Ángela Sarmiento murió después de descubrir la verdad más cruel: su hermana adoptiva y el hombre en quien más confiaba habían destruido a su familia. Y Gael Montenegro, el poderoso y temido prometido del que siempre quiso escapar, era el único que la había amado de verdad… y también el hombre que murió por culpa de ella.
Cuando Ángela abre los ojos, ha regresado al momento en que todo comenzó.
Esta vez no piensa huir de Gael. Recuperará lo que le pertenece, hará pagar a quienes la traicionaron y conquistará de nuevo al hombre que sacrificó todo por ella.
Pero Gael todavía recuerda su rechazo. No confía en sus caricias, sospecha de cada palabra dulce y está convencido de que Ángela solo prepara otra forma de abandonarlo.
Entre venganzas familiares, secretos, drogas, hipnosis y una atracción que ninguno de los dos puede contener, Ángela tendrá que demostrar que su amor es real.
Porque en esta segunda vida no permitirá que Gael vuelva a morir.
Y tampoco piensa dejarlo escapar de su cama.
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Capítulo 5
Capítulo 5
Una satisfacción inesperada se instaló en el pecho de Gael.
En realidad, a Ángela le bastaba con avanzar un paso hacia él. Gael estaba dispuesto a atravesar cualquier infierno para recorrer el resto de la distancia.
Después de disfrutar el momento durante unos segundos, sonrió con descaro.
—Es verdad. La fruta que uno arranca por la fuerza sabe más dulce.
Ángela se puso roja como una gatita a la que acababan de erizarle el pelo.
—¡Tú... cállate!
Se dio la vuelta para huir, pero el brazo de Gael la rodeó y la atrajo de nuevo.
—¿Por qué corres? —La sonrisa desapareció de sus ojos—. Mejor explícame por qué dejaste entrar a ese hombre. Incluso ordenaste a Bravo Uno que me avisara. ¿De verdad no temiste que te rompiera las piernas?
Gael no sabía cuánto control había necesitado para no mandar matar a Fabián.
Ese imbécil se había atrevido a ir hasta su casa para quitarle a Ángela.
Consciente de que había actuado de manera imprudente, ella cambió de expresión y le ofreció una sonrisa conciliadora.
—Precisamente lo hice porque no quería que me malinterpretaras. Hasta pedí que encendieran las cámaras de la sala.
Gael soltó una risa incrédula.
Ignoraba cuánto había de verdad en aquellas palabras, pero Ángela ya no lo rechazaba. Por ahora, eso era suficiente.
Si todo resultaba ser un engaño, aceptaría hundirse en él. Si pudiera elegir, desearía que Ángela lo engañara durante el resto de su vida.
Como él seguía callado, ella creyó que aún estaba enojado y le pellizcó suavemente una mejilla.
—Ya no te enojes. Ven conmigo. Tengo un regalo para ti.
Mientras tanto, Selene y Fabián permanecían dentro del auto con expresiones sombrías.
Selene apenas comenzaba a aceptar que Ángela realmente había cambiado. Antes podía manipularla con unas cuantas palabras; ahora ya no sabía qué estaba pensando.
Tendría que utilizar a Fabián para que actuara por ella.
Miró al hombre al volante con admiración fingida.
—Fabián, ¿no será que te enamoraste de mi hermana?
Él soltó una risa despectiva.
—Claro que no. Solo me interesa su posición como heredera de los Sarmiento.
Tomó la mano de Selene.
—Mientras Ángela no esté en casa, gánate el cariño de don Octavio. Así podré casarme contigo sin tener que ocultarnos.
—Pero si ella se casa con Gael Montenegro, el Grupo Sarmiento ganará un aliado demasiado poderoso. Nunca podremos tocarlo.
Una crueldad venenosa apareció en los ojos de Fabián.
—Entonces impediremos que lleguen a casarse.
Cuando terminaron de conspirar, se alejaron de Lomas de Chapultepec.
No sabían que Ángela había escuchado cada palabra. Algún día aquella grabación se convertiría en una prueba contra los dos.
Dentro de la residencia, Ángela llevó a Gael hasta un caballete instalado en el invernadero. Retiró la tela que cubría el lienzo.
En la pintura, Gael descansaba sobre un diván rodeado de rosas. Sus ojos miraban con ternura a una gata acurrucada entre sus brazos. La forma de los ojos del animal se parecía demasiado a la de Ángela.
El hombre y la gata transmitían una paz íntima, como si el tiempo pudiera detenerse para ellos.
Ángela recordaba que, en su vida anterior, Gael solía decir que tenía una mirada felina capaz de seducir a cualquiera, pero que su temperamento se parecía más al de una gata salvaje.
Temiendo que él sospechara de sus intenciones, no se atrevió a pintar un retrato de ambos. Había utilizado a la gata para ocupar su propio lugar.
Gael contempló el cuadro. Una emoción difícil de interpretar le cruzó la mirada antes de que sonriera con picardía.
—Me encanta el regalo. Sobre todo esa gata.
Después se volvió hacia ella.
—Pero me gustaría saber cuándo aprendiste a pintar así de bien.
Ángela alzó la barbilla.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí. Soy una mujer de muchos talentos.
Por dentro, reconoció que Gael era demasiado perceptivo.
En esta etapa de su vida, Ángela no dominaba la pintura. Había aprendido años después para transmitirle información secreta a Fabián: escondía los datos dentro de sus cuadros y luego los enviaba a la residencia Sarmiento.
Gael le había pedido muchas veces que pintara algo para él. Ella siempre se negó.
Ahora quería compensarlo con todo lo bueno que pudiera darle.
Él la observó con una alegría serena. Solo en sus sueños había visto a una Ángela tan llena de vida.
Le sostuvo con suavidad la barbilla.
—He estado pensando en lo que me propusiste. Quiero intentarlo de verdad.
La intensidad de sus ojos la dejó inmóvil.
—Ángela, salgamos mañana. Tengamos una cita, ¿sí?
Ella todavía estaba atrapada en la intimidad del momento. Con las orejas encendidas, asintió dentro de sus brazos.
Gael tomó el cuadro y caminó hacia el despacho sin ninguna prisa.
Desde su puesto, Bravo Uno observó la escena y pensó que su jefe sabía muy bien cómo ganarse a una mujer.
Esa misma noche, Gael pidió a Raúl que reservara boletos para todas las funciones del cine del día siguiente. Había escuchado que a las mujeres jóvenes les gustaba ir al cine con sus novios.
Si otras podían disfrutar de una cita así, su Ángela también.
A la mañana siguiente la esperó desde temprano en el comedor. Cuando ella bajó por la escalera, la mirada de Gael se oscureció.
Ángela llevaba una minifalda gris de cintura alta y una blusa color vino que dejaba los hombros al descubierto.
La falda exponía sus piernas largas y rectas. Contemplarlas le encendió la sangre.
Por un instante, Gael dejó de querer salir.
La atrajo hasta quedar frente a él y fijó los ojos en el borde de la falda. Al final suspiró y no le pidió que se cambiara.
Ángela tenía derecho a vestirse como quisiera. Su deber era protegerla, no encerrarla dentro de sus propios celos.
Después de comer algo sencillo, Gael la llevó al cine.
Ángela arqueó una ceja ante la elección. Él detestaba los lugares ruidosos y siempre veía películas en la sala privada de la residencia.
Gael regresó con bebidas y botanas. Cuando entraron a la sala, la película ya había comenzado.
Las luces de colores de la pantalla se deslizaban sobre el rostro de Ángela, volviéndola todavía más hermosa.
Ninguno de los dos prestó atención a la historia.
Aprovechaban la penumbra para mirarse. Cuando sus ojos coincidían, ambos apartaban la vista con rapidez.
Ángela reunió valor y extendió el meñique para rozar la mano de Gael.
Él atrapó su mano completa entre la suya.
No la soltó hasta que terminó la película.
Al salir, Gael se apartó unos metros para contestar una llamada. Mientras Ángela lo esperaba junto a la entrada, tres jóvenes se acercaron a coquetear con ella.
Gael contempló la escena con creciente irritación.
—Voy para allá —dijo al teléfono y colgó.
Caminó hasta Ángela, la rodeó por la cintura y sonrió sin calidez.
—Novia, ¿de qué estaban hablando?
Los muchachos se quedaron paralizados por su voz. Al ver a aquel hombre alto, vestido con camisa blanca y pantalón negro, uno de ellos balbuceó una disculpa y los tres se marcharon a toda prisa.
Ángela rio alegremente dentro de sus brazos.
Gael apretó la mandíbula.
—Traviesa, ¿te divierte atraer admiradores?
La profundidad de su mirada hizo que Ángela negara de inmediato.
Entonces recordó la llamada y aprovechó para cambiar de tema.
—¿Tienes que atender algo? Puedo volver sola a la residencia.
Gael la observó durante un largo momento.
—Sí, surgió un asunto en la empresa. Vendrás conmigo.
No esperó su respuesta.
Poco después, el auto se detuvo frente a la torre corporativa del Grupo Montenegro. Ángela no podía creer que la hubiera llevado con él de aquella manera.
Entraron juntos.
En cuanto aparecieron, el personal de recepción dejó de trabajar para mirarlos.
¿Desde cuándo su director llevaba mujeres a la empresa? Y no cualquier mujer, sino una belleza imposible de ignorar.
Gael no prestó atención a las miradas. Con una sonrisa casi imperceptible, tomó a Ángela de la mano y caminó hacia el elevador privado.
Ella, en cambio, sentía arder el rostro.
Tan pronto como desaparecieron, el chat interno se llenó de mensajes. Alguien incluso compartió una fotografía de ambos.
Raúl abrió el grupo creyendo que había surgido una emergencia. Al descubrir el motivo del alboroto, escribió:
«Cuando la vean, tengan cuidado con la forma en que la tratan».
La intervención del asistente personal de Gael confirmó que aquella mujer no era una acompañante cualquiera. Las preguntas se multiplicaron.
Raúl silenció el chat y fue a esperar a la pareja en la oficina.
Ya dentro del elevador, Ángela pellizcó el brazo de Gael.
—Lo hiciste a propósito, ¿verdad? ¿Por qué no entramos desde el estacionamiento subterráneo? Ahora todas las recepcionistas nos vieron.
—Es mejor que conozcan de una vez a la futura dueña. Así no intentarán detenerte cuando vengas.
—¿Quién dijo que yo fuera la dueña?
Gael no respondió. La miró con una diversión provocadora que hizo aumentar su rubor.
Era la primera vez que Ángela visitaba su lugar de trabajo.
La oficina era amplia y luminosa, con tonos fríos que reflejaban el carácter de Gael. A través de los enormes ventanales podía verse buena parte del centro de Ciudad de México.
Gael la condujo hasta el sillón detrás del escritorio.
—Puedes usar la computadora mientras estoy en la junta. Si te aburres, descansa en la habitación de al lado o pídele algo de comer al equipo de asistentes.
Raúl entró para recordarle la hora. Al ver los documentos sobre el escritorio, quiso advertirle, pero una mirada de Gael lo hizo callar.
Cuando salieron, Raúl se inclinó hacia él.
—El expediente del proyecto de Santa Fe quedó sobre la mesa. El Grupo Sarmiento también participa en la licitación.
Gael se frotó las yemas de los dedos y toda calidez abandonó su expresión.
—Lo sé. Que ella elija lo que quiera. Es solo un contrato. Mientras permanezca a mi lado, no importa.
Entró a la sala de juntas.
Raúl lo siguió pensando en los miles de millones de pesos que su jefe acababa de tratar como si fueran monedas. Por una mujer, Gael sería capaz de regalar un imperio.
Ángela exploró el escritorio con curiosidad. En su propia empresa todo aquello siempre le había parecido aburrido. Allí, en cambio, quería tocar cada cosa porque deseaba conocer mejor a Gael.
En una esquina encontró una carpeta.
Propuesta de licitación: proyecto de desarrollo en Santa Fe.
La competencia debía encontrarse en su momento más intenso.
En la vida anterior, Ángela robó esos documentos y se los entregó a Fabián, provocando que Gael perdiera el proyecto. Esta vez lo ayudaría a recuperar lo que siempre debió pertenecerle.
Comenzó a corregir los puntos débiles de la propuesta.
Los negocios no le interesaban, pero poseía una memoria excepcional. Todavía recordaba cada palabra del expediente y conocía el resultado final de la licitación.
Raúl entró discretamente a la sala de juntas y le mostró a Gael la transmisión de las cámaras.
Ángela había tocado los documentos.
El pecho de Gael se volvió pesado. Las ganancias no le importaban, pero sí necesitaba saber si ella guardaba un lugar para él dentro de su corazón.
No se atrevía a enfrentarla. Si nunca conseguía su amor, incluso una vida construida sobre aquella confusión sería preferible a perderla.
Controló sus emociones y continuó con la junta.
Varias horas después regresó a la oficina.
Ángela seguía frente al escritorio. Al verlo, lo llamó con una sonrisa y le indicó que se sentara. Después colocó ante él las páginas que había corregido, como una niña esperando un elogio.
—Mira. Yo hice estos cambios. Si desarrollas un poco más las ideas, seguro ganarás el proyecto.
Gael quedó desconcertado.
Había supuesto que Ángela robaría la propuesta para dársela a Fabián. No esperaba que se entretuviera corrigiéndola.
Tomó las hojas para no herir su entusiasmo. A medida que leía, su incredulidad crecía.
Algunas observaciones coincidían con las conclusiones a las que su equipo había llegado después de varios días de trabajo. Otras eran todavía más completas.
—Ángela, ¿todo esto se te ocurrió a ti?
—Sí. Soy muy buena, ¿verdad?
Parecía una gata orgullosa esperando que la acariciaran.
Ella habría podido llevar aquella versión mejorada al Grupo Segovia o al Grupo Sarmiento. En cambio, había permanecido allí para ayudarlo.
Gael la tomó de la cintura y la sentó sobre sus piernas. Al recordar la prueba que le había preparado, la culpa lo invadió.
Decidió decirle la verdad.
—Ángela, dejé el expediente sobre el escritorio a propósito.
Ella lo miró sin comprender.
Gael abrió un cajón, sacó otra carpeta y la puso en sus manos.
—Creí que estabas utilizando al Grupo Sarmiento para ayudar a Fabián. Quería averiguar si robarías la propuesta para entregársela.
Sus brazos se cerraron con más fuerza alrededor de ella, como si temiera que Ángela se enfureciera y desapareciera.
La vulnerabilidad de Gael le provocó una punzada en el corazón.
Ángela le rodeó el cuello con los brazos.
—Gael, no voy a traicionarte.
Su voz dulce rozó el corazón de Gael como la pata de una gatita. El cuerpo de él se tensó y el deseo comenzó a encenderse en sus ojos.
—Ángela... Gracias.
Ella le acarició el cabello.
Cuánto deseaba confesarle que, en la vida anterior, sí había robado aquellos documentos.
Gael levantó la mirada.
—Entonces, ¿tú hiciste que el Grupo Sarmiento entrara en la licitación?
—No. Santiago, ese desgraciado, administra todas las operaciones nacionales e internacionales. Voy a preguntarle ahora mismo.
Marcó el número de su hermano.
Él tardó bastante en contestar.
—¿Qué milagro que me llamas?
—¡Santiago Sarmiento, imbécil! ¿Por qué participas en la licitación de Santa Fe si ni siquiera estás en México?
Santiago soltó una risa.
—¿Qué imbécil fue a acusarme contigo? Lo hago por tu bien. Sin importar quién obtenga el terreno, tú quedarás en medio. Si yo lo gano, quedará a tu nombre como patrimonio personal. Así nadie podrá cuestionar tu independencia.
Gael se masajeó la frente.
Su futuro cuñado parecía haber perdido la razón después de pasar tanto tiempo fuera del país.
—¡No necesito que te metas! ¡Retira la propuesta! —gritó Ángela antes de colgar.
Gael deslizó los dedos por su cintura. La palma le transmitió calor a través de la tela y se cerró con una presión lenta, deliberada.
—Si tú ganaras ese terreno, serías una mujer muy rica. ¿No quieres mantenerme? Puedo hacer todo lo que me pidas.
Las caricias le hicieron cosquillas. Ángela se movió sobre sus piernas tratando de escapar de sus dedos; el roce de su vestido contra el pantalón de Gael le cortó a él la respiración.
La mirada de Gael ardió. Los músculos de sus muslos se tensaron debajo de ella y su pecho se elevó con una inhalación profunda.
La sujetó con firmeza contra su cuerpo. Una mano quedó extendida sobre su cintura, manteniéndola cerca sin lastimarla, mientras el pulso de él golpeaba rápido bajo la camisa.
—No te muevas —advirtió con voz ronca—. O de verdad voy a hacer algo.
Ángela se quedó quieta en sus brazos, con las mejillas encendidas. Durante unos segundos solo se oyó la respiración áspera de Gael junto a su oído y el leve crujido de la ropa entre ambos.
¿Cómo no había descubierto antes que aquel hombre aparentemente frío escondía una forma tan provocadora de coquetear?
Se aclaró la garganta y adoptó una expresión seria.
—Gael, quiero hablar contigo de algo.
—Dime.
Ángela respiró hondo antes de atreverse.
—Quiero enviarle a Fabián la versión anterior de la propuesta.