Descripción
Maximiliano, un joven de 24 años, hereda la hacienda de su padre, Emiliano. Desde muy pequeño lo veía dirigir con firmeza y respeto a sus empleados, aprendiendo el valor del trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo. Ahora, convertido en el nuevo patrón, asume el reto de continuar el legado familiar. Lo que nunca imaginó fue que ese mismo lugar cambiaría su vida para siempre. Cuando una humilde campesina llega a trabajar a la hacienda, sus caminos se cruzan de una forma inesperada. Entre jornadas de campo, dificultades y sentimientos que crecen en silencio, ambos descubrirán que el amor puede florecer donde menos se espera.
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Capítulo 14: La última despedida
No recuerdo muy bien cómo transcurrió aquel día.
Después de recibir la noticia de la muerte de Isaías, sentía que todo ocurría muy deprisa y, al mismo tiempo, el tiempo parecía haberse detenido.
Esa noche fue el velorio.
Desde que llegué al lugar, el corazón me latía con fuerza. Había muchas personas del pueblo, vecinos, amigos y familiares que habían ido a acompañar a la familia Montoya. Todos hablaban en voz baja y recordaban a Isaías como un hombre trabajador, noble y respetuoso.
Yo caminaba lentamente.
Cada paso me costaba.
Cuando vi a don Samuel y a doña Elena, sentí un profundo dolor por ellos. Habían perdido a su hijo y ningún padre debería pasar por algo así.
Me acerqué primero a doña Elena.
La abracé con todas mis fuerzas.
Ella también me abrazó.
Ninguna de las dos fue capaz de decir muchas palabras.
Las lágrimas hablaban por nosotras.
Después saludé a don Samuel, quien me tomó de las manos.
—Gracias por venir, hija.
Solo pude responder con un pequeño movimiento de cabeza.
No encontraba la voz.
Durante toda la noche permanecí sentada en silencio.
Miraba la fotografía de Isaías que habían colocado junto a las flores y no podía creer que ya no volvería a verlo sonreír.
En mi corazón repetía una y otra vez:
"Amor... ¿por qué te fuiste?"
Recordaba la tarde en que me prometió que, al cumplir cuatro años de novios, me pediría matrimonio.
Todavía podía escuchar su voz diciéndome que quería construir una casa para los dos y formar una familia.
Apoyé una mano sobre mi vientre.
Las lágrimas volvieron a aparecer.
"¿Cómo cuidaré de nuestro bebé sin ti?", pensaba en silencio.
No había encontrado el valor para contarle que iba a ser papá.
Ese pensamiento me acompañó durante toda la noche.
Quería creer que, de alguna manera, él siempre estaría presente en la vida de nuestro hijo.
Al amanecer llegó el momento del entierro.
El ambiente era muy silencioso.
Muchas personas acompañaban a la familia Montoya durante el recorrido.
Yo respiré profundamente antes de comenzar a caminar.
Me repetía una y otra vez que debía mantener la calma.
No solo por mí.
También por doña Elena.
Ella estaba viviendo uno de los momentos más difíciles de su vida.
Mientras avanzábamos, observé a mi hermana Selene.
Ella permanecía al lado de Nicolás.
Los dos caminaban tomados de la mano.
En algunos momentos Selene lo abrazaba para darle fuerzas, y Nicolás apoyaba la cabeza sobre el hombro de ella intentando contener las lágrimas.
Verlos así me hizo comprender que el dolor no era solo mío.
Toda la familia Montoya estaba sufriendo una pérdida enorme.
Cuando llegamos al cementerio, el silencio era absoluto.
Cada persona llevaba su propio recuerdo de Isaías en el corazón.
Yo cerré los ojos unos segundos.
Respiré lentamente.
Pensé en nuestras cabalgatas, en nuestras conversaciones junto al río, en la rosa que me regaló y en todas las veces que me llamó "mi reina".
Esos recuerdos me dieron un poco de fortaleza.
Miré nuevamente a doña Elena.
Ella estaba acompañada por don Samuel y por Nicolás.
Me acerqué despacio y tomé una de sus manos.
Ella la apretó con cariño.
No hizo falta decir nada.
A veces un abrazo o una mano tomada pueden expresar más que muchas palabras.
Mientras permanecía allí, comprendí que Isaías había dejado una huella muy profunda en la vida de todos los que lo conocieron.
Era imposible no extrañarlo.
Sentía un vacío inmenso en el pecho, pero también sabía que él habría querido que quienes lo amaban permanecieran unidos.
Volví a acariciar mi vientre con discreción.
Dentro de mí crecía una nueva vida.
Esa pequeña esperanza me recordó que, aunque el dolor fuera muy grande, debía seguir adelante.
No sería un camino fácil.
Habría días en los que las lágrimas volverían sin avisar y momentos en los que lo extrañaría más que nunca.
Sin embargo, también sabía que siempre podría contarle a nuestro hijo quién fue su padre.
Le hablaría del hombre trabajador que amaba el campo, de su sonrisa, de su bondad y de los sueños que tenía para el futuro.
Antes de regresar a casa levanté la mirada hacia el cielo de Antioquia.
En silencio, hice una promesa.
Nunca permitiría que el recuerdo de Isaías desapareciera.
Mientras yo viviera y mientras nuestro hijo creciera, su nombre seguiría presente en nuestro hogar y en nuestros corazones, porque el amor verdadero no termina con una despedida; permanece para siempre en la memoria de quienes lo llevaron en el alma.