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Cuidando Al Hijo Del Ceo Billonario

Cuidando Al Hijo Del Ceo Billonario

Status: En proceso
Genre:Romance / CEO / Padre soltero
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Guanipa

Maximiliano Vance es un implacable y atractivo CEO billonario con el corazón blindado por una traición del pasado. Su mayor desafío no es dominar los negocios, sino criar a su retraído hijo, quien ha ahuyentado a docenas de niñeras. Maximiliano juró no volver a confiar en nadie, y menos en las mujeres hermosas.
Mía Thorne, una dulce graduada en psicología infantil, se queda completamente sola tras la muerte de su abuela. Desalojada cruelmente por sus tíos y sin dinero para una renta, acepta desesperada el puesto de niñera residencial en la imponente mansión Vance.
Al usar su empatía para sanar al niño, Mía también agrieta la fría coraza de Maximiliano. Una atracción inevitable y peligrosa surge entre ambos, desafiando las estrictas reglas de su contrato. Sin embargo, secretos del pasado e intrigas corporativas amenazan con destruirlos. ¿Podrá el amor sanar a un hombre herido o ganará la desconfianza?

NovelToon tiene autorización de Maria Guanipa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La primera palabra

La luz del amanecer se colaba de manera oblicua por los ventanales del segundo piso, tiñendo las alfombras de un tono dorado pálido. Para Mía, la mañana se sentía como el despertar después de un terremoto silencioso. Cada rincón de la mansión parecía retener la vibración de lo ocurrido en el vestíbulo la noche anterior: el peso del cuerpo de Maximiliano sobre su hombro, el aroma a whisky y madera, y esa confesión ronca que había estado a punto de incinerar las cláusulas de su acuerdo profesional.

Fiel a su disciplina implacable, Mía se aseguró de estar en el comedor exactamente a las siete de la mañana. Leo ya la esperaba sentado, balanceando sus piernas cortas con una tranquilidad que contrastaba con los nervios que atenazaban el estómago de la psicóloga. Del CEO, sin embargo, no había rastro.

—El señor Vance salió rumbo al aeropuerto a las cinco de la madrugada —anunció la señora Gable, apareciendo con una jarra de café y una rigidez que parecía haberse incrementado—. Dejó instrucciones claras de que las rutinas no deben verse alteradas bajo ninguna circunstancia. Tiene una cumbre de negocios de tres días en Chicago.

Mía asintió, sintiendo una mezcla contradictoria de alivio y una extraña opresión en el pecho. Maximiliano había huido. El titán de los negocios, el hombre que no temía a ninguna junta de accionistas, había puesto miles de kilómetros de distancia tras haber mostrado una sola rendija de su humanidad. Era una táctica clásica de evitación, pero Mía no tenía tiempo para analizar los muros del padre; su prioridad absoluta seguía siendo el hijo.

—Está bien, Leo —dijo Mía, dedicándole una sonrisa cálida al niño en cuanto la ama de llaves se retiró—. Hoy no tenemos que preocuparnos por trajes rígidos ni por la lluvia. ¿Qué te parece si pasamos la mañana en la biblioteca grande? Escuché que hay un libro enorme sobre los animales del océano.

El niño la miró y, con un movimiento rápido, deslizó su pequeña mano sobre la mesa hasta tocar los dedos de Mía. Aquel contacto voluntario ya era un triunfo, una rutina de seguridad que el pequeño había desarrollado para recordarse a sí mismo que no estaba solo.

La biblioteca de la mansión Vance era un templo de tres pisos con estanterías de roble oscuro que trepaban hasta el techo, repletas de volúmenes de colección, primeras ediciones y enciclopedias invaluables. El olor a papel antiguo y cuero inundaba el ambiente, creando una atmósfera de calma que invitaba al aislamiento constructivo. Mía guió a Leo hacia una gran alfombra persa cerca del ventanal que daba al jardín este.

Pasaron las horas en un silencio cómodo. Mía no lo presionaba para que repitiera fonemas ni usaba las tarjetas de vocabulario rígidas que las antiguas niñeras habían dejado tiradas en el estudio. En su lugar, abría los grandes mapas ilustrados y recorría con el dedo las líneas de los océanos, describiendo a las ballenas azules y a los delfines como si fueran personajes de una mitología secreta.

—Las ballenas cantan debajo del agua, Leo —explicó Mía, recostándose sobre un cojín mientras el niño observaba los dibujos con atención absoluta—. Su voz viaja miles de kilómetros por el fondo del mar. Aunque los barcos no las escuchen, el océano entero sabe exactamente dónde están. No necesitan gritar para ser encontradas.

Leo pasó su pequeño dedo índice sobre la ilustración de una ballena jorobada. Su rostro, usualmente serio y tenso, mostraba una laxitud pacífica. Mía lo observaba con devoción analítica, registrando cada microexpresión, cada parpadeo. Sabía que el habla no era un problema mecánico en Leo; sus cuerdas vocales estaban intactas. El mutismo del niño era un cerrojo que él mismo había echado cuando descubrió que sus palabras no habían sido suficientes para retener a su madre, ni para ablandar el hielo de su padre.

A media tarde, una densa neblina comenzó a bajar desde las colinas circundantes, envolviendo la mansión en una penumbra grisácea. Leo se removió, incómodo por el cambio de luz, y se levantó de la alfombra. Caminó hacia uno de los estantes más bajos, donde descansaba una hilera de maquetas de barcos antiguos encerrados en botellas de cristal, pertenencias de la infancia de Maximiliano que nadie se había atrevido a retirar.

El niño estiró sus manos, fascinado por los diminutos mástiles y las velas de tela minúsculas. Mía lo observó desde la distancia, dándole el espacio que necesitaba. Sin embargo, al intentar acomodar una de las botellas más grandes, los dedos del pequeño resbalaron debido al peso del cristal.

El objeto cayó al suelo. Un sonido agudo y seco rasgó el silencio de la biblioteca cuando el vidrio se fracturó en mil pedazos, esparciendo el barco de madera y las astillas brillantes sobre la alfombra.

Leo se quedó petrificado. Su rostro se volvió completamente blanco y sus pupilas se dilataron por el pánico de una manera aterradora. En su mente infantil, la ruptura de una regla en esa casa equivalía al caos, al rechazo absoluto, a los gritos fríos o al encierro. Sus manos comenzaron a temblar violentamente y dio tres pasos hacia atrás, tropezando con el borde de un sillón, listo para correr a esconderse en el rincón más oscuro que encontrara.

Mía reaccionó con una velocidad instintiva. En lugar de mirar el desastre o emitir una exclamación de sorpresa, se deslizó por el suelo hasta quedar entre Leo y los cristales rotos, bloqueando la escena con su propio cuerpo. Se arrodilló frente a él y le tomó las manos con firmeza, aplicando la presión justa que los terapeutas usan para anclar a un paciente en medio de una crisis de ansiedad.

—Mírame, Leo. Mírame a mí —ordenó Mía con una voz inquebrantable, suave pero cargada de una autoridad protectora—. No pasa nada. Es solo cristal. El cristal se rompe y se puede limpiar. No estás en problemas. Yo estoy aquí. Mírame los ojos.

El niño respiraba de forma entrecortada, con el pecho agitándose debajo de su camisa. El miedo lo estaba devorando, arrastrándolo de vuelta al búnker de su mente. Sus ojos grises bailaban con desesperación, buscando una salida, hasta que finalmente se clavaron en la mirada castaña y serena de Mía. Encontró allí una calma absoluta, una ausencia total de juicio o castigo.

Mía comenzó a inhalar y exhalar de manera exagerada, marcando el ritmo de la respiración. —Conmigo, Leo. Despacio. El barco está a salvo. Tú estás a salvo. Nada malo va a pasarte en esta habitación mientras yo esté aquí.

El pequeño apretó los dedos de Mía con una fuerza descomunal. Su mandíbula temblaba. Una lágrima gruesa y pesada rodó por su mejilla, lavando la rigidez que lo había mantenido cautivo durante meses. Abrió la boca, intentando emitir un sonido que se quedó atrapado en su garganta por el peso del trauma, pero Mía no lo soltó. Mantuvo la conexión física y visual, infundiéndole toda la seguridad que la mansión le negaba.

—Está bien... —intentó decir Mía para calmarlo.

—Mía... —un hilo de voz, rasposo, diminuto y roto, pero perfectamente claro, escapó de los labios del niño.

El tiempo se detuvo en la biblioteca de los Vance. Mía Thorne contuvo la respiración, sintiendo que un escalofrío de pura emoción le recorría la piel. No había sido un grito, no había sido un balbuceo. El heredero del imperio, el niño que llevaba más de un año sumido en el mutismo absoluto absoluto, había pronunciado su nombre. Había usado su primera palabra no para pedir un juguete, ni para llamar a su linaje, sino para aferrarse a la mujer que había venido a rescatarlo de la intemperie.

—Sí, mi amor, soy Mía —susurró ella, con los ojos empañados en lágrimas que se negó a dejar caer para mantenerse como el pilar fuerte que él necesitaba—. Aquí estoy. No me voy a ir a ninguna parte.

Leo rompió a llorar de manera abierta, un llanto liberador que no tenía nada que ver con el berrinche y sí con la demolición de un muro de hielo. Se arrojó hacia delante y escondió el rostro en el cuello de Mía, abrazándola con sus brazos cortos. Mía lo rodeó, meciéndolo suavemente sobre la alfombra, rodeados de los restos del cristal roto, sabiendo que la primera gran batalla de esa casa se había ganado.

Una hora más tarde, con Leo ya calmado y tomando una taza de leche tibia en la cocina bajo la mirada atónita de la señora Gable —quien había escuchado el llanto pero no se había atrevido a intervenir—, Mía regresó al despacho para redactar el informe diario.

Miró el teléfono de la empresa que Maximiliano le había asignado. Sabía que él estaba en una junta crucial en Chicago, rodeado de magnates y gráficos de barras. Con los dedos temblando ligeramente por la emoción residual, redactó un mensaje de texto directo y conciso para el número privado del billonario:

Señor Vance. Hoy se rompió una de las maquetas de su infancia en la biblioteca. Lo lamento. Sin embargo, Leo acaba de hablar. Pronunció mi nombre con total claridad. El mes aún no termina, pero los resultados cuantitativos ya comenzaron.

Mía bloqueó la pantalla y la dejó sobre el escritorio de caoba. Sabía que cuando Maximiliano Vance leyera ese mensaje en medio de su fortaleza corporativa, el mundo de acero que se había construido comenzaría a derrumbarse irrevocablemente bajo sus pies.

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Celina
me encanta ☺️🥰🤗 tu historia 💛💛💛💛 por favor no tardes en publicar 💛💛💛 Gracias ☺️
Maria Guanipa: encanta de que te gusta 🥰
total 1 replies
Maria Guanipa
excelente novela, deberías de leerla🥰
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