La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
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Noche de bodas #2
Sebastián estaba perdiendo el control el cuerpo de Anna lo llenaba de deseo a raíz de sus celos y mientras besaba a Anna el recordó el escape de Anna.
...Flashback.......
Mientras lo felicitaban, busco con la mirada a Anna Pero no estaba por ningún lado camino nervioso buscandola.
— ¡Pasa algo Sebastián.!— dijo Lucrecia mirando a Sebastián alterado, tomándolo del brazo.
— Su hija escapó y si no la encuentro, usted tendrá que regresarme todo mi dinero y ahora inventé lo que quiera para que nadie note esto— dijo Sebastián enojado quitándose la mano de lucrecia de el.
— Quiero que la busquen no debe de estar muy lejos.— dijo Sebastián a sus hombres.
En ese momento se acercó Lorenzo su hermano.
— Que pasa Hermanito tu esposa se escapo de tu tan pronto ahí hermanito sabía que no podrías domar a esa mujer.— dijo Lorenzo riendo.
...Fin de flashback......
El recuerdo de la risa burlona de Lorenzo golpeó la mente de Sebastián como un látigo, avivando el fuego de su humillación. Cada carcajada de su hermano había sido un clavo más en su orgullo, y ahora, con Anna atrapada entre sus brazos y la pared de la ducha, ese odio se transformaba en un deseo oscuro y posesivo.
Sebastián se separó unos segundos de Anna y miró su cuerpo sus senos estaban redondos y rozados y al mirar el sexo de Anna se percato que era lampiña y su diminuta cintura que bajaba a sus nalgas grandes.
—Maldita sea... —gruñó él, y su voz sonó más como una maldición que como un cumplido.—Eres perfecta —susurró, y sentí un escalofrío recorrer mi columna—. Eres demasiado perfecta para que un tipo como ese pusiera sus manos sobre ti. Pensar que él pudo haber visto lo que yo estoy viendo...— dijo tocando con sus dedos el contorno de los senos de Anna, haciendo estremecer su cuerpo.
— No te equivoques, Sebastián si ahora tu me estás mirando es por qué pagaste, por qué de otra manera jamás me hubieras tocado.!— dijo Anna empujándolo para salir de la regadera tomando una toalla.
—¿Eso crees? ¿Que solo eres una mercancía? —dijo él, saliendo de la regadera tras de mí. El agua chorreaba de su ropa pegada al cuerpo, marcando cada músculo de su pecho agitado.
—¡Es lo que soy para ti! —le grité, dándome la vuelta para enfrentarlo—. Soy el objeto que compraste.
Sebastián dio un paso hacia mí, acortando la distancia en un segundo. Me tomó del brazo, no con violencia, sino con una firmeza desesperada, obligándome a sostenerle la mirada.
—Tienes razón, pagué —siseó entre dientes, y su voz vibraba de amargura—. Pagué las deudas de tu madre, pagué por estas tierras, pagué para que no acabaras en la calle.
— Hubiera preferido dormir en la calle, que estar aquí.— dijo Anna enojada mirándolo a los ojos.
—¿En la calle? —repitió con una sonrisa torcida, carente de cualquier rastro de alegría—. No tienes idea de lo que dices. Eres una niña mimada que juega a ser mártir. En la calle no hubieras durado ni una noche, Anna.
...En palabras de Anna.....
Me soltó con tal brusquedad que tuve que apoyarme en el tocador para no caer. Se quitó la camisa empapada y la lanzó a un rincón, revelando un torso sólido y tenso por la rabia, jamás había visto a un hombre desnudo más que en revistas y verlo a el me hizo sentir nerviosa.
—Quieres que sea tu dueño, quieres que sea el villano que te compró... pues que así sea —dijo, caminando hacia la puerta de la habitación. Escuché el clack metálico de la llave girando. Se guardó la llave en el bolsillo de su pantalón mojado y se giró hacia mí—. Nadie entra, nadie sale. Y nadie te va a salvar de mí esta noche.
—No te atrevas a tocarme, Sebastián... —susurré, apretando la toalla contra mi pecho, sintiendo que mi valentía empezaba a desmoronarse ante la oscuridad que emanaba de él.
Cerré los ojos y cuando los abrí nuestras miradas se encontraron y Sebastián tomo su saco y salió de la habitación.
El sonido del portazo retumbó en las paredes de la habitación como una bofetada final. El silencio que quedó después fue aún más doloroso; era un silencio cargado de todo lo que no nos dijimos, de la furia que se transformó en un desprecio helado. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo, firmes y rápidos, hasta que se perdieron en la inmensidad de la mansión.
Me dejé caer sobre las sábanas de seda, esas que habían sido preparadas para una noche de bodas que ahora parecía una broma macabra. Mis sollozos rompieron la quietud, profundos y desgarradores. El frío de la toalla mojada se filtraba en mi piel, pero nada era tan frío como el vacío que sentía en el pecho.
De pronto, escuché el ruido de un motor rugiendo en la entrada de la casa. Corrí hacia la ventana, envolviéndome mejor en la toalla. Abajo, vi el auto deportivo de Sebastián salir a toda velocidad, quemando llanta por el camino principal, perdiéndose en la oscuridad de la noche hacia el pueblo.
Él no se había ido a dormir a otra habitación.