Mauricio y Celine no tuvieron el mejor comienzo, así que les tocará a ellos vencer los obstáculos que el destino les ha puesto para determinar que final quieren para su matrimonio. intrigas, secretos, envidias y más
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CAPÍTULO 9: El caballero de armadura que necesitaba
Los cambios no siempre llegan haciendo ruido.
A veces aparecen en pequeños detalles.
En una conversación más larga de lo habitual.
En una sonrisa inesperada.
En una preocupación que no debería existir.
Y precisamente eso era lo que estaba ocurriendo entre Mauricio y Celina.
Ninguno lo admitía.
Ninguno lo entendía del todo.
Pero algo estaba cambiando.
Dos días después del incidente con Inés, Mauricio se encontraba revisando unos informes en su despacho cuando escuchó voces elevadas provenientes del vestíbulo principal.
Frunció el ceño.
La mansión rara vez era ruidosa.
Se levantó de inmediato.
Al llegar al corredor principal encontró a Elena visiblemente nerviosa.
—¿Qué ocurre?
La mujer pareció aliviada al verlo.
—Señor Mauricio...
—¿Qué pasa?
—El señor Eduardo Montenegro está aquí.
Mauricio se tensó.
—¿Y?
—Está discutiendo con la señora Celina.
Sin esperar más explicaciones, caminó hacia la sala principal.
Y lo que encontró lo hizo enfurecer.
Eduardo Montenegro estaba de pie frente a su hija.
Su voz resonaba por toda la habitación.
—¡Te comportaste como una malcriada delante de tu hermana!
Celina permanecía inmóvil.
Las manos apretadas.
La mirada baja.
Exactamente igual que alguien acostumbrado a recibir ataques sin defenderse.
—Papá...
—¡No me contradigas!
El grito hizo que varios empleados se sobresaltaran.
Mauricio observó la escena apenas unos segundos.
Y comprendió algo que nunca había visto antes.
Celina no tenía miedo de discutir.
Tenía miedo de él.
De su padre.
—Viniste hasta aquí para decirme eso —preguntó ella.
—Vine porque Inés está destrozada.
Aquello hizo que Mauricio soltara una risa incrédula.
Los dos se giraron.
Eduardo pareció sorprendido.
—Señor DoCampo.
—Montenegro.
El ambiente se volvió más frío de inmediato.
—Esto es un asunto familiar.
—Ahora ella es mi familia.
La frase salió antes de que Mauricio pudiera analizarla.
Y el silencio que siguió fue absoluto.
Celina levantó lentamente la cabeza.
Lo miró.
Sorprendida.
Porque nadie.
Jamás.
La había defendido de aquella manera.
Eduardo se recompuso rápidamente.
—Solo intento hablar con mi hija.
—¿Gritándole?
—Eso no le concierne.
Mauricio dio un paso adelante.
—Creo que está equivocado — dijo con una voz firme que hacía temblar — Primeramente , porque le gritas a mi esposa y segundo porque mientras ocurra en mi casa, sí me concierne.
Los dos hombres se observaron fijamente.
Como dos rivales midiendo fuerzas.
—No quiero problemas —dijo finalmente Eduardo.
—Entonces no los provoque.
La respuesta fue clara.
Directa.
Inapelable.
Por primera vez en años, Eduardo Montenegro se quedó sin palabras.
Minutos después abandonó la mansión.
Furioso.
Humillado.
Y decidido a no olvidar aquella afrenta.
Cuando el automóvil desapareció por la entrada principal, Celina seguía inmóvil.
Como si aún intentara procesar lo ocurrido.
—¿Estás bien?
La pregunta de Mauricio fue suave.
Mucho más suave de lo habitual.
Ella tardó en responder.
—Sí.
—No pareces estarlo.
—Estoy bien.
—Celina.
Aquella voz hizo que las defensas que había levantado toda su vida comenzaran a resquebrajarse.
—Gracias.
Mauricio parpadeó.
—¿Por qué?
Ella soltó una pequeña risa triste.
—Porque nadie me había defendido antes.
La sinceridad de aquellas palabras lo golpeó más de lo que esperaba.
Porque no sonaban exageradas.
Sonaban verdaderas.
Dolorosamente verdaderas.
Esa noche cenaron solos.
Por primera vez la conversación fluyó sin esfuerzo.
Hablaron de cosas simples.
Libros.
Películas.
Viajes.
Incluso descubrieron que ambos disfrutaban de las tormentas.
—Eso es extraño —dijo Mauricio.
—¿Por qué?
—La mayoría de las personas las odia.
—A mí me gustan.
—A mí también.
Celina sonrió.
—Primera coincidencia importante.
—Segunda.
—¿Cuál fue la primera?
Mauricio tomó un sorbo de vino.
—Ninguno quería casarse.
Ella soltó una carcajada.
Una carcajada auténtica.
Y el sonido sorprendió a ambos.
Porque era la primera vez que reían juntos.
Sin embargo, mientras algo comenzaba a florecer entre ellos, en otra parte de la ciudad alguien planeaba destruirlo.
Inés estaba sentada en su habitación.
Furiosa.
Escuchando las quejas de su padre.
—Ese hombre me faltó al respeto.
—Lo sé.
—Delante de todos.
Inés apenas escuchaba.
Su mente estaba ocupada en otra cosa.
En Mauricio.
Y en la forma en que había defendido a Celina.
No había sido una obligación.
No había sido cortesía.
Había sido instinto.
Y eso era lo peligroso.
Porque los sentimientos comenzaban precisamente así.
—Inés.
La voz de Verónica la sacó de sus pensamientos.
—¿Qué?
—Necesitamos hacer algo.
Una sonrisa lenta apareció en el rostro de la joven.
—Ya lo estoy haciendo.
A la mañana siguiente, Mauricio recibió un sobre sin remitente.
Lo encontró sobre su escritorio.
Pensó que sería algún documento empresarial.
Pero al abrirlo, su expresión cambió.
Dentro había varias fotografías.
Fotografías de Celina.
Algunas recientes.
Otras antiguas.
Y una nota.
Solo una línea escrita.
"¿Estás seguro de que conoces a tu esposa?"
El corazón de Mauricio se aceleró.
Volvió a mirar las imágenes.
Entonces encontró algo extraño.
En una de las fotografías antiguas aparecía una niña pequeña.
Celina.
Tendría unos cinco años.
Estaba tomada de la mano de una mujer.
Una mujer desconocida.
Pero no era eso lo inquietante.
Lo inquietante era el hombre que aparecía detrás de ellas.
Observándolas.
Sonriendo.
Mauricio conocía perfectamente ese rostro.
Porque había visto cientos de fotografías de él durante toda su vida.
Era Don Augusto DoCampo.
Treinta años más joven.
Y parecía conocer muy bien a la madre de Celina.
Mauricio apretó la fotografía.
Porque aquello significaba una sola cosa.
Su abuelo había mentido.
Y la razón de aquella boda era mucho más personal de lo que todos habían creído.