romántica
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El camino equivocado
Pasaron semanas, meses y finalmente casi un año. Pedro continuaba trabajando en el mismo lugar y Andrés seguía formando parte de mis pensamientos.
Aunque durante todo ese tiempo lo vi pasar muchas veces frente a mi casa en aquella camioneta blanca, casi nunca tuvimos contacto. Después de nuestro encuentro en la ciudad, apenas nos saludábamos de lejos.
Pero yo seguía mirándolo.
Entonces llegó la fiesta navideña del trabajo.
Cuando Pedro me dijo que tendría que asistir, sentí una mezcla de nervios y emoción. Sabía que Andrés estaría allí.
El problema era que yo no sabía qué ponerme.
Me miraba al espejo y no me sentía bonita. Había subido de peso y me sentía insegura con mi cuerpo. Me gustaba mi busto, pero no me gustaban mi abdomen ni mis glúteos. Sentía que todo se veía peor porque casi nunca me arreglaba.
Finalmente me puse una camiseta de jean, un pantalón y una blusa blanca. Encima me coloqué una chaqueta grande, porque me sentía más segura cuando podía esconder mi cuerpo.
Cuando llegué a la fiesta, lo vi.
Andrés estaba allí.
Me saludó desde lejos y me sonrió.
No sabía si aquella sonrisa era especial para mí o si simplemente era su manera de tratar a todo el mundo.
Pero tenía una sonrisa capaz de conquistar a cualquiera.
Yo lo encontraba increíblemente atractivo.
No nos acercamos. Solo nos saludamos desde lejos con un pequeño movimiento de cabeza.
Y eso fue todo.
Pero para mí fue suficiente para pasar el resto de la noche pensando en él.
Los días continuaron pasando.
Y entonces ocurrió algo que no esperaba.
Mi hermana comenzó a fijarse en Andrés.
—Me gusta ese chico —me dijo una vez—. Creo que lo voy a conquistar.
Sentí algo extraño en el pecho.
Celos.
Pero no podía admitirlo.
¿Cómo iba a decirle a mi hermana que me molestaba que le gustara el mismo hombre que a mí?
Incluso llegó a detener la camioneta de Andrés para pedirle que la llevara a la ciudad. Desde donde vivíamos, salir del campo no siempre era sencillo.
Andrés aceptó llevarla.
Yo intentaba actuar como si aquello no me importara, pero por dentro pensaba:
¿Y si termina siendo mi cuñado?
Solo imaginarlo me dolía.
Después supe que mi hermana había estado coqueteando con él, intentando conquistarlo.
Pero Andrés se lo contó a Pedro.
—¿Sabes que tu cuñada me estuvo tirando la onda? —le dijo—. Intentó conquistarme, pero no me llamó la atención.
Cuando Pedro me lo contó, sentí un alivio que tuve que esconder.
Por dentro pensé:
Al menos no se va a convertir en mi cuñado.
Era extraño sentirme feliz por algo así.
Pero entonces comprendí hasta qué punto me gustaba Andrés.
Aquello que durante tanto tiempo había intentado llamar simplemente atracción se estaba convirtiendo en algo mucho más intenso.
Y, mientras todo eso ocurría, yo estaba buscando una manera de escapar de mis propios pensamientos.
Fue entonces cuando apareció el juego.
Al principio parecía una distracción.
Cuando jugaba, dejaba de pensar.
Durante un rato no existían Andrés, Pedro, las discusiones, mis inseguridades ni todos los problemas que llevaba dentro.
Solo estaba yo y aquella pantalla.
Pero no tardé en descubrir que había tomado la peor decisión de mi vida.
El juego empezó a atraparme.
Comencé a gastar dinero que no debía gastar. Tomé dinero de Pedro. Utilicé tarjetas de crédito. Incluso llegué a tocar dinero de la pensión de mi hijo.
Cada vez las cantidades eran mayores.
Y yo seguía pensando que podía recuperar lo perdido.
Pero no lo recuperaba.
Perdía más.
Y volvía a jugar.
Así pasaron semanas y meses.
Yo estaba cayendo cada vez más profundo en aquel hoyo llamado ludopatía.
Me estaba fallando a mí misma.
Y lo que más me dolía era sentir que también estaba fallándole a mi hijo.
A veces me quedaba despierta toda la noche jugando.
Mientras el mundo dormía, yo seguía frente a una pantalla intentando recuperar un dinero que ya no existía.
No entendía que estaba persiguiendo una pérdida que nunca iba a regresar de esa manera.
Mi vida se estaba dañando.
Y no era solamente por el dinero.
Estaba perdiendo oportunidades.
Oportunidades de estar tranquila, de cuidar de mí, de estar presente para mi hijo y de construir un futuro diferente.
También estaba mi relación con Pedro.
Las cosas entre nosotros ya no eran como antes.
Discutíamos constantemente, especialmente por dinero. Pedro era celoso, posesivo y quería controlar muchas de las cosas que yo hacía y gastaba.
Seguíamos juntos, pero muchas veces sentía que lo nuestro se mantenía más por las apariencias, por lo que pudieran decir los demás y por las consecuencias económicas que yo tenía que enfrentar.
Yo sabía que emocionalmente nuestra relación estaba prácticamente terminada.
Y, en medio de todo aquello, estaba Andrés.
Un hombre que quizá nunca llegaría a formar parte de mi vida.
Un amor que yo consideraba imposible.
Un sentimiento que había nacido sin que yo lo buscara.
Yo soy católica y siempre he tenido mucha fe.
Muchas noches le pedía a Dios que me ayudara.
—Dios mío, ayúdame a salir de esto. Ayúdame a cambiar.
Le hice promesas muchas veces.
Pero durante mucho tiempo no tuve la capacidad de entender realmente lo mal que estaba.
Pedía ayuda y después volvía a cometer los mismos errores.
Hasta que un día algo cambió dentro de mí.
Me di cuenta de que ya era suficiente.
No podía recuperar el dinero perdido.
No podía regresar el tiempo.
No podía borrar mis decisiones.
Pero sí podía decidir qué hacer con el resto de mi vida.
Comprendí que tenía que renacer.
Tenía que ser más fuerte.
Tenía que empezar a quererme.
Quería cuidar mi cuerpo, dejar poco a poco las cosas que sabía que me hacían daño y comenzar a preocuparme por mí.
Pero, sobre todo, entendí algo que nunca debía haber olvidado:
El dinero que había perdido podía volver algún día.
Pero no lo recuperaría jugando.
Lo recuperaría trabajando.
Poco a poco.
Un día a la vez.
Quizá no sabía qué iba a pasar con Andrés.
Quizá tampoco sabía cómo terminaría mi relación con Pedro.
Pero por primera vez empecé a comprender que, antes de pensar en amar a otra persona, tenía que aprender a elegirme a mí misma.
Y así, mientras aquella etapa de mi vida comenzaba a romperse poco a poco, yo todavía no sabía que el destino tenía preparada una historia completamente diferente para Andrés y para mí.
Una historia que apenas estaba comenzando.