El Precio de la Libertad
En las frías y oscuras mazmorras donde los sueños se apagan, una mujer encadenada guarda el secreto de su propia resistencia. Despojada de todo menos de su dignidad, su llanto no es de debilidad, sino el eco silencioso de un alma que se niega a doblegarse.
Amores de la ÉLITE
Entre salones de baile iluminados por imponentes candelabros, copas de cristal y miradas que lo dicen todo, se mueve la alta sociedad. En este exclusivo universo donde el poder y el dinero dictan las reglas del juego, dos almas se cruzan para descubrir que el lujo más codiciado no se lleva en los dedos ni en las joyas, sino en la intensidad de un amor apasionado. Tres élite se unen la familia Monasterio, la familia Valderrama Morales y la familia Pineda Castillo.
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EL ALMUERZO DE LOS SOBREVIVIENTES
El sábado amaneció con un cielo de azul intenso y una brisa fresca que mecía las copas de los árboles en los jardines de la residencia de los Monasterio. La gran mesa dispuesta en la terraza trasera era un espectáculo digno de banquete real: manteles de lino blanco, cubiertos de plata reluciente y una selección de copas dispuestas para recibir los mejores vinos que el multimillonario Mateo Valderrama había mandado a descorchar desde su bodega privada.
Poco a poco, los invitados comenzaron a llegar, convirtiendo el espacio en un bullicio cálido y entrañable. Estaba la familia Valderrama-Morales al completo, encabezada por Mateo y la elegante Elena; la familia Pineda-Castillo con Santiago y Marcela a la cabeza, acompañados por sus hijos y un recuperado Andrés que no le quitaba los ojos de encima a Anastasia; y, por supuesto, el clan Monasterio liderado por su respetada matriarca, doña Elena. Las amigas incondicionales de Marcela, Regina Cifuentes y la abogada Paulina Betancourt, ya ocupaban sus asientos con una copa de vino blanco en mano, listas para el debate y las risas.
A ellas se sumaron la entrañable amiga de Diana, Mariana, y su hermana Clara. Y, robándose el corazón de absolutamente todos los presentes, hacían su entrada estelar la pequeña Diane Vance Monasterio, la princesa de la familia de tan solo seis meses de nacida, en brazos de su orgulloso padre, Kaelen Vance, acompañados por el dinámico y risueño Irai de siete años, que ya corría por el césped buscando los aperitivos.
El ambiente era de absoluta celebración, risas cruzadas y abrazos interminables. Diana se encontraba sentada en su lugar de anfitriona, con la teniente Samantha Blake a su lado. En un momento de pausa entre risas, Samantha deslizó una mano con infinita ternura para hacerle mimos y caricias suaves en la espalda a Diana, un gesto íntimo y protector que buscaba disipar los últimos rastros de tensión de las semanas pasadas.
La doctora Elena Valderrama, que miraba hacia su dirección en ese instante, arqueó una ceja con elegancia, esbozó una sonrisa pícara y soltó un comentario lleno de humor:
—Definitivamente, en esta mansión y en la clínica lo que se huele y se respira las veinticuatro horas es amor puro —comentó Elena con picardía, señalándolas con la copa de vino—. Porque mira que es curioso: cada vez que necesito hablar de asuntos médicos urgentes con Diana, siempre me la encuentro en pleno romance y apapacho con la teniente. ¡Ya parecen telenovela de sobremesa!
Al instante saltó Mariana, levantando el dedo índice con una expresión de absoluto teatro y sarcasmo:
—¡Ay, por favor, Elena! No hables de romance clínico cuando aquí el verdadero misterio es cómo la doctora Monasterio sobrevive a tanto drama sin que le dé un infarto al miocardio... bueno, claro, si es que la teniente la deja respirar entre tanto mimo —bromeó Mariana entre risas.
Y, sin quedarse atrás, Clara, la hija de la familia, añadió con una sonrisa traviesa:
—¡Tía Mariana tiene razón! Si seguimos así, en vez de una clínica de especialidades médicas, vamos a tener que inaugurar el primer centro de retiro romántico y de alto rendimiento táctico de la ciudad.
Diana, sintiendo las mejillas encendidas por el sonrojo y la diversión, no se quedó callada ni un segundo ante el ataque coordinado de sus amigas y familiares. Se giró hacia Elena con los ojos achinados en una mezcla de fingida indignación y risa contenida:
—Mira, Elena Valderrama, cállate la boca tú que viniste a besar a Mateo en la entrada del hospital como si se fueran a separar por diez años —le respondió Diana entre carcajadas, apuntándola con el tenedor—. ¡Así que de romances de novela turca no me vengas a dar clases, que en esta mesa nadie se salva!
Antes de que alguien pudiera replicar, la pequeña Diane soltó un gorgorito tierno en brazos de Kaelen, provocando una nueva ronda de risas generales que unió a todos en una sola carcajada. Entre bromas, complicidad y el calor de quienes lo habían arriesgado todo, el almuerzo familiar se consolidó como la celebración definitiva de la vida y la paz reencontrada.