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¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Maestro-estudiante / Amor platónico / Completas
Popularitas:15k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

...Martín...

La poesía no debería doler. Pero a veces, cuando uno lleva cuatro años guardando silencio, los versos ajenos se convierten en el único idioma permitido.

Aula 203. Nueve y cuarto de la mañana. Sesenta y dos alumnos. Luz blanca de los fluorescentes, olor a café tibio y a cuadernos recién abiertos.

Escribí en la pizarra con letra firme:

«¿Qué es poesía?, dices mientras clavas

en mi pupila tu pupila azul.

¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?

Poesía... eres tú.»

—Bécquer —dije, girándome hacia la clase—. Rima veintiuno. Cuatro versos. Sin metáforas grandilocuentes, sin mitología, sin adornos. Solo una verdad desnuda lanzada como una piedra al agua.

Silencio. Algunos anotaban, otros me miraban con esa mezcla de atención y miedo reverencial que todavía no entendía.

—La pregunta de fondo no es qué es la poesía —continué, caminando entre las filas—. La pregunta es: ¿qué hace un hombre cuando lleva años conteniendo lo que siente, y la única salida que encuentra es un poema?

Pausa.

—Bécquer escribió estas rimas enfermo, pobre, separado de la mujer que amaba. No podía tocarla. No podía decírselo. Solo podía escribir. —Me detuve junto a la ventana. El sol de la mañana entraba sesgado y me daba en los ojos—. Hay personas que esperan cuatro años. Que cuidan a alguien con la excusa de ser su «compañero de departamento». Que memorizan sus gustos, sus gestos, el tono exacto de su risa, y aun así no se atreven a cruzar la línea.

Un murmullo recorrió el aula. Una alumna en la segunda fila levantó la mano.

—Profesor, ¿eso es amor o cobardía?

Sonreí apenas.

—Pregúntale a Bécquer.

—Bécquer está muerto, profesor.

—Exacto. Y nunca se lo dijo.

El silencio que siguió fue distinto. Más denso. Como si sesenta y dos personas hubieran contenido la respiración al mismo tiempo.

Continué la clase con un análisis formal de las Rimas, pero una parte de mi mente estaba en otro lugar. En un departamento del tercer piso. En una mujer que dormía abrazada a un elefante de peluche y que no tenía la menor idea de que cada palabra que yo decía en esta aula era, de algún modo, sobre ella.

A las diez y media, un incidente rompió la solemnidad.

Un alumno del fondo —Gutiérrez, creo— intentó mostrar una imagen de su proyecto en la pantalla del proyector. En lugar del mapa conceptual, apareció un meme de un gato con birrete de graduación y la frase: «Cuando el profe dice que el examen es fácil.»

La clase estalló en carcajadas.

Gutiérrez se puso rojo como un semáforo. Yo lo miré tres segundos.

—Interesante aportación, Gutiérrez. Bécquer estaría orgulloso de tu análisis visual posmoderno.

Más risas, pero esta vez conmigo, no contra él. El chico respiró aliviado.

Después de clase, el director Guillermo Acosta me interceptó en el pasillo.

—Martín, ya recibimos el registro de la nueva ocupante del 302. El decano autorizó la estancia temporal; solo falta tu firma en la actualización del contrato.

—Pasaré hoy por la oficina.

Acosta me miró por encima de sus lentes. Nos conocíamos desde hacía años. Sabía cuándo no insistir.

—Está bien. —Se giró para irse, pero se detuvo—. Martín… ¿es ella?

No respondí. Él sonrió.

—Ya era hora.

Caminé hacia la sala de profesores. Al doblar la esquina, una voz familiar me llamó en inglés.

—¡Herrera! ¡Sigues vivo!

Allen Miller estaba apoyado contra la pared, con una maleta de ruedas a sus pies y una sonrisa que no había cambiado desde Cambridge. Alto, rubio, con esa elegancia despreocupada de los europeos que han vivido en demasiados países.

—Allen. —Le estreché la mano—. No me dijiste que venías.

—Sorpresa. Me ofrecieron una plaza de visitante para el semestre. Hispanismo comparado. —Me miró con atención—. Pero eso no es lo interesante. Lo interesante es tu cara.

—¿Mi cara?

—Tienes una expresión que no te había visto nunca. Algo entre «acabo de ganar el Nobel» y «alguien me quitó el piso debajo de los pies». —Ladeó la cabeza—. ¿Por fin llegó ella?

Me quedé quieto. Allen era la única persona en el mundo que sabía. La única a la que le había dicho su nombre.

Fue en Cambridge, hace dos años. Una noche de lluvia, después de una conferencia que salió mal. Yo estaba sentado en un pub, con una pinta de cerveza que no tenía ganas de beber, y él se sentó enfrente sin preguntar.

—Te conozco desde hace tres años y nunca te he visto mirar a una mujer —dijo entonces—. Ni a un hombre. Ni a nadie. Empecé a pensar que eras un ermitaño con traje.

Y entonces, por alguna razón —quizá la lluvia, quizá el cansancio, quizá porque llevaba demasiado tiempo guardándomelo—, le dije su nombre.

—Valentina.

Solo eso. Su nombre. Allen no preguntó más. Solo asintió y pidió otra ronda.

Ahora, en el pasillo de la facultad, bajo los fluorescentes y el ruido de los estudiantes, Allen me miraba con esa sonrisa de quien sabe exactamente lo que está pasando.

—Llegó —dije.

—¿Y?

—Vive conmigo.

Allen soltó una carcajada.

—Dios mío, Herrera. Cuatro años de autocontrol espartano y ahora viven bajo el mismo techo. Eso es como poner a un vegetariano a trabajar en una parrillada.

—No es así.

—¿No? —Se cruzó de brazos—. ¿Cuántas veces te has quedado despierto escuchando sus pasos al otro lado de la pared?

No respondí. Lo cual era una respuesta.

Allen me palmeó el hombro.

—Tranquilo. Si alguien puede hacer esto bien, eres tú. —Se puso serio un momento—. ¿Ella sabe?

—No todo. Pero empieza a sospechar.

—¿Y tú? ¿Cuál es el plan?

Metí la mano en el bolsillo. Mis dedos tocaron algo pequeño y seco. El separador con una flor de jacaranda prensada. Lo llevaba conmigo desde hacía dos años, desde aquel día en la biblioteca cuando ella lo olvidó entre las páginas de un diccionario.

—Esperar —dije—. Hasta que esté lista.

Allen me miró un momento. Después asintió.

—Entonces esperaremos juntos. Yo me instalo la semana que viene. ¿Hay algún bar decente por aquí?

Salimos juntos de la facultad. El sol caía sobre los árboles del campus, y los jacarandás dejaban caer pétalos morados sobre el camino.

En el bolsillo, la flor de jacaranda prensada pesaba como una promesa.

Todavía no sabía cuándo devolvérsela. Ni cómo.

Solo sabía que cuando lo hiciera, ya no habría vuelta atrás.

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1
Cristina Gomez
Gracias porque muy pocas veces me sorprende darme cuenta que sonrío mientras leo y está vez me pasó.
Vanessa Soto Garcia
que hermosa novela ☺️
Cristina Gomez
que hermosa novela,este el tipo de amor que todas buscamos y muy pocas logramos encontrar.
Vanessa Soto Garcia
😂😂😂😂😂😂
Helizahira Cohen
Es bonita, diferente pero se me hizo muy larga, la voy a terminar porque esta muy bien narrada
Helizahira Cohen
Es bonita pero muy lenta y veo que es larga
Helizahira Cohen
pero ya que avance
Helizahira Cohen
ya pueden hablar, no son profesor y alumna, ambos lo quieren
Alesi Mendiola
Que tierno un hombre que recuerde asta el mas mínimo detalle
Flor Perez: en donde encuentro un profesor así 🤭🤭🤭
total 1 replies
Sofy Solis
🥰🥰🥰 Qué lindo que es él!!!
Tere Jimenez
gracias por compartir tu novela hermosa un poquito larga pero muy hermosa espero sigas escribiendo tan hermoso muchas bendiciones y muchos éxitos más
Tere Jimenez
hermoso final felicidades
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