"Él no es mi novio. Él es Santiago Montero Castellanos, CEO de Grupo Austral, dueño de un penthouse en Polanco, usuario de abrigos que cuestan más que mi renta anual. Y yo soy Valentina Reyes Mora, de Ecatepec, con una gotera en el baño y medio bolillo en el refrigerador."

Se tapó la cara con la almohada.

"Pero si..."

No. No iba a hacer esto. No iba a fantasear con su jefe como una protagonista de las telenovelas que la hacían llorar.

Lo hizo.

Se imaginó a Santiago invitándola a un café. No en el café de la oficina —eso no contaba— sino en Michi Café, el que estaba en la Condesa, con gatos y horchata latte y un letrero de luces que decía "Los gatos siempre tienen razón." Se imaginó a Santiago pidiendo un americano negro —porque un hombre como él solo podía tomar americano negro— mientras ella pedía un horchata latte con doble canela. Se imaginó sus manos en la mesa, cerca pero sin tocarse, y la conversación que tendrían si no existiera la jerarquía, ni la estática, ni el hecho de que él podía sentir todo lo que ella sentía.

"¿De qué hablaríamos?"

"De nada. De todo. Él me preguntaría qué telenovela me hizo llorar y yo se lo diría y él no entendería por qué la gente llora con ficción y yo trataría de explicárselo y él ladearía la cabeza como hace cuando procesa datos y..."

La smartband vibró. 94 lpm. Subiendo.

Y en el pecho de Valentina, una cosa cálida y blanda —como un gato acurrucándose— empezó a ronronear.

---

A once kilómetros de distancia, Santiago estaba acostado en su cama mirando el techo.

El penthouse estaba a oscuras excepto por la luz azul del cargador inalámbrico en la mesita de noche. Silencio total. El tipo de silencio que siempre había encontrado cómodo —funcional, limpio, vacío de interferencia.

Excepto que ahora no estaba vacío.

Algo tibio le llenaba el pecho. No era dolor. No era ansiedad. No era hambre ni tristeza ni ninguna de las emociones que había aprendido a identificar durante los últimos cuatro días como "de Valentina." Esto era diferente. Esto era... suave. Ondulante. Como el calor que sale de una taza de café antes del primer sorbo, pero por dentro.

Su Apple Watch marcaba 78 lpm. Cinco latidos por encima de su media en reposo.

Santiago analizó los datos. No era estrés: el estrés se sentía como presión, no como calor. No era miedo: el miedo apretaba, esto expandía. No era felicidad —él conocía la felicidad en teoría pero nunca la había experimentado, así que no podía descartarla ni confirmarla.

Era algo que hacía que las esquinas de su boca quisieran moverse y que sus dedos, sobre la sábana, se curvaran ligeramente como si recordaran el tacto de otra mano.

"¿Qué está haciendo?"

Levantó el teléfono. Abrió el contacto de Valentina. Su pulgar se quedó sobre el botón de llamada.

La voz de Emilio, de esa tarde: "Un jefe varón llamando a una empleada de noche... eso se ve muy mal, güey."

Dejó el teléfono en la mesita. Se quedó mirando el techo.

La sensación no paró. Duró una hora. Luego otra. Santiago se dio la vuelta, se puso boca abajo, se puso de lado. Nada servía. No podía escapar de algo que venía de adentro. Y lo peor —lo verdaderamente perturbador— era que no quería escapar. Por primera vez en veinte años, había algo dentro de su pecho que no dolía, y la idea de que se apagara le producía un vacío anticipatorio que era, quizá, lo más cercano al miedo que Santiago Montero Castellanos había sentido por voluntad propia.

Se quedó dormido a las 3:17 de la mañana. Lo supo porque miró el reloj justo antes de cerrar los ojos, como hacía cada noche, anotando mentalmente la hora para calibrar su ciclo de sueño.

---

Estacionamiento B2. 7:00 de la mañana.

Valentina llegó con un horchata latte de Michi Café en la mano izquierda y ojeras de un color que no existía en la paleta de Pantone. Se había desviado dos estaciones de metro para pasar por la Condesa, se había gastado ochenta y siete pesos que no tenía, y no sabía por qué.

Santiago estaba recargado contra su auto. Americano negro. Ojeras idénticas. El abrigo de siempre. La mandíbula de siempre. Los ojos de siempre, excepto que hoy tenían un borde rosado que delataba la falta de sueño.

Se miraron.

Valentina apretó el vaso. Santiago metió la mano libre en el bolsillo del pantalón.

—¿Lista? —dijo él.

—Lista —dijo ella.

No era para nada romántico. Era para intentar revertir la conexión una vez más. Pero mientras caminaban hacia el elevador —uno al lado del otro, en silencio, con sus cafés y sus ojeras y sus corazones latiendo a exactamente 73 lpm—, Valentina pensó que si esto fuera una telenovela, este sería el momento en que la cámara haría un zoom lento y sonaría un piano.

No sonó ningún piano. Solo el eco de sus pasos en el estacionamiento vacío, y el pitido del elevador al abrirse.

1
Lau
interesante 🤭 comenzando
Graciela Pinto Caetano
esperaba otro final!!!
Tere Bru
novela tan larga ,para un final así !! desilusión total 😔
Milo Mosquera
Muy linda.
Milo Mosquera
😍😍😍😍
Stella Vega
??? Y ???
Stella Vega
????Y ??
engerling marrugo arroyo
😭 y el final 😭😭
Viviana Gonzalez
Estimada Escritora, muchas gracias, por una historia Fascinante, Extraordinario, me encantó pero siento que faltaron los besos, más vida de ellos como pareja,
Is Cantil
Jajaja pobre, no sabe porque comió ese taquito 🤣🤣
Karen Bel
que paso aquí? así termina 😢
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play