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El Mercader De Los Recuerdos

El Mercader De Los Recuerdos

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Mundo mágico / Aventura
Popularitas:387
Nilai: 5
nombre de autor: Susiluu_

En un mundo donde los recuerdos pueden venderse, Kael Arden trabaja comprando aquellos que otros están dispuestos a olvidar para siempre. Pero cada vez que revive un recuerdo, también siente el amor, la alegría, el miedo o el dolor de quien lo vivió.

Todo cambia cuando adquiere un recuerdo imposible: el asesinato de un hombre... diez días antes de que ocurra.

Mientras intenta impedir ese futuro, Kael conocerá a Lyra, una joven incapaz de olvidar un solo instante de su vida. Juntos descubrirán que algunos recuerdos no pertenecen al pasado, sino al futuro, y que hay quienes están dispuestos a cambiar el destino a cualquier precio.

Porque hay recuerdos que pueden salvar una vida... y otros que pueden condenar al mundo.

NovelToon tiene autorización de Susiluu_ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: La niña que nunca olvidaba

««Hay recuerdos que el tiempo borra. Otros permanecen porque alguien se niega a soltarlos.»

— Fragmento del Libro de los Mercaderes, Volumen VII»

La lluvia cesó poco antes del amanecer.

El Archivo Central despertó envuelto en un extraño silencio, como si incluso los viejos muros de piedra hubieran comprendido que algo había cambiado la tarde anterior.

Kael apenas había dormido.

Tres horas.

Quizá menos.

Desde que abandonó el despacho de Elias, la frase no había dejado de repetirse en su cabeza.

"Alguien está creando recuerdos que todavía no han ocurrido."

Era imposible.

Toda la ciencia de la memoria se sostenía sobre una verdad inquebrantable.

Los recuerdos nacían de la experiencia.

Primero se vivían.

Después podían extraerse.

Nunca al revés.

Si esa ley dejaba de ser cierta, todo el sistema sobre el que se había construido la sociedad perdería sentido.

Las compañías de seguros de memoria.

Los archivos nacionales.

Los mercaderes.

Incluso los tribunales, que aceptaban recuerdos como prueba judicial.

Todo podía derrumbarse.

Kael salió de su pequeño apartamento con una sensación de vacío que no conseguía explicar.

Vivía a apenas quince minutos del Archivo, en una calle tranquila donde los vecinos se saludaban por su nombre y las panaderas conocían el pan favorito de cada cliente.

Le gustaba aquel barrio porque parecía detenido en el tiempo.

No había grandes anuncios luminosos.

Ni edificios de cristal.

Solo fachadas antiguas, balcones llenos de flores y cafeterías donde el café seguía preparándose como hacía cincuenta años.

Al pasar frente a la floristería de la señora Amelie, la campanilla de la puerta sonó.

—¡Kael!

Él sonrió.

La anciana ya estaba colocando las macetas en la entrada.

—Buenos días.

—Eso dependerá de ti.

Ella lo observó unos segundos.

Frunció el ceño.

—Has vuelto a dormir poco.

—¿Cómo lo sabe?

Amelie soltó una pequeña risa.

—Los ojos cansados siempre miran el suelo.

Los felices miran a las personas.

Kael bajó la vista sin darse cuenta.

La mujer tenía razón.

Otra vez.

—Es trabajo.

—Siempre dices lo mismo.

La anciana desapareció unos segundos dentro de la tienda y regresó con una pequeña margarita blanca.

La colocó en el bolsillo de la chaqueta de Kael.

—¿Y esto?

—Las personas demasiado serias necesitan flores más que nadie.

Él soltó una carcajada.

—No puedo ir así al Archivo.

—Claro que puedes.

Si alguien protesta, dile que fue culpa de una anciana muy testaruda.

Kael negó con la cabeza mientras continuaba caminando.

Aquella mujer tenía la extraña habilidad de mejorar el día de cualquiera.

Y nunca pedía nada a cambio.

Cuando llegó al parque donde descansaba la tumba de su madre, se detuvo.

Era una costumbre.

Todos los lunes dejaba flores.

Todos.

Incluso cuando llovía.

Incluso cuando estaba enfermo.

Incluso cuando no tenía tiempo.

Sacó la margarita del bolsillo.

La observó unos segundos.

Después la dejó sobre la lápida junto al ramo de flores frescas.

—Seguro que a ti te habría gustado.

Permaneció unos instantes en silencio.

A veces hablaba.

Otras simplemente se sentaba.

Aquella mañana no encontró las palabras.

Solo permaneció allí.

Hasta que una voz infantil rompió el silencio.

—¿Era tu mamá?

Kael giró la cabeza.

Una niña de unos ocho años lo observaba desde el camino de piedra.

Llevaba un impermeable amarillo demasiado grande para ella y sostenía un paraguas azul decorado con pequeñas estrellas.

A su lado había un hombre joven.

Probablemente su padre.

—Sí.

La niña caminó despacio hasta la tumba.

Leyó el nombre grabado.

Luego volvió a mirar a Kael.

—La mía también está aquí.

Señaló unos metros más allá.

Había otra lápida.

Mucho más sencilla.

Cubierta de pequeñas figuras de papel.

Grullas.

Barcos.

Mariposas.

Todas hechas a mano.

El padre sonrió con timidez.

—Perdone si la ha molestado.

Ella siempre habla con todo el mundo.

—No me molesta.

La niña dio un pequeño paso hacia Kael.

—¿La echas mucho de menos?

Él dudó.

—Todos los días.

La niña asintió con una naturalidad que resultaba desconcertante.

—Yo también.

Hubo un breve silencio.

Después preguntó:

—¿Todavía recuerdas su voz?

Aquella pregunta golpeó a Kael con más fuerza que cualquier otra.

Intentó responder.

No pudo.

Porque la verdad era demasiado dolorosa.

No.

No la recordaba.

Ni una sola palabra.

La niña sonrió con tristeza.

—Yo sí.

Mi mamá me cantaba una canción antes de dormir.

Todavía puedo escucharla.

Cada noche.

El padre apartó la mirada.

Kael percibió el brillo de unas lágrimas que el hombre intentaba ocultar.

La niña, sin embargo, parecía tranquila.

No había resignación en ella.

Solo una sinceridad desarmante.

—¿Sabes?

—¿Qué?

—La gente dice que el tiempo cura.

Pero no es verdad.

Lo que hace es enseñarte a vivir con las heridas.

Kael la observó sorprendido.

No esperaba escuchar una frase así de alguien tan pequeño.

—¿Quién te dijo eso?

La niña sonrió.

—Mi mamá.

Antes de ponerse enferma.

Durante unos segundos, ninguno de los tres habló.

Finalmente el padre rompió el silencio.

—Tenemos que irnos, Lucía.

Ella hizo un gesto de resignación.

Antes de marcharse, miró una vez más a Kael.

—Adiós, señor.

Y...

No dejes de venir.

Aunque ya no puedas recordar su voz.

Ella seguirá sabiendo que estuviste aquí.

Kael observó cómo se alejaban.

Cuando desaparecieron al final del sendero, permaneció inmóvil.

Algo en aquella conversación le había resultado extraño.

No sabía exactamente qué.

Solo una sensación.

Como una pieza de un rompecabezas que todavía no encontraba su sitio.

...

Media hora después llegó al Archivo.

Nada más cruzar la puerta principal, Marcus, el guardia de seguridad, levantó la mano.

—El director lleva buscándote desde primera hora.

—¿Ha pasado algo?

Marcus dudó.

—Ha llegado una chica.

Dice que necesita hablar contigo.

Solo contigo.

Kael dejó el abrigo sobre el perchero.

—¿Quién es?

—No lo sabemos.

No quiso decir su nombre.

Solo repite que tú eres el único mercader que puede ayudarla.

Kael frunció ligeramente el ceño.

Aquello era poco habitual.

Los clientes no elegían a un mercader concreto.

Era el Archivo quien asignaba cada caso.

Subió las escaleras hasta la sala de recepción.

Elias ya lo esperaba junto a la ventana.

—Has tardado.

—Buenos días para usted también.

El anciano no sonrió.

—La joven lleva aquí casi una hora.

No ha querido hablar con nadie.

Solo hace una cosa.

—¿Cuál?

Elias señaló la puerta entreabierta.

—Esperarte.

Kael respiró hondo.

Empujó lentamente la puerta.

La muchacha estaba sentada de espaldas.

Cabello castaño.

Recogido en una trenza sencilla.

Vestía un abrigo color crema y sostenía un cuaderno de tapas azules contra el pecho.

Al escuchar la puerta, levantó la cabeza.

Sus ojos color miel se encontraron con los de Kael.

Y antes de que él pudiera decir una sola palabra...

Ella habló con una tranquilidad inquietante.

—Llegas siete minutos tarde.

Exactamente igual que el lunes pasado.

Y el anterior.

Y hace tres semanas.

Kael se quedó inmóvil.

No recordaba haber visto nunca a aquella joven.

Pero ella...

Parecía conocerlo perfectamente.

Kael permaneció inmóvil junto a la puerta.

La joven no apartó la mirada de él.

Había algo desconcertante en sus ojos. No era únicamente el color miel que reflejaba la luz de la mañana, sino la forma en que observaban. No parecía estar mirándolo por primera vez. Era la mirada de alguien que ya había visto aquel instante cientos de veces.

—Creo que me confundes con otra persona —dijo Kael al fin.

Ella negó despacio.

—No. Nunca confundo una cara.

Su voz era tranquila, casi suave, pero transmitía una seguridad absoluta.

—Te llamas Kael Arden. Tienes veinticinco años. Llegaste al Archivo con doce. Bebes el café sin azúcar porque dices que el amargor ayuda a mantener la mente despierta, aunque en realidad solo es una costumbre que copiaste de Elias.

Kael sintió un escalofrío.

Solo unas pocas personas conocían esos detalles.

Elias, por ejemplo.

Pero aquella chica...

No podía conocerlos.

—¿Quién eres?

Ella tardó unos segundos en responder.

Como si estuviera decidiendo cuánto debía contar.

—Lyra.

Solo Lyra.

—¿Y cómo sabes todo eso?

Una sombra de cansancio cruzó su rostro.

—Porque nunca olvido nada.

Absolutamente nada.

El silencio volvió a instalarse entre ellos.

Kael creyó que exageraba.

Hasta que vio el cuaderno que sostenía entre las manos.

Estaba completamente lleno de anotaciones.

Fechas.

Horas.

Nombres.

Pequeños dibujos.

Miles de páginas cuidadosamente organizadas.

Ella notó su mirada.

—No escribo para recordar.

Escribo porque mi cabeza ya no puede guardar más.

Kael dio un paso hacia la mesa.

—¿Qué necesitas?

Lyra apoyó el cuaderno con cuidado.

Por primera vez, su expresión perdió aquella serenidad.

—Quiero vender un recuerdo.

Kael señaló una de las sillas.

—Entonces has venido al lugar adecuado.

Ella no se sentó.

—No me has dejado terminar.

Respiró profundamente.

—Quiero vender mi primer recuerdo.

Kael frunció el ceño.

—Eso no es posible.

El primer recuerdo forma parte del núcleo de identidad.

La ley prohíbe extraerlo.

—Lo sé.

—Entonces...

—Pero necesito hacerlo.

Sus palabras no sonaron desesperadas.

Sonaron agotadas.

Como si hubiera repetido esa misma conversación demasiadas veces.

Kael tomó asiento lentamente.

—Explícamelo.

Lyra observó durante unos instantes la lluvia que volvía a comenzar detrás del ventanal.

—Cuando tenía cuatro años vi morir a mi madre.

No fue una enfermedad.

Fue un accidente.

Su voz seguía siendo firme.

Pero sus dedos empezaron a apretar con fuerza el cuaderno.

—Todos dicen que el tiempo ayuda.

Que el dolor cambia.

Que los recuerdos se vuelven más suaves.

Sonrió con tristeza.

—En mi caso no.

Cada mañana despierto exactamente con la misma imagen.

El mismo olor.

La misma temperatura.

Las mismas palabras.

Como si hubiera ocurrido hace cinco minutos.

Kael comenzó a comprender.

—Hipermnesia.

Ella asintió.

—Los médicos la llaman Hipermnesia Absoluta.

Yo la llamo cárcel.

No olvido nada.

Ni una conversación.

Ni una discusión.

Ni una promesa.

Ni un error.

Cada instante de mi vida sigue aquí.

Se llevó un dedo a la sien.

—Todo.

Al mismo tiempo.

Kael había leído sobre aquella condición.

Era extremadamente rara.

Las personas con hipermnesia recordaban prácticamente cada día de su vida con una precisión extraordinaria.

Muchos la consideraban un don.

Los especialistas sabían que, en la mayoría de los casos, era una condena.

—¿Por qué has venido precisamente al Archivo?

Lyra levantó lentamente la mirada.

—Porque ayer escuché algo.

—¿Qué cosa?

Ella dudó.

—Un rumor.

Dicen que uno de los mercaderes ha encontrado un recuerdo que pertenece al futuro.

El corazón de Kael dio un vuelco.

Nadie debería conocer aquello.

Solo Elias.

Él mismo.

Y tres archivistas.

—¿Quién te habló de eso?

—Nadie.

Lo leí.

Kael frunció el ceño.

—¿Dónde?

Lyra abrió su cuaderno.

Pasó varias páginas llenas de notas hasta detenerse en una hoja donde había copiado un pequeño párrafo.

No tenía firma.

Ni fecha.

Solo una frase.

"Cuando el mañana pueda recordarse, el pasado dejará de ser seguro."

Kael sintió que la respiración se le detenía.

Aquella frase...

No pertenecía a ningún libro publicado.

La había visto una única vez.

Grabada en la puerta metálica del Nivel Cuatro.

El acceso restringido del Archivo.

Jamás había hablado de ello con nadie.

—¿De dónde has sacado esto?

Lyra cerró el cuaderno.

—Eso da igual.

Lo importante es que es verdad.

¿Verdad?

Kael no respondió.

Porque si contestaba, estaría rompiendo todas las normas del Archivo.

Si mentía...

Aquella muchacha lo descubriría.

Ella parecía leer cada uno de sus silencios.

—Lo sabía.

Se levantó despacio.

—Existe un recuerdo del futuro.

Y tú lo has visto.

Kael también se puso en pie.

—Escúchame.

No sé quién eres realmente.

Ni cómo conoces esas frases.

Pero esto es peligroso.

Más de lo que imaginas.

Lyra sonrió por primera vez.

Era una sonrisa pequeña.

Cansada.

Como si llevara años esperando escuchar exactamente esas palabras.

—No.

Respondió con calma.

—Tú aún no entiendes lo peligroso que es.

Sacó del bolsillo de su abrigo una fotografía antigua.

La dejó sobre la mesa.

Kael la tomó entre sus manos.

En ella aparecía un grupo de personas delante del Archivo Central.

Reconoció inmediatamente a un joven Elias.

También a varios mercaderes cuyos retratos colgaban en los pasillos.

Entonces su mirada se detuvo en un niño.

No tendría más de tres años.

Cabello negro.

Ojos grises.

Era él.

Pero jamás había visto aquella fotografía.

Antes de que pudiera preguntar nada, Lyra habló.

—La foto fue tomada hace veintidós años.

Tres días después...

Todos los adultos que aparecen en ella desaparecieron.

Menos uno.

Kael levantó lentamente la cabeza.

—¿Quién?

Lyra sostuvo su mirada sin pestañear.

—Elias Voss.

Un silencio espeso cayó sobre la sala.

Kael sintió cómo el suelo parecía desaparecer bajo sus pies.

No podía ser.

Elias le había contado muchas cosas sobre el Archivo.

Sobre su infancia.

Sobre su formación.

Pero nunca...

Nunca había mencionado a esas personas.

Ni aquella fotografía.

Ni aquella desaparición.

Lyra dio un paso hacia la puerta.

Antes de marcharse, se volvió una última vez.

—Si quieres descubrir quién eres realmente...

No empieces investigando el recuerdo del futuro.

Empieza investigando al hombre que te crió.

La puerta se cerró lentamente.

Kael permaneció inmóvil con la fotografía entre las manos.

Y por primera vez desde que llegó al Archivo siendo un niño...

Sintió miedo de conocer la verdad sobre su propio pasado.

1
Cliente anónimo
No esperaba un primer capítulo que fuese de novela ni un comienzo que rompiese tanto como la venta del recuerdo de su hijo volviendo a caminar. Tiene muchísimo calibre
Mimiko
Sin duda es de las obras más intrigantes y elaboradas que se puedan encontrar
Cliente anónimo
dejo mi comentario aqui para volver. me ha interesado mucho el prologo jeje
Neery!
esta me la apunto para leerla detenidamente, pinta para largo 🤯
Seku: Cómo de larga? Sería un desperdicio que se quedase corta. Podría ser hasta de trilogía! Me encanta el título, es súper original.
total 2 replies
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