¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.
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Capitulo 5
Leyla
Presente, Domingo después de la gala:
No dormí.
No fue el insomnio romántico de quien da vueltas en la cama pensando en algo hermoso. Fue una vigilia física, terca, con los ojos abiertos en el techo y la mente corriendo en círculos que no llevaban a ningún lado pero que tampoco se detenían. A las cinco y cuarenta de la mañana me rendí, me levanté, y fui al estudio.
El lápiz estuvo en mi mano durante cuarenta minutos sin que yo lo usara para nada útil.
Tenía trabajo pendiente: los bocetos para la presentación de fin de semestre, tres ideas que la semana pasada me habían parecido sólidas y que ahora, en la luz grisácea de la madrugada, se veían exactamente como lo que eran: líneas sin terminar en un papel que me miraba con más claridad que yo a él. Lo intenté. Tracé el inicio de una forma, la borré. Tracé otra. La dejé a medias. Apoyé la cabeza en la mano y miré el papel en blanco como si fuera a hacer algo por iniciativa propia.
Lorenzo.
Lo aparté. Volví al lápiz. Tracé una línea diagonal que no correspondía a ninguno de mis proyectos.
Así estuve hasta que escuché la puerta.
Allen no llamó, lo cual era completamente predecible porque Allen nunca llamaba cuando la puerta no estaba con llave, y yo nunca ponía llave cuando sabía que ella podía aparecer. Entró con dos tazas de café —el bueno, del que compraba en la tienda italiana del barrio y no en la máquina de la facultad—, me evaluó durante aproximadamente dos segundos con esa mirada suya que no necesitaba más tiempo que ese, y dejó una taza frente a mí sin decir nada todavía.
Eso fue lo que me alertó. Allen siempre decía algo.
Se sentó frente a mí, cruzó las piernas, y bebió de su propia taza con una calma que no era su calma habitual sino la calma deliberada de alguien que está guardando las palabras para usarlas en el momento correcto.
—El papel está en blanco —dijo al fin.
—Lo sé.
—Llevas aquí desde las cinco. He visto la luz.
—¿Me estás vigilando?
—Te estoy conociendo desde hace seis años, que no es lo mismo pero se parece. —Apoyó la taza en la mesa, inclinó levemente la cabeza—. ¿Qué pasó anoche?
No era una pregunta casual. Allen no hacía preguntas casuales; hacía preguntas calculadas con una envoltura de casualidad que a mí ya no me engañaba desde hacía tiempo. Pero el problema con las preguntas bien construidas es que a veces uno las responde igual, no porque te hayan atrapado sino porque la respuesta lleva demasiado tiempo esperando salir.
—Un hombre me acorraló en el pasillo exterior —dije.
Allen no dijo nada. Esperó.
—Santaella. Manuel Santaella. Propietario de algo, no recuerdo qué. Cuarenta y tantos años, traje caro, la clase de hombre que sonríe de una manera que te hace querer alejarte sin saber todavía por qué. —Hice una pausa. El café estaba caliente y lo agradecí—. Me agarró del brazo cuando intenté irme. No me soltaba.
—¿Beto...?
—Beto había ido a buscar a mi madre. Llegó tarde.
Allen asintió. No hizo el gesto de quien procesa información con sorpresa sino el de quien confirma algo que ya había calculado que podía pasar cuando Leyla va sola a un lugar lleno de hombres con demasiado dinero y demasiada costumbre de salirse con la suya.
—¿Y entonces? —dijo.
Aquí fue donde me detuve un segundo.
—Alguien intervino —dije. Y luego, porque decirlo así era técnicamente correcto pero no era toda la verdad: — Un hombre que estaba cerca. Lo vio, se acercó, le dijo que me soltara. Y lo soltó.
—¿Un hombre?
—Sí.
—¿Y ese hombre tiene nombre?
Ahí estaba. La pregunta que Allen había estado construyendo desde que entró por la puerta.
—Lorenzo —dije. Y oír ese nombre en mi propia voz, en la luz de mi estudio, sin el ruido de la gala alrededor, tuvo un peso diferente al que esperaba. Más concreto. Más real, de alguna manera—. Lorenzo.
Allen no reaccionó de inmediato, lo cual era señal de que la reacción iba a ser considerada.
—Cuéntame —dijo.
Y le conté. Más de lo que había planeado, que era exactamente lo que siempre ocurría con Allen: uno se sentaba a darle un resumen y terminaba dándole el relato completo porque ella escuchaba de una manera que hacía que callarse se sintiera como un esfuerzo innecesario. Le conté el pasillo, le conté la manera en que Santaella me agarró el brazo, le conté la voz de Lorenzo antes de que yo supiera que estaba ahí. Le conté los ojos —azul pálido, casi transparente, sobre el borde del antifaz— y la manera en que se había alejado después, sin esperar nada, sin pedir nada. Le conté que había dicho su nombre con algo parecido a duda antes de decirlo.
Cuando terminé, Allen tenía la taza vacía y una expresión que yo no supe clasificar del todo: no era el entusiasmo que ponía cuando algo le parecía emocionante, ni el escepticismo que ponía cuando algo no le cuadraba. Era algo en el medio.
—¿Y no te dio ningún contacto? —dijo.
—No.
—¿Tú le diste alguno a él?
—No hubo tiempo. Llegó Beto, y él se fue. —Hice una pausa—. No fue una situación de intercambiar números, Allen. Fue una situación de "gracias por existir en el momento correcto".
—Sí —dijo Allen, lentamente, con ese tono que usaba cuando estaba siendo diplomática y los dos sabíamos que estaba siendo diplomática—. Claro.
—¿Qué?
—Nada. —Recogió su taza y se levantó para ir a dejarla en el escritorio del fondo—. Solo que describes cómo se movía, cómo olía, el color exacto de sus ojos, y luego me dices que fue "una situación de gracias por existir". —Se giró. Tenía esa media sonrisa que aparecía cuando consideraba que había ganado un punto pero no quería celebrarlo demasiado—. Es todo.
—Allen.
—Te dije que es todo.
No respondí. Ella volvió a sentarse, recogió su propia mochila del suelo, y empezó a buscar algo dentro con el desorden organizado que era su sistema habitual de archivo.
Fue entonces cuando entró Logan.
No llamó tampoco, porque era el mismo acuerdo tácito de siempre: si la puerta no tenía llave, se podía entrar. Lo había hecho otras veces, al principio parecía algo cohibido con esta costumbre nuestra, pero al final se adaptó, en tardes de trabajo o de no hacer nada en particular ambos venían a casa y pasamos el rato y cada vez más lo hacía con esa misma naturalidad suya que nunca terminaba de ser del todo relajada pero que tampoco era tensión. Era más bien la calma de alguien que siempre sabe dónde está antes de moverse.
—Buenos días —dijo.
Nos dijo cuando pasó junto a mi silla, dió una mirada rápida a ambas y un leve asentamiento de cabeza en tono de saludo, un gesto que tenía algo de costumbre y algo de verificación, como quien hace una ronda rápida para confirmar que todo está en su sitio. Se apoyó en el borde del escritorio del fondo y miró el papel vacío frente a mí con una ceja ligeramente levantada.
—¿Larga noche? —dijo.
—La gala —dijo Allen, antes de que yo pudiera responder.
—Ah. —Logan cogió la taza vacía de Allen sin preguntar, la examinó, y la dejó de nuevo—. ¿Y cómo estuvo?
—Leyla tuvo una aventura —dijo Allen.
—No fue una aventura —dije.
—Conoció a alguien —dijo Allen, con ese tono de presentar la información como si fuera un boletín de noticias—. Alguien que se llama Lorenzo.
El nombre cayó en el estudio con la ligereza con que Allen lanzaba casi todo: sin anuncio, sin énfasis, como si fuera un detalle más en la conversación.
Vi a Logan. No porque estuviera buscando una reacción, sino porque estaba mirando hacia ese lado cuando Allen habló.
Fue muy breve. Menos de un segundo. Algo en la línea de su mandíbula que se ajustó un milímetro, un instante en que el aire entre sus palabras y las siguientes fue medio latido más largo de lo habitual.
—¿Sí? —dijo. La voz completamente igual. La misma cadencia. Y luego, sin pausa real: —¿Quieren que vaya por más café? El de aquí se ha enfriado.
—No hace falta —dije.
—El mío sí está frío —dijo Allen, sin levantar la vista de su mochila.
Logan fue hacia la puerta. Antes de salir se detuvo un segundo, como si fuera a decir algo más, y luego no dijo nada y siguió. Sus pasos se alejaron por el pasillo.
Allen siguió buscando algo en la mochila. Pero sus ojos, cuando yo la miré, tenían esa calidad específica de la persona que acaba de anotar algo en un cuaderno que nadie más puede leer.
No dije nada. Ella tampoco.
Cuando Logan volvió con el café y con una conversación sobre la semana que empezaba y el trabajo que los tres teníamos pendiente, la mañana continuó con esa normalidad suya de siempre, y yo dejé que continuara, aunque algo en el fondo de mi cabeza seguía dando vueltas a algo que no sabía todavía cómo nombrar.
Veinte minutos después apareció mi madre.
Yessica no llamaba al estudio cuando tenía algo que decir que no admitía demora. Simplemente aparecía, con esa manera suya de ocupar el umbral de una puerta como si la puerta hubiera sido diseñada específicamente para enmarcarla.
—Leyla —dijo.
—Buenos días, señora —dijo Allen.
Mi madre hizo el gesto de reconocimiento que dedicaba a Allen, que era exactamente el mismo que le dedicaba a los muebles bien colocados: apreciación funcional, sin comentario. Luego me miró a mí.
—Tenemos una reunión el martes a las once.
—¿Qué reunión? —dije, porque no había ninguna reunión en mi agenda y mi agenda la mantenía yo.
—Con un representante del Corporativo Martínez. Empresa que se dedica a varios sectores, incluído la moda llevan años trabajando con diseñadores independientes en Italia y están buscando expandirse…
—¿Por qué yo?
—Porque te he estado mencionando en mis conversaciones con ella y — Hizo una breve pausa —Quiero que vengas.
—¿Para qué?
—Porque algún día tendrás que aprender cómo funcionan estas reuniones. —El tono era el de alguien que considera que eso responde suficientemente la pregunta— Arréglate bien.
—Mamá...
—No estoy preguntando.
Salió sin esperar respuesta, Así era todo lo que rodeaba a mi madre, negocios y preguntas que no admitían un no por respuesta, ella sola ha construido una empresa, una marca incluso después de la muerte de mi padre como “Yessica Gutiérrez” —el apellido de él, el cual ella nunca quiso soltar del todo, incluso aunque el mundo entero la conociera por el suyo propio en las revistas de moda. Nunca le pregunté por qué no lo cambió. Había preguntas que en mi casa se quedaban sin hacer, y esa era una de las más viejas
Yessica Smith solía hacer eso: presentaba la información, establecía los parámetros, acordaba reuniones, contratos y asumía que el mundo se ajustaría en consecuencia.
Allen me miró.
—¿Corporativo Martínez? —dijo.
—No sé nada de ellos —dije, que era verdad.
—¿Y vas a ir?
Recogí el lápiz que había estado inútil durante cuarenta minutos, lo dejé sobre la mesa, y me levanté.
—¿Tengo alternativa? —dije.
Allen me conocía suficiente como para saber que eso no era una pregunta.
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Lunes, dos días después de la gala:
El olor a café cargado y a pan tostado de la cafetería de la universidad solía ser mi refugio, el único lugar donde el zumbido de mis pensamientos se alineaba con el murmullo de los estudiantes. Pero esa tarde, el ruido de las tazas chocando contra los platos de cerámica me taladraba los oídos.
Apreté los dedos alrededor de mi taza, buscando el calor que el viento de la mañana me había arrebatado, aunque sabía que el frío que sentía no venía del clima. Venía de la piel de mis muñecas. Todavía podía sentir, como un eco invisible, la presión violenta de los dedos de Santaella. Si cerraba los ojos, regresaba al pasillo oscuro de la gala, al olor a alcohol de su aliento y al pánico helado que me había paralizado las piernas.
—Te vas a enfriar el café si sigues mirándolo como si fuera a revelarte el futuro —la voz de Allen me trajo de vuelta de golpe.
Parpadeé, forzando una sonrisa que se sintió acartonada en mis labios. Allen estaba sentada frente a mí, con los ojos fijos en la pantalla de su tableta mientras arrastraba un lápiz sobre su libreta. Lucía tan normal, tan metida en su mundo de líneas y vectores, que por un segundo sentí envidia. Una envidia punzante.
Ella no había tenido que pasar la noche en vela de nuevo, mirando el techo de su habitación, preguntándose qué habría pasado si un desconocido de antifaz negro no hubiera aparecido en ese pasillo.
—Solo estaba... pensando en la reunión de mañana —mentí, odiándome un poco por hacerlo. Allen y yo no nos ocultábamos las cosas, pero no quería preocuparla y decirle que lo que pasó en la gala me afectó más de lo que le conté
—Ya, claro. Y yo soy la reina de Inglaterra —Allen ni siquiera levantó la vista, pero su tono dejó claro que no se había tragado la mentira—. Tienes ojeras, Leyla. De las que se forman cuando pasas la noche huyendo de monstruos. Si en serio en por la reunión tranquila tus diseños son de lo mejor de la clase, y pronto del mundo.
—No es tanto eso —admití a medias, me levanté de la mesa con la excusa de ir al baño, necesitaba despejar un poco la mente, Allen solo hizo un gesto indicando que me había oído.
Me quedé ahí un momento, con la espalda contra la pared fría y la certeza vaga de que no tenía prisa real por regresar. Allen iba a preguntarme algo en cuanto me sentara. Allen siempre tenía una pregunta guardada.
No era eso lo que me detuvo.
Era el nombre. Santaella. Lo había repetido mentalmente más veces de las que quería admitir desde la noche de la gala, no con miedo exactamente sino con esa clase de incomodidad que se instala cuando algo no termina de resolverse. Lo había visto en el pasillo, había sentido su mano en mi brazo, junto al presentimiento que estaba en peligro y después se había ido como si nada. Como si ese tipo de cosas no tuvieran consecuencias para él.
Saqué el teléfono. Escribí su nombre en el buscador.
Los primeros resultados eran los de siempre para alguien con su perfil: artículos de negocios, menciones en revistas del sector inmobiliario, una entrevista de hacía tres años donde hablaba de expansión internacional con la confianza de quien nunca ha tenido razones para dudar de sí mismo. Fotos en eventos. Sonrisa de hombre acostumbrado a que lo fotografíen.
Seguí bajando.