Todos obedecen a Sebastián Mendoza.
Todos menos su prometida.
Emilia Velasco nunca pidió formar parte del acuerdo que unió a dos de las familias más poderosas de México. Mucho menos vivir con Sebastián: el heredero frío, implacable y peligrosamente atractivo que parece capaz de descubrir cada una de sus mentiras con solo mirarla.
Él le impone tres reglas.
Emilia convierte romperlas en su pasatiempo favorito.
Pero desafiar a Sebastián tiene consecuencias. Sus advertencias pronto se transforman en castigos demasiado íntimos para olvidar y en una tensión que ninguno de los dos está dispuesto a reconocer.
Lo desconcertante no es su autoridad.
Es lo que ocurre después.
Porque el mismo hombre que la obliga a enfrentar las consecuencias de sus actos también se arrodilla para atarle los zapatos, cura cada una de sus heridas y pasa la noche despierto cuando ella tiene miedo.
Emilia cree que Sebastián solo desea controlarla, hasta que descubre su secreto: él es XL, el admirador anónimo que lleva años comprando sus obras y protegiendo su carrera desde las sombras.
Sebastián no aceptó el compromiso por obedecer a su familia.
Llevaba años esperándola.
Ahora, una conspiración relacionada con la muerte de la madre de Emilia amenaza con destruir todo lo que ambos intentan construir. Y el hombre al que todos temen está dispuesto a incendiar su propio imperio antes de permitir que vuelvan a lastimarla.
Emilia tendrá que decidir si quiere seguir desafiando al heredero…
o confiar en el único hombre que la eligió mucho antes de que ella pudiera elegirlo a él.
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Capítulo 13
Emilia sabía que estaba mintiendo cuando lo hizo.
La invitación llegó el jueves por la tarde: un grupo de compañeros de la ANBA iba a un bar nuevo en la Roma Norte que servía mezcal de Oaxaca y tenía música en vivo. Emilia quería ir. Sabía que no debía. Sabía que la regla número dos decía "no beber sin permiso." Sabía que pedir permiso significaba que Sebastián diría que no — o peor, que diría que sí con condiciones, y entonces ella tendría que volver a las diez como una niña con toque de queda.
Así que no pidió permiso. Le mandó un mensaje a Sebastián: "Voy a quedarme en la biblioteca hasta tarde. Un proyecto grupal."
La mentira le salió con una facilidad que la avergonzó.
El bar se llamaba La Catrina y tenía paredes de ladrillo visto, luces de neón rosadas y un trío de son jarocho tocando en una esquina. Emilia se sentó con el grupo, pidió una limonada, y durante cuarenta minutos mantuvo la resolución de no beber. Después alguien pidió una ronda de palomas — tequila, toronja, sal — y la dejó frente a ella con un "ándale, una no hace daño." Se la tomó. Después pidió otra.
No estaba borracha. Estaba en ese territorio intermedio donde todo se siente más brillante y más suave y las consecuencias se ven muy lejanas — al otro lado de un cristal que el alcohol empaña con amabilidad.
A las once de la noche, su teléfono sonó. Un mensaje de Hugo, el guardaespaldas que Sebastián le había asignado sin que ella lo supiera — un hombre discreto que la seguía a dos cuadras de distancia y que ella nunca había notado.
El mensaje no era para ella. Era la confirmación de que Hugo le había mandado a Sebastián una foto.
Emilia no lo supo en ese momento. Solo supo que a las once y cuarto un Uber apareció en la puerta del bar y que algo en su estómago se apretó sin motivo aparente — una intuición animal, como cuando un animal siente la tormenta antes de que el cielo cambie de color.
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Llegó al departamento a las once y media. Las luces de la sala estaban encendidas — solo la lámpara de lectura, que proyectaba un cono de luz dorada sobre el sillón y dejaba el resto en penumbra.
Sebastián estaba sentado en el sillón. Las piernas cruzadas, los brazos en los descansabrazos, la espalda recta. Sobre la mesa de centro, junto a un vaso de agua, había un objeto que Emilia no reconoció de inmediato: una regla de madera plana, del largo de un antebrazo, de superficie lisa y bordes redondeados. Parecía antigua — no vieja, sino hecha con el cuidado de algo que se construye para durar.
Emilia se quitó los zapatos en la entrada. Se acercó a la sala con la lentitud de quien camina sobre hielo.
—Hola —dijo, intentando que su voz sonara normal.
—¿Dónde estabas?
—En la biblioteca. Ya te dije.
—¿Segura?
Emilia lo miró. Los ojos de Sebastián estaban fijos en ella con una quietud que no era calma — era contención. Como la superficie de un lago que esconde una corriente debajo.
—Segura —dijo. Y la segunda mentira le supo peor que la primera.
Sebastián sacó su teléfono del bolsillo. Lo desbloqueó. Lo giró hacia ella.
La foto era clara. Emilia en el bar, sentada en una mesa con una copa en la mano, riéndose con la cabeza echada hacia atrás. Las luces de neón rosadas le teñían la piel. El trío de son jarocho era visible al fondo. La hora en la esquina inferior: 22:47.
Emilia sintió que el suelo se movía.
—Regla uno —dijo Sebastián, guardando el teléfono—: no mentirme. Rota.
—Sebastián, yo—
—Regla dos: no beber sin permiso. Rota.
—Solo fueron dos copas—
—No pregunté cuántas fueron.
El silencio se expandió como una mancha de tinta. Emilia se quedó de pie frente al sillón, con los zapatos en la mano y el corazón latiendo en las sienes. Sebastián no levantó la voz. No necesitaba.
—Sabes lo que significa.
Emilia miró la regla de madera. La pieza era hermosa — tallada con precisión, con una textura que su ojo de artesana reconocía como trabajo hecho a mano. Nogal, probablemente. La ironía de que fuera un objeto bello no se le escapó.
—Sebastián, puedo explicar—
—Ven aquí.
Dos palabras. Sin volumen. Sin negociación. La misma voz que hacía callar ejecutivos con una mirada, pero dirigida a ella, aquí, en la penumbra de la sala, a la medianoche.
Emilia dio un paso. Luego otro. Sus piernas se movían con una voluntad que no era del todo suya — como si el cuerpo obedeciera antes de que la mente decidiera.
Sebastián se inclinó hacia adelante. La tomó de la muñeca con firmeza pero sin apretar. La guio hasta quedar de pie frente a él. Luego, con un movimiento que no admitía resistencia, la inclinó sobre sus rodillas.
El mundo se volcó. Emilia sintió el sillón bajo su estómago, las piernas de Sebastián firmes bajo su cadera, y el peso de su mano izquierda en la parte baja de su espalda, sosteniéndola en posición. La falda que llevaba — algodón ligero, estampado de flores que se había puesto para ir al bar — quedó estirada sobre los muslos.
—Mentiste —dijo Sebastián detrás de ella. La voz le llegaba desde arriba, grave, cerca, inevitable—. Me miraste a los ojos y me mentiste. ¿Qué habría pasado si algo te ocurre y yo no sé dónde estás?
Emilia abrió la boca para responder. La regla cayó.
El primer golpe fue como una quemadura: seco, preciso, concentrado en el centro exacto de los glúteos. A través de la falda la sensación llegó mitigada pero absoluta — no era un gesto simbólico, no era una palmada juguetona. Era una corrección.
Emilia soltó un quejido. Sus manos agarraron el cojín del sillón.
El segundo golpe cayó antes de que se recuperara del primero. En el mismo lugar. Con la misma fuerza medida — no brutal, pero tampoco suave. La fuerza exacta de alguien que sabe lo que hace y no va a detenerse porque le tiemblen las manos.
—Bebiste sin decirme —dijo, y el tercer golpe puntuó la frase.
Al quinto, Emilia tenía los ojos húmedos. Al octavo, lloraba. No un llanto dramático — un llanto silencioso, de labios apretados y lágrimas que le resbalaban por las mejillas y caían sobre el cojín. La vergüenza era peor que el dolor. O tal vez eran lo mismo.
—Sebastián, ya— por favor—
Él no se detuvo. La mano izquierda le presionaba la espalda baja con firmeza, manteniéndola en posición cuando su cuerpo intentaba retorcerse. La regla seguía cayendo con una cadencia que era casi musical — un compás regular, constante, sin aceleración ni pausa.
—¿Por qué mentiste? —Otro golpe—. Podrías haberme pedido permiso. Podría haber dicho que sí. Pero elegiste mentir.
Emilia sollozó. No tenía argumento. No podía pensar con claridad — el dolor le ocupaba toda la atención, borrando el orgullo, la rebeldía, las justificaciones. Lo único que quedaba era la verdad desnuda: había mentido. Había bebido. Él se lo había advertido.
Los golpes siguieron hasta que Emilia dejó de contar. Después sabría que fueron veinte. En el momento, solo supo que hubo un punto en que su cuerpo dejó de resistirse y se entregó al peso del castigo — no con resignación, sino con algo que se parecía, absurdamente, al alivio.
El último golpe cayó. Silencio.
Emilia sollozaba sobre las rodillas de Sebastián con la cara enterrada en el cojín. El cuerpo le temblaba. La piel le ardía debajo de la falda como si la hubieran marcado con un hierro tibio.
Sebastián dejó la regla sobre la mesa. La tomó de los hombros y la giró con cuidado hasta sentarla en su regazo. Emilia hizo una mueca al sentarse — el contacto con sus piernas envió una oleada de calor que le subió por la columna — pero no se apartó. Se quedó ahí, con la cabeza contra su pecho, llorando, escuchando el latido de un corazón que iba más rápido de lo que su voz dejaba entrever.
Le limpió las lágrimas con los pulgares. Con el mismo cuidado con que le ataba los zapatos, con la misma precisión con que cortaba los jitomates en cubos exactos. Le besó la frente — un beso lento, firme, que no era disculpa sino promesa.
—Vamos —dijo, y la levantó en brazos.
La llevó a su habitación. La recostó boca abajo sobre la cama con una delicadeza que contrastaba con todo lo que acababa de pasar. Fue al baño, volvió con una pomada que olía a árnica y manzanilla. Le levantó la falda hasta la cintura y le aplicó la pomada con las yemas de los dedos — toques suaves, circulares, que transformaban cada zona de dolor en algo tibio y manejable. Emilia se estremeció con el primer contacto y luego se fue relajando, hundiendo la cara en la almohada.
Después la tapó. Fue a la cocina. Volvió con un vaso de agua de limón caliente — la misma que le había preparado la primera noche en el departamento, con la cantidad exacta de miel que ella necesitaba sin haberla pedido.
Emilia bebió el agua con sorbos pequeños, sentada contra las almohadas, con los ojos hinchados y la nariz roja. Sebastián se sentó en el borde de la cama. Le acarició el cabello — movimientos lentos, repetitivos, como si peinara algo invisible.
—Eres un bruto —dijo Emilia, con la voz rota.
—Lo sé.
—Me dolió.
—Lo sé.
—No puedes—
—¿No puedo qué?
Emilia no terminó la frase. Porque la frase que quería decir era "no puedes hacerme esto" y la verdad era que sí podía. La verdad era que ella se había quedado sobre sus rodillas, había aceptado cada golpe, había llorado en su pecho después, y ahora estaba bebiendo el agua que él le había preparado mientras él le acariciaba el pelo. La verdad era que ninguna parte de ella quería irse.
—No voy a dejar que te hagas daño —dijo Sebastián. La mano seguía moviéndose por su cabello con esa ternura que hacía imposible reconciliar al hombre que la había castigado con el hombre que la cuidaba. Eran el mismo. Esa era la parte más difícil de entender.
Emilia se recostó. Él siguió acariciándole el cabello hasta que la respiración se le hizo profunda y regular. Antes de dormirse, sintió que él le acomodaba la cobija sobre los hombros y le decía algo en voz tan baja que las palabras se perdieron en la frontera del sueño.
No supo qué dijo. Pero el tono era el mismo con el que decía su nombre en Año Nuevo — ronco, denso, como si cada sílaba le costara algo que pagaba con gusto.
Sebastián se quedó sentado junto a su cama hasta que la luz del amanecer empezó a filtrarse por las cortinas. No durmió. No se movió. La miró dormir con la misma atención con que ella tallaba sus piezas más valiosas — como si fuera algo frágil que alguien le había confiado y que no pensaba dejar caer.
En la mesa de la sala, la regla de madera descansaba junto al vaso de agua vacío. Mañana Emilia la encontraría ahí, la tomaría entre las manos, y pasaría el dedo por la superficie lisa como había hecho con la gubia Pfeil la primera vez — reconociendo la calidad del trabajo, la intención del instrumento, y algo más que no estaba lista para nombrar.