A sus veintiocho años, Valeria Montero tiene todo bajo control: una de las empresas más poderosas de Puerto Reyes, una reputación impecable y una vida en la que no hay espacio para cometer errores.
Santiago del Río es la única excepción.
Llegó a la casa de los Montero cuando era niño, bajo la tutela legal de Doña Carmen. Valeria lo protegió, lo acompañó durante sus peores años y se convirtió en la persona más importante de su vida.
Pero Santiago creció.
La noche en que cumple dieciocho años, la besa y le confiesa una verdad que Valeria no está preparada para escuchar: nunca la ha visto como una hermana y no piensa seguir fingiendo.
Él es diez años menor. Ella es la directora de un imperio empresarial. Una relación entre ambos podría destruir su reputación y convertirlos en el centro de un escándalo. Valeria intenta alejarse, pero Santiago está decidido a demostrarle que ya no es el niño que llegó herido a su casa.
Justo cuando ella comienza a aceptar lo que siente, Héctor Navarro aparece y revela que Santiago es su nieto y el heredero perdido de la familia Navarro. También le cuenta algo peor: una antigua maldición corre por la sangre de los hombres de su familia, y Héctor puede utilizarla para acabar con la vida de Santiago.
Para salvarlo, Valeria deberá conseguir que se marche con él.
Así que le dice la mentira más cruel que puede inventar: que lo cambió por un terreno.
Tres años después, Santiago regresa convertido en el nuevo heredero del imperio Navarro. Es frío, poderoso y está dispuesto a castigar a la mujer que destrozó su vida.
Lo que todavía no sabe es que Valeria nunca dejó de amarlo.
Mientras él planeaba su venganza, ella pasó tres años buscando una forma de romper la maldición y traerlo de vuelta.
Ahora Santiago tendrá que decidir qué es más fuerte: el odio que lo mantuvo vivo o la obsesión que nunca consiguió olvidar.
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Capítulo 12
# Capítulo 12: Estrategia
Santiago
El hospital no encontró nada.
Nos hicieron de todo. Sangre, orina, radiografías, resonancia, electrocardiograma. Vale obligó al director a revisar cada resultado personalmente. Le habló con esa voz que usa cuando no acepta excusas: la voz de la CEO que puede comprar tu hospital y cerrarlo antes del almuerzo.
—Todo está perfecto, señorita Montero. Su hermano tiene la salud de un atleta de veinte años.
Vale no se convenció. Me hizo un segundo chequeo una semana después. Mismo resultado.
Pero yo sabía que algo andaba mal.
Porque el dolor volvió.
No tan fuerte. No tan largo. Pero volvió. Una punzada en el centro del pecho, como una aguja caliente que entra y sale. Me pasaba de noche, cuando estaba a punto de dormirme, o de madrugada, cuando soñaba con ella.
No le dije.
Porque eso es lo que hago. Guardo las cosas. Las escondo. Aprendí a hacerlo a los seis años, cuando llorar significaba que el cinturón pegaba más fuerte. Aprendí que el dolor se traga, se mastica, se digiere en silencio.
No iba a preocuparla más. Ya tenía suficiente con el imperio, con la abuela, con los negocios. No necesitaba otro problema. No necesitaba saber que su hermano se despertaba a las tres de la mañana empapado en sudor con un dolor en el pecho que no tenía nombre ni diagnóstico.
Así que hice lo que siempre hago: lo guardé. Lo archivé en el mismo cajón donde guardo todo lo demás que duele. Y seguí adelante.
La universidad empezó en septiembre.
Finanzas. Números. Gráficas. Reportes. Todo lo contrario a lo que me gusta.
Lo odiaba.
No me importaba.
Porque cada vez que abría un libro de contabilidad, pensaba: esto me acerca a ella. Cada examen que aprobaba, cada concepto que entendía, cada profesor que me miraba sorprendido porque el chico callado del fondo tenía las mejores notas del salón, todo eso era un paso más hacia el día en que pudiera pararme frente a Vale y decirle: ya no soy un niño que tú mantienes. Soy un hombre que te merece.
Mateo no entendía.
—Hermano, ¿por qué finanzas? Tú dibujas como un dios. ¿Te volviste loco?
—No me volví loco.
—¿Entonces?
—Quiero dirigir una empresa.
—¿QUÉ empresa?
Lo miré. Mateo abrió los ojos.
—No. No, no, no. No me digas que...
—La de Vale. Quiero trabajar con ella. A su lado. Como su igual.
Mateo se sentó. Se pasó las manos por la cara. Dijo tres veces "Dios mío" y después me miró con una mezcla de admiración y lástima que ya me era familiar.
—Hermano, tú no quieres una novia. Tú quieres fusionarte con esa mujer. Quieres absorberla. Quieres que respire tu mismo aire.
—Sí.
—Eso no es sano.
—No me importa que sea sano. Me importa que sea real.
Se quedó callado un momento. Después dijo, más serio que de costumbre:
—¿Y si ella nunca te corresponde? ¿Qué vas a hacer? ¿Estudiar toda una carrera que no te gusta para nada?
—Si ella nunca me corresponde, al menos voy a poder estar cerca de ella. Todos los días. En la misma oficina. En la misma mesa de juntas. Viéndola trabajar. Siendo útil. Es más de lo que tengo ahora.
Mateo me miró un rato largo.
—Carajo —dijo finalmente—. Eso es lo más triste y lo más romántico que he escuchado en mi vida.
En casa, las cosas cambiaron.
Después del beso en la montaña, Vale puso reglas. No me lo dijo directamente, pero las puso. Las noté. Las memoricé. Las estudié.
Regla uno: nada de abrazos que duren más de tres segundos.
Regla dos: nada de entrar a su cuarto después de las diez de la noche.
Regla tres: nada de mirarla cuando se cambia, cuando sale del baño, cuando se estira por las mañanas con la camiseta subida hasta las costillas.
Regla cuatro: nada de preguntas sobre novios, sobre su vida amorosa, sobre lo que siente o deja de sentir.
Regla cinco: la más importante de todas, la que nunca dijo en voz alta pero que estaba en cada gesto, en cada mirada, en cada vez que ponía un metro de distancia entre los dos — no la hagas sentir lo que no quiere sentir.
Reglas claras. Razonables. Diseñadas para mantenerme a raya.
Las obedecí.
Todas.
Al pie de la letra.
Porque la obediencia es una estrategia. Y yo aprendí a ser estratégico.
Si ella quería que yo fuera su hermano, iba a ser el mejor hermano del mundo. Le cocinaba. Le llevaba café a la oficina cuando estudiaba hasta tarde. Le dejaba notas en la cocina: "Vale, hay pasta en el refrigerador. No te desveles." Le compraba flores. Le organizaba la agenda cuando la veía estresada.
Todo lo que haría un hermano perfecto.
Y nada de lo que haría un amante.
Ni una mirada de más. Ni un roce accidental. Ni un "Vale" con ese tono que le hacía tensar los hombros y morderse el labio.
Nada.
Tres semanas.
Tres semanas sin cruzar la línea, sin presionar, sin insinuar.
Y entonces pasó algo que no esperaba.
Vale empezó a buscarme.
No de forma obvia. No de forma que ella misma reconociera. Pero yo la conozco como nadie y vi las señales.
Se sentaba más cerca de mí en el sofá. Me preguntaba por la universidad con más detalle del necesario. Me miraba cuando creía que yo no la veía, con esa expresión rara en los ojos, como si estuviera intentando resolver un problema que no tenía solución.
Una noche, mientras yo estudiaba en la sala, se sentó a mi lado con su laptop. No dijo nada. No tenía que estar ahí. Tiene una oficina entera en el segundo piso con escritorio de caoba y vista al jardín. Pero estaba ahí, en el sofá, a treinta centímetros de mí, con el pelo suelto y los lentes puestos y las piernas cruzadas debajo de ella.
—¿No molestas? —preguntó sin levantar la vista de la pantalla.
—Nunca molestas, Vale.
—Es que tu luz está mejor que la de arriba.
Mentira. La luz de arriba es exactamente igual. Yo la instalé. Yo sé cuántos lúmenes tiene cada foco de esta casa porque los elegí pensando en ella, en que no le lastimaran los ojos cuando trabaja de noche.
No dije nada.
Pero sonreí. Poquito. Para adentro. Donde ella no pudiera verme.
A las once, su cabeza se inclinó. Poquito. Hacia mi hombro. No llegó a tocarlo. Se detuvo a medio centímetro. Y después se enderezó de golpe, como si se hubiera dado cuenta de lo que estaba a punto de hacer, y cerró la laptop y dijo "buenas noches" con una voz que sonaba a disculpa.
No la detuve. No hacía falta.
Casi. Casi se apoyó en mí.
La paciencia estaba funcionando.
Mateo tenía razón en una cosa: la distancia produce algo. No sé si belleza. Pero produce hambre. Y el hambre, tarde o temprano, te obliga a comer.
Solo tenía que esperar a que ella tuviera suficiente hambre. A que las reglas que ella misma puso empezaran a asfixiarla. A que se diera cuenta de que la distancia que me impuso no la protegía de nada, porque el problema no soy yo.
El problema es que ella también siente algo. Y ninguna regla del mundo puede apagar eso.
Y yo sé esperar.
El lobito aprendió a jugar el juego largo 🐺 Pero alguien está a punto de complicar todo... Nos leemos mañana ❤️