INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día
NovelToon tiene autorización de SherlyBlanco para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15: Consecuencias e Implosiones
Viviana apenas tuvo tiempo de alisar los pliegues de su falda antes de dar un paso vacilante hacia el interior del despacho. La atmósfera allí dentro ya no era gélida; quemaba. Andrés permanecía de pie junto al estante, con la espalda rígida como una columna de mármol y los puños tan apretados a los costados que los nudillos se le habían tornado completamente blancos. En el suelo, la dolorosa alfombra de confeti en la que se había convertido el dibujo de Athenea parecía testificar en silencio contra ella.
—Cierra la puerta —ordenó Andrés. Su tono no fue un grito, sino un murmullo denso, cargado de una furia contenida que a Viviana le aceleró las pulsaciones.
Ella obedeció, escuchando el clic del cerrojo como si fuera el veredicto de una sentencia. Intentó componer una máscara de absoluta confusión, cruzando las manos por delante con una fingida inocencia corporativa.
—¿Pasa algo, Andrés? Escuché un ruido extraño desde mi escritorio y...
—No te atrevas a mentirme, Viviana —la cortó él de golpe, girándose lentamente para clavarle una mirada tan afilada que casi cortaba el aire—. No juegues conmigo. Fuiste la única persona que se quedó en esta área mientras yo estaba en la reunión de presupuesto. Nadie más tiene acceso a mi oficina.
Andrés señaló con el índice el desastre a sus pies. Sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de indignación y profundo asco.
—¿Qué es esto? —exigió, y esta vez su voz vibró con una fuerza contenida—. Romper un cristal es un accidente, Viviana. Pero tomar el dibujo que mi hija me hizo con sus propias manos y desmenuzarlo con esta saña... esto es una patología. Esto es cruzar una línea de la que no hay retorno.
Al verse acorralada, la fachada de la secretaria perfecta terminó de desmoronarse. La sumisión que había mantenido durante años dio paso a una amargura descontrolada. Los celos, alimentados por el rechazo explícito del día anterior, le desfiguraron el rostro en una mueca de despecho.
—¡Sí, lo hice yo! —admitió Viviana, dando un paso al frente, con la voz quebrada por el veneno que le corroía el pecho—. Lo hice porque estoy harta, Andrés. Harta de ver cómo te arrastras por una mujer que solo te congela con la mirada, que te impone casas separadas y te trata como si fueras un monstruo. Llevo años cuidándote las espaldas, soportando tus malos humores, tus lutos, tus crisis... esperándote. ¿Y qué haces tú? Me arrastras a un restaurante en tu cumpleaños para usarme de desahogo y luego me dejas tirada como basura porque ella apareció en la puerta. ¡No es justo!
Andrés la escuchó en un silencio sepulcral, sin parpadear. El arrebato de la mujer no le causó lástima, sino una absoluta claridad. Comprendió que su propia inmadurez del viernes, su estúpido arranque de orgullo herido al aceptar esa maldita cena, le había dado a Viviana un derecho que jamás debió otorgarle.
—Tenés razón en una sola cosa, Viviana —dijo Andrés, con una calma aterradora que desarmó el llanto de la secretaria—. No fue justo. No debí aceptar esa cena y ya te pedí disculpas por usar tu tiempo. Pero que te quede claro: yo nunca te prometí nada, nunca te miré con otros ojos y jamás te di motivos para que te creyeras con el derecho de tocar algo que le pertenece a mis hijos.
Andrés caminó hacia su escritorio, tomó una hoja en blanco y una pluma, y redactó un par de líneas con pulso firme. Luego, miró el reloj de pared.
—Estás despedida, Viviana. Efectivas a partir de este segundo —sentenció, extendiéndole el papel—. Pasa por recursos humanos para tu liquidación completa. No quiero que recojas tus cosas de la recepción; le pediré a seguridad que ponga tus pertenencias en una caja y te las envíe a tu casa. Salí de mi oficina ahora mismo antes de que decida llamar a la policía por daños a la propiedad privada.
Viviana miró el papel con los ojos desorbitados. El temblor de la rabia se transformó en un pánico frío al entender que lo había perdido todo: su trabajo, su dignidad y cualquier remota posibilidad de estar cerca de él. Sin decir una sola palabra, con las lágrimas corriendo por sus mejillas emborronadas de maquillaje, dio la vuelta y salió corriendo del despacho, dejando un rastro de silencio a su paso.
Andrés se quedó solo. Se dejó caer en su silla ejecutiva, pasándose las manos por el rostro, abrumado. Miró de reojo el suelo y se arrodilló lentamente sobre la alfombra. Con una paciencia infinita y los ojos empañados, comenzó a recoger cada uno de los pedacitos rasgados del arcoíris de Athenea, guardándolos en un sobre. No iba a tirar ese dibujo a la basura; se lo llevaría a Juliana. Cumplir la promesa de ir despacio y sanar las heridas significaba, sobre todo, ser transparente con cada tormenta.
Mientras la Constructora Fontane se sacudía con el despido de la secretaria, la tarde avanzaba con una luz mansa en la academia de danza. En la libreta de Juliana, los bocetos para el cumpleaños de la pequeña de Emmeline ya tomaban una forma clara: guirnaldas de luces, manteles color crema y una estación de juegos para que el pequeño Máximo Alejandro ejerciera su autoproclamado rol de hermano mayor protector.
—Bueno, entonces cerramos la lista con los niños de la guardería, mis hermanos, y le mandamos la tarjeta digital a Emely esta noche —concluyó Juli, cerrando el cuaderno con un golpe suave—. Va a ser una fiesta preciosa, Emme. No te preocupes más.
—Ay, de verdad gracias, Juli. Me quitas un piano de encima —suspiró Emmeline, estirando los brazos—. Cambiando de tema... ¿viste la hora? El ensayo de las niñas de intermedio ya va a empezar y prometí ayudar a Joaquín a revisar unas partituras en el salón de música.
—Ve tranquila, yo me quedo terminando de organizar el inventario de los vestuarios de ballet —respondió Juliana con una sonrisa, poniéndose de pie.
Se despidieron con un gesto cariñoso y Juliana se encaminó hacia el gran salón del fondo, donde los percheros con tutús y trajes de satén aguardaban su revisión. El silencio del espacio le permitía conectar con su propia paz, esa que tanto le había costado reconstruir tras los años de inercia y dolor.
Minutos después, el sonido de la puerta principal de la academia interrumpió su labor. Juliana asomó la cabeza por el pasillo y vio a Andrés entrar. Su aspecto distaba mucho de la pulcritud con la que había salido por la mañana; llevaba la corbata guardada en el bolsillo de la chaqueta, el cabello ligeramente desordenado y un sobre de manila arrugado entre las manos. Su mirada transmitía una urgencia limpia, desprovista de arrogancia, pero cargada de una profunda preocupación.
—¿Andrés? —Juliana caminó hacia él, deteniéndose a una distancia prudente en el vestíbulo—. ¿Pasó algo con los niños? Todavía falta una hora para que termine la clase de música de Athenea.
Andrés negó con la cabeza, dando un paso hacia ella pero respetando el espacio.
—Los niños están bien, Juli. Esto... esto es con vos —articuló con la voz un poco gastada, extendiendo el sobre de manila—. Te prometí que iríamos despacio y que sería completamente honesto. No quiero que te enteres por chismes de pasillo ni por terceras personas de lo que acaba de pasar en la constructora.
Juliana frunció el ceño, intrigada por la solemnidad de su tono. Tomó el sobre, lo abrió con cuidado y deslizó el contenido sobre su mano. Al ver los trozos de papel texturizado rasgados en mil pedazos, reconoció de inmediato los colores del arcoíris y los trazos infantiles de su hija. Un vuelco frío le sacudió el estómago.
—¿Qué es esto, Andrés? ¿Quién hizo esto? —preguntó, levantando la mirada con los ojos abiertos por la sorpresa y una chispa de indignación protectora.
—Viviana —soltó Andrés, sin anestesia, sosteniéndole la mirada con absoluta transparencia—. Esta mañana colgué el cuadro en mi oficina. Entré a una reunión y, cuando regresé, encontré el marco roto y el dibujo destrozado así en el suelo. Los celos la hicieron perder los estribos por lo que le aclaré ayer. Tuvimos una discusión fuerte, admitió que lo hizo por despecho hacia nosotros y la despedí de inmediato. Ya no trabaja en la empresa.
Juliana se quedó sin aliento, mirando los pedazos en su mano. La decepción del viernes por la noche amenazó con asomar la cabeza, pero la actitud inmediata de Andrés, su decisión radical de apartar a la secretaria y el hecho de haber ido directo a contarle la verdad, actuaron como un bálsamo que neutralizó el viejo miedo. El hombre de treinta y cuatro años frente a ella estaba cumpliendo su palabra: estaba cuidando el terreno para que ella pudiera sanar.
—Vino a desquitarse con el dibujo de una niña... —susurró Juliana, sintiendo una mezcla de lástima y alivio—. Menos mal Athenea no vio esto.
—No lo va a ver —aseguró Andrés, dando un paso más, lo suficientemente cerca como para que Juli pudiera sentir el calor de su presencia—. Guardé cada pedazo porque no quería que se perdiera. Pensaba que... tal vez, si me dejás ayudarte, podemos sentarnos esta noche con los niños en tu casa y pegarlo juntos en una cartulina nueva. Reconstruirlo. Como estamos haciendo con nosotros.
Juliana miró el sobre de manila y luego los ojos oscuros de Andrés, donde no había más que una súplica madura y paciente. El camino hacia la reconciliación seguía lleno de hilos tensos que el pasado insistía en jalar, pero ver a Andrés derribar sus propios muros de orgullo para proteger la paz de su familia le dio a Juli la certeza de que, esta vez, la inercia avanzaba en la dirección correcta.
—Está bien, Andrés —aceptó Juli con una sonrisa suave que le devolvió el alma al cuerpo al hombre—. Trae a los niños más tarde. Vamos a pegar el arcoíris de Athenea... y cenamos juntos. Sin contratos, un paso a la vez.