En un mundo salvaje donde las hembras son escasas, codiciadas y acumulan harenes de múltiples esposos para asegurar la supervivencia de la especie, Lin Mei (la antigua "hembra perezosa y fea") toca fondo tras intentar forzar al guerrero oso Boran a amarla. Al borde de la muerte tras un intento de suicidio, su cuerpo es ocupado por Mei, una brillante estudiante de agronomía y medicina alternativa del mundo moderno.
Decidida a no ser el juguete ni el parásito de nadie, Mei revoluciona la Tribu de la Roca con conocimientos de higiene, agricultura y costura. Su transformación física y mental la convierte en la hembra más hermosa y deseada del continente. Mientras rechaza los lamentos del arrepentido Boran, Mei desafía las leyes del mundo de las bestias al entregar su corazón a uno solo: Kaelen, el imponente y devoto líder de los leones, demostrando que en un mundo de poligamia, el verdadero poder radica en elegir a quién amar.
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CAPITULO 12
El viento del norte ya no soplaba en ráfagas intermitentes; ahora era un silbido continuo, un lamento constante que bajaba de las cumbres heladas despojando a los árboles de sus últimas hojas secas. La hierba del claro amanecía cubierta por una fina capa de escarcha blanca que crujía bajo cualquier peso. El invierno no estaba tocando a la puerta; ya había cruzado el umbral.
Dentro de la cueva, sin embargo, el ambiente era radicalmente distinto. El fogón de Mei, contenido de manera eficiente por un anillo de piedras de río que ella misma había acomodado para retener el calor, irradiaba un color anaranjado y constante. Las tiras de corteza de sauce blanco ya estaban completamente secas, alineadas sobre una repisa de piedra alta, listas para el momento en que las fiebres estacionales hicieran su aparición en la aldea.
Mei se encontraba sentada sobre su lecho de helechos aromáticos, con las piernas extendidas hacia adelante. Tras días de un trabajo monótono, extenuante y que había dejado sus dedos de porcelana ligeramente adoloridos, finalmente había acumulado suficiente hilo de ortiga gigante. Las bobinas de madera, repletas de un hilo blanco hueso, uniforme y asombrosamente resistente, descansaban en un cuenco a su lado.
—Llegó el momento de la verdad —murmuró Mei para sí misma, ajustando una correa de cuero grueso alrededor de su propia cintura.
En lugar de construir un telar de marco vertical grande, que habría requerido demasiada madera y espacio dentro de la cueva, Mei había optado por la ingeniería textil más eficiente y antigua de la humanidad: el telar de cintura.
El mecanismo era de una simplicidad brillante. Había fijado el extremo lejano de los hilos de la urdimbre a un tronco liso y cilíndrico que empotró con fuerza en una grieta natural de la pared de la cueva. El otro extremo de los hilos estaba atado a una vara de madera que se conectaba directamente a la correa de su cintura. De este modo, el propio cuerpo de Mei actuaba como el marco del telar; al inclinarse hacia atrás, tensionaba los hilos con su peso, y al inclinarse hacia adelante, relajaba la tensión para permitir el paso de la trama.
Usando una liana delgada y pulida como lizo para separar los hilos pares de los impares, Mei tomó su primera lanzadera de madera cargada con el hilo transversal.
Clac. Clac. Deslizar. Ajustar.
El sonido rítmico y seco de la madera comenzó a llenar la cueva. Mei se inclinaba hacia atrás, tensando la urdimbre, pasaba la lanzadera con la mano derecha, cambiaba la posición del lizo con la izquierda y luego usaba una regla de madera pesada y plana —el machete de tejer— para golpear el hilo recién colocado, apretando el tejido de manera que no quedara ningún espacio suelto por donde pudiera filtrarse el frío.
Era un trabajo que requería una coordinación perfecta y una concentración absoluta. Con cada pasada de la lanzadera, una superficie de tela tupida, de una textura similar al lino rústico pero notablemente más suave, comenzaba a crecer centímetro a centímetro frente a su abdomen.
Mientras Mei se sumergía en el trance del tejido, ajena al mundo exterior, el movimiento en las colinas bajas de la tribu no se detenía.
Desde la linde del bosque, dos figuras observaban la entrada de la cueva alta. No eran Boran ni Talia; esta vez se trataba de un grupo de tres hembras recolectoras de mediana edad de la especie ciervo. Llevaban toscas cestas de mimbre vacías a la espalda y sus rostros reflejaban una profunda preocupación. La Luna Blanca estaba encima, las raciones de la cesta común eran estrictas y la recolección de bayas superficiales ya no daba frutos debido a la escarcha.
—¿De verdad crees lo que dijo el jefe Gorik? —preguntó una de ellas, una hembra de mirada mansa llamada Sora—. Dijo que Lin Mei descubrió una forma de encontrar comida bajo la tierra y que su cueva ya no apesta.
—Maya dice que es brujería, pero el jefe no mentiría sobre la comida antes del invierno —respondió la segunda, mirando hacia arriba con timidez—. Mis crías tienen frío y la carne de bisonte que traen los machos es muy dura para sus dientes pequeños. Si Lin Mei realmente sabe cómo ablandar las raíces o encontrar medicina, prefiero pedirle ayuda a ella antes que soportar los gritos de Talia en la plaza.
Con pasos dubitativos, las tres hembras comenzaron a subir el sendero de los osos, manteniendo las manos quietas para demostrar que no venían en actitud hostil.
Al llegar al claro de la cueva, el sonido regular del telar las detuvo. Clac. Clac. Ajustar.
—¿Lin Mei...? —llamó Sora con voz temblorosa desde la entrada.
Mei detuvo el movimiento de su lanzadera, atrapándola en el aire. Relajó la tensión de su cintura y giró la cabeza hacia la entrada. Al ver a las tres hembras, sus ojos almendrados se entrecerraron sutilmente con cautela, pero al notar las cestas vacías y la postura sumisa de las mujeres, su expresión se suavizó.
—Pueden entrar, pero dejen las cestas afuera para no traer la nieve del camino —dijo Mei, su voz clara y tranquila.
Las tres hembras obedecieron de inmediato, despojándose de sus cargas y entrando tímidamente a la cueva. Al cruzar el umbral, las tres soltaron un suspiro ahogado de asombro. El calor residual del fogón las envolvió de inmediato, pero lo que más las impactó fue el olor: no había rastro de la podredumbre habitual de los nidos descuidados; olía a pino fresco, a menta y a limpieza. El suelo estaba tan limpio que se podían ver las vetas de la piedra.
Sora fijó la mirada en el armazón que Mei llevaba atado a la cintura. Vio la tela blanca y perfecta que ya cubría casi medio metro de longitud.
—¿Qué... qué es eso? —preguntó Sora, estirando una mano temblorosa, pero deteniéndose por respeto—. ¿Es una piel blanca? Ningún animal de la Roca tiene un pelaje tan liso y delgado.
—No es una piel, Sora. Es tela —explicó Mei, haciendo una demostración lenta de cómo pasaba el hilo a través del telar—. Está hecha con los hilos de la ortiga gigante que crece en el río. Las pieles se vuelven rígidas con el frío y huelen mal si se mojan. Esto se puede lavar, se mantiene suave y, si cruzo los hilos con suficiente fuerza, bloquea el viento del invierno.
Las tres recolectoras intercambiaron miradas de pura incredulidad. Para su mentalidad primitiva, la capacidad de transformar una planta urticante que todos evitaban en una superficie tan suave y utilitaria era algo que rayaba en lo divino.
—Lin Mei... —habló Sora, arrodillándose en el suelo limpio frente a ella, con los ojos llenos de una sincera súplica—. Venimos porque el frío está empeorando. Las crías en los nidos bajos están empezando a toser y Talia se queda con las mejores pieles de la caza para su propio nido. El jefe Gorik dijo que tenías medicina y que sabías encontrar raíces dulces bajo la tierra. Te lo rogamos... enséñanos. No queremos que nuestras crías mueran en esta Luna Blanca.
Mei observó a las mujeres. Como científica del mundo moderno, sabía que el conocimiento no debía guardarse de forma egoísta si quería construir una sociedad próspera y, sobre todo, si quería ganar aliados reales en una tribu donde la facción de Boran y Talia aún tenía influencia. Estas hembras recolectoras eran la verdadera base trabajadora de la comunidad; si las ayudaba, su estatus en la Tribu de la Roca sería intocable.
Desató la correa de su cintura con movimientos fluidos, dejando el telar a un lado de forma segura, y se levantó.
—No necesitan rogar —dijo Mei, su tono firme pero compasivo—. La medicina del sauce blanco ya está lista para las fiebres. Y respecto a la comida... —caminó hacia una esquina de la cueva y destapó un cuenco grande que contenía una docena de las papas silvestres que había recolectado días atrás—. Esto no son raíces amargas. Son papas. Crecen bajo la tierra negra, cerca de los árboles viejos. Si las comes crudas, te dolerá el estómago; pero si las pones bajo las cenizas calientes del fuego durante un rato, la pulpa se vuelve suave, dulce y llena de energía para las crías.
Tomó tres de las papas asadas que mantenía calientes cerca del fogón y se las entregó a las mujeres. Sora mordió la pulpa blanca con cautela. Al instante, sus ojos se abrieron de par en par por el sabor reconfortante y la textura mantecosa.
—¡Es... es suave! —exclamó, pasándole el trozo a sus compañeras—. ¡Es mejor que la carne seca! Las crías podrán comer esto sin lastimarse los dientes.
—Mañana por la mañana, antes de que caiga la tormenta fuerte, bajaré con ustedes al bosque bajo —declaró Mei, cruzándose de brazos con una sonrisa sutil—. Les enseñaré a identificar las hojas de la papa silvestre y cómo cavar para no romperlas. También les enseñaré a recolectar la menta para las defensas de los nidos. Pero bajo una condición.
Las tres hembras enderezaron la espalda, asintiendo rápidamente. —Lo que quieras, Lin Mei.
—Lo que aprendan conmigo, lo compartirán solo con las hembras que realmente trabajen y lo necesiten. No quiero ver una sola de mis papas o de mi medicina en el nido de Talia o en las manos de los machos que solo saben rugir y holgazanear en la plaza. Esta es comida para quienes sostienen a la tribu. ¿Entendido?
—¡Entendido! —respondieron las tres al unísono, sus rostros iluminados por una esperanza que no habían sentido en semanas.
Tras coordinar la salida del día siguiente, las recolectoras se retiraron cargando algunas muestras para sus crías, bendiciendo el nombre de Lin Mei a cada paso del descenso.
Mei regresó a su lugar junto al fuego, volviendo a amarrarse el telar de cintura. El sonido del clac, clac se reanudó con una energía renovada. Sabía que al enseñar a las recolectoras, estaba plantando las semillas de su propia revolución agrícola en el mundo de las bestias. La "hembra fea" ya no solo era hermosa; estaba a punto de convertirse en la proveedora y protectora de la Tribu de la Roca, y ninguna farsa de Talia podría detener el avance de su hilo.
zorra ? ¿ q animal ?