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Luna De Plata Y Sangre.

Luna De Plata Y Sangre.

Status: En proceso
Genre:Vampiro / Hombre lobo / Amor-odio
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Camila Rocha Mota

Hombres lobos y Vampiros se han odiado desde siempre. ¿Qué va a pasar luego de que el Alfa Andrew y la princesa de los vampiros Leonor compartan una noche de pasión?

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El peso de la Corona.

...Capítulo 3....

...Parte 1....

...El peso de la Corona....

...╭══════ .✧. ══════╮...

Andrew.

Un año. Han pasado exactamente trescientos sesenta y cinco días desde aquella noche en la universidad, desde ese error, ese momento de debilidad que intento borrar de mi memoria cada día, sin éxito. Un año desde que desperté con el cuerpo marcado, la mente nublada y un recuerdo tan vívido que a veces creo que puedo volver a sentir su olor solo con cerrar los ojos.

Un año desde que dejé de ser solo Andrew, el hijo del líder, y me convertí oficialmente en Andrew Fortier, Alfa de la Manada Luna de Sangre.

Y con ese título, llegó todo lo que mi padre me había prometido: el poder, el respeto, la autoridad… y también, el peso insoportable de tener la vida de todos los que amo en mis manos.

Camino por los pasillos de la gran casa de piedra, el corazón de nuestro territorio, y el sonido de mis pasos resuena fuerte sobre la madera. Llevo puesto el uniforme de ceremonia: cuero negro reforzado, botas altas, y sobre el pecho, el emblema de mi familia: una luna de plata grabada con un lobo aullando en su interior. Es pesado. No es el metal, ni la tela: es lo que representa. Soy el descendiente directo de Joseph, el hombre que invocó la maldición hace siglos. Soy el encargado de mantener viva la promesa: proteger a los humanos, odiar a los vampiros, y esperar el momento en que la deuda de sangre se salde de una vez por todas.

Salgo al porche y el aire frío de la mañana me golpea la cara, trayéndome los olores de siempre: pino, tierra húmeda, hierba fresca… y algo más. Un rastro débil, metálico, viejo. El olor a muerte que se ha vuelto demasiado común en las últimas semanas.

Liam está esperándome abajo, montado ya en su caballo, con la mirada seria y el ceño fruncido. Al verme, asiente con la cabeza. Sabe lo que vamos a ver. Sabe que no son buenas noticias.

—Lo encontraron hace una hora en el linde del bosque —me dice en cuanto llego a su altura, bajando la voz como si el viento pudiera escucharlo—. Otro pueblo, tres kilómetros más al sur. Esta vez fueron dos. Una pareja de ancianos.

Siento cómo se me aprieta el estómago, una mezcla de rabia e impotencia que ya me es demasiado familiar. Subo a mi caballo sin decir nada, apretando las riendas con tanta fuerza que mis nudillos se ponen blancos.

—¿La misma forma? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.

—Exactamente igual. Sin una gota de sangre en el cuerpo. Marcados en el cuello. Y dejados a la vista, en el camino principal, como un aviso.

Arrancamos al galope, cabalgando hacia la frontera, hacia esa línea invisible que separa nuestras tierras del dominio del Clan Veritas, el reino de Juls Anderson. Mientras el viento me despeina, mi mente no deja de dar vueltas a lo mismo. Esto no es caza. Esto es guerra. Juls está cruzando todos los límites, está rompiendo cualquier regla tácita que haya existido jamás. Antes, al menos, tenían la decencia de cazar lejos, de ocultar los cuerpos, de fingir que respetaban algo. Ahora… ahora lo hacen frente a nosotros, a plena luz del día, desafiándonos a que hagamos algo.

Y yo voy a hacerlo.

Desde que asumí el cargo, mi estrategia ha sido clara: fortalecer las defensas, aumentar las patrullas, proteger cada pueblo, cada granja, cada casa habitada por humanos. Pero no es suficiente. Somos muchos, sí, somos fuertes, somos la manada más poderosa del valle, pero ellos… ellos son antiguos, inmortales, astutos, y se mueven en la oscuridad con una facilidad que nosotros no tenemos.

Llegamos al lugar del suceso. Mis hombres ya han acordonado la zona. El espectáculo es desolador. Los cuerpos están allí, rígidos, pálidos, secos, con esas marcas características de dientes grandes y afilados en el cuello. El olor a vampiro es tan fuerte aquí que me da náuseas, un olor frío, almizclado, a podredumbre y riqueza antigua.

Me bajo del caballo y me acerco, arrodillándome junto a ellos, con el dolor atravesándome el pecho. Eran personas. Vivían, reían, amaban, trabajaban… y ahora no son más que un trofeo para la crueldad de Juls.

—Esto se acaba hoy —digo, y mi voz sale baja, firme, cargada de una furia contenida que hace que los que están cerca se queden en silencio—. No voy a permitir que sigan jugando con nosotros. Ya no.

Me levanto y miro hacia el horizonte, hacia el sur, donde se alzan las torres oscuras del castillo de los Anderson.

—¿Has enviado el mensaje? —le pregunto a Liam, sin apartar la vista de allí.

—Ayer mismo. Saben que queremos hablar. Saben que tú vas a ir.

—Y ¿qué respondieron?

Liam duda un segundo, y eso ya me dice todo lo que necesito saber.

—El Rey Juls dijo… que acepta la reunión. Pero que no va a ceder ni un milímetro de terreno, ni una sola norma. Dijo que si vas, vayas preparado para escuchar la verdad: que los humanos son ganado, que siempre lo han sido, y que nosotros no tenemos ningún derecho a decirle qué puede o no puede hacer con lo que cree que le pertenece.

Aprieto los puños hasta hacerme daño. Esas palabras son insultos directos a todo lo que somos, a todo lo que defendemos. Para Juls, esto es solo propiedad. Para nosotros, es un juramento sagrado, heredado de nuestros antepasados, grabado en nuestra sangre.

—Iré —confirmo, y la decisión está tomada, tan firme como la roca—. Mañana, al mediodía, en el puente de las Rocas Grises. Territorio neutral. Iré con la guardia de honor, pero solo yo entraré a hablar con él cara a cara.

—Andrew, es peligroso —me advierte Liam, acercándose y bajando la voz—. Juls es un monstruo, lo sabes. Y dicen que su hija, Leonor… ella es igual a él, pero más joven, más impulsiva, más impredecible. Dicen que hace lo que quiere, que disfruta del caos, que no le teme a nada ni a nadie. Si está ahí… ten cuidado. Ambos son veneno.

El nombre de ella, Leonor, resuena en mi cabeza como un golpe seco. Lo he escuchado mil veces este año, siempre como una advertencia, siempre como el nombre de la enemiga, de la princesa caprichosa y peligrosa que se divierte causando problemas. Y cada vez que lo oigo, una sensación extraña me recorre la espalda, una punzada de recuerdo que no logro encajar.

—Lo sé —respondo, recuperando la compostura y enderezando mi espalda, poniendo de nuevo la máscara del Alfa fuerte y sereno—. Sé quiénes son. Sé lo que son. Y precisamente por eso voy. Porque esto ya no se trata solo de territorio o de caza. Se trata de ponerlos en su lugar, de recordarles que la Luna nos dio la fuerza para proteger, y que si ellos quieren guerra… yo se la voy a dar. Y esta vez, no habrá treguas, ni respetos, ni piedad.

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