nunca hay que mentirse a uno mismo
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9
El tiempo en la zona VIP privada transcurrió con una ligereza extraña, casi líquida. Entre anécdotas de cafeterías , risas compartidas y confesiones sobre la lluvia, las agujas del reloj avanzaron sin pedir permiso. Cuando Vincent y Carmín levantaron la vista de sus copas y miraron a través del cristal oscuro hacia la pista inferior, descubrieron que las luces estroboscópicas se habían apagado. El club L'Inferno estaba casi vacío; solo quedaban los camareros recogiendo los rastros de la noche y el personal de limpieza moviéndose entre las sombras de neón.
Fue en ese momento de quietud cuando Nina interrumpió la velada. Apareció en la entrada del privado, arrastrando los pies con un cansancio evidente pero manteniendo intacta esa mirada protectora que la caracterizaba. Detrás de ella, Dante Marconi la seguía con las manos en los bolsillos, luciendo una sonrisa de quien ha disfrutado de una derrota sumamente entretenida.
—A ver, par de tórtolos —dijo Nina, cruzándose de brazos—. Es una delicia ver cómo solucionan los problemas del mundo, pero mis pies ya no dan para más y el tequila ya me está cobrando la factura. Carmín, es hora de volver al hotel.
Vincent guardó silencio un par de segundos. Miró a Carmín, detallando la curva de su cuello y la suavidad de su piel bajo la luz tenue del privado. No quería que esa calidez se terminara. No quería volver a la frialdad de sus negocios habituales.
—Quédate esta noche conmigo —soltó Vincent. Lo dijo así, sin preámbulos, sin forzar la situación, utilizando un tono ligero, orgánico y extrañamente vulnerable para un hombre de su calibre. No era una orden de un jefe de la mafia; era la petición genuina de un hombre cautivado.
Carmín lo miró fijamente. Ante la propuesta, soltó una de esas risas suyas que desarmaban a cualquiera, una risa que nublaba la vista de Vincent y le hacía perder el control de su propia respiración. Carmín volteó a ver a Nina. No hicieron falta los gritos ni las explicaciones; se miraron a los ojos y, en un lenguaje silencioso que solo las mejores amigas comprenden, se entendieron a la perfección. Nina arqueó una ceja, evaluando la seguridad de su amiga, y al ver el brillo de absoluta decisión en las pupilas de la diseñadora, asintió levemente con la cabeza.
—Ok... Solo esta noche —aceptó Carmín, volviendo su atención a Vincent con una sonrisa desafiante.
Y ahí estaba. Esa aceptación fue la mecha. El entorno era el detonante y ellos dos eran la pólvora pura. En un instante, la comodidad de la charla cotidiana se evaporó para dar paso a un incendio forestal. Todo se volvió brasas y pasión contenida entre ellos dos mientras salían del club.
La llegada al hotel —el lujoso penthouse privado que Vincent mantenía en el corazón de la ciudad— fue engañosamente casual. Subieron en el ascensor privado manteniendo una distancia prudente, con las manos rozándose apenas, acumulando una estática que amenazaba con hacer saltar chispas. Pero en cuanto Vincent introdujo la tarjeta y la pesada puerta de madera se cerró detrás de ellos, el autocontrol saltó en mil pedazos.
Se devoraron. Se buscaron con un hambre atrasada, con unas ganas acumuladas que no entendían de pasados ni de futuros. ¿Qué más daba el mañana? No se conocían. No sabían nada del otro, sabían estrictamente lo necesario, ni sus secretos más oscuros, ni planeaban construir una vida juntos en una postal idílica. Esa noche las reglas del mundo exterior no aplicaban. Esa noche, él era simplemente el hombre que la devoraría con la fuerza que ella tanto había anhelado, y ella era la mujer que reclamaría su lugar en esa cama, una y otra y otra vez, hasta saciar una sed que quemaba desde las entrañas.
Vincent la acorraló contra la pared del recibidor, hundiéndose en el calor de su boca con una desesperación que jamás había experimentado. Sus manos, grandes y firmes, recorrieron la seda negra del vestido, delineando con devoción absoluta esas curvas que un imbécil no había sabido valorar, pero que para este rey de la penumbra eran el tesoro más sagrado de toda Italia. Carmín enredó sus dedos en el cabello de Vincent, tirando de él, respondiendo a cada embestida de sus labios con la misma fuerza de su carácter de mil infiernos.
Las prendas de ropa fueron cayendo en un camino desordenado hacia la habitación principal, dejando al descubierto la verdad de sus cuerpos. Bajo la penumbra de la recámara, el ángel con curvas y el demonio con poder se fundieron en un solo ritmo, transformando el dolor de una traición pasada en el rugido de un presente salvaje y absoluto.
no se vale