Valentina tenía 17 años cuando conoció a Lautaro, un amor inesperado que llegó para cambiar su vida para siempre. Entre miradas, promesas y momentos inolvidables, descubrió un sentimiento que creyó que duraría toda la vida.
Pero a veces el amor no alcanza.
Los malos entendidos, las personas equivocadas y las decisiones tomadas demasiado pronto los separaron. Mientras Lautaro siguió adelante con su vida, Valentina intentó olvidarlo, aunque una parte de su corazón siempre quedó en aquel pasado.
Con los años, Valentina construyó una familia junto a Franco, un hombre que le dio amor, estabilidad y un hogar. Se convirtió en esposa y madre, aprendiendo que la vida puede regalarte una felicidad diferente a la que imaginaste.
Pero hay recuerdos que el tiempo no consigue borrar.
Porque algunas personas no desaparecen de tu corazón, aunque pasen los años, aunque cambien las vidas, aunque los caminos se separen.
Y cuando el destino decide volver a cruzarlos...
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Capítulo 19 – La primera discusión
La noche había empezado como cualquier otra.
Lautaro y Valentina bailaban, reían y se abrazaban como si el mundo fuera solamente de ellos.
Pero Valentina ya no podía sacar de su cabeza aquella fotografía.
No quería desconfiar.
No quería hacer preguntas.
Sin embargo, la duda seguía ahí.
Pequeña.
Silenciosa.
Pero presente.
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Después de bailar un rato, Lautaro fue hasta la barra a buscar algo para tomar.
Valentina aprovechó para sentarse unos minutos con Camila.
—¿Estás bien? —preguntó su amiga.
Ella asintió.
—Sí...
Camila la conocía demasiado.
—No me mientas.
Valentina bajó la mirada.
—Quiero preguntarle por esa foto.
—Entonces hacelo.
—¿Y si piensa que no confío en él?
—Preguntar no es desconfiar, Vale. Es hablar.
Valentina respiró hondo.
Camila tenía razón.
Ellos mismos se habían prometido que nunca dejarían que los rumores hablaran por ellos.
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Cuando Lautaro volvió, notó que ella estaba seria.
—¿Vamos un ratito afuera?
Él aceptó sin dudar.
Salieron al patio de la discoteca.
La música quedó de fondo.
—¿Qué pasó? —preguntó él.
Valentina jugaba nerviosa con el cierre de su campera.
—Quiero preguntarte algo.
—Preguntame.
Ella levantó la vista.
—¿Quién es Micaela?
Lautaro frunció el ceño.
—Una chica que se me acercó una noche en el boliche.
—¿Solo eso?
—Sí.
Valentina respiró profundo.
—Entonces... ¿por qué anda una foto de ustedes abrazados?
Lautaro tardó unos segundos en entender.
Después recordó aquella noche en la barra.
—¿Qué foto?
—La que están compartiendo todos.
Él sacó el celular.
Valentina le mostró la imagen.
Lautaro abrió los ojos sorprendido.
—Vale... eso no fue así.
—Yo quiero creerte.
—Porque es la verdad.
Él señaló la fotografía.
—Esa chica se acercó a hablarme. Nada más. Mirá el ángulo de la foto.
Parece otra cosa.
Valentina observó la imagen nuevamente.
Ahora que él lo decía, tenía sentido.
Era una foto tomada justo en el instante preciso.
—¿Por qué alguien haría esto?
Lautaro negó con la cabeza.
—No lo sé.
Pero te juro que nunca te faltaría el respeto.
Valentina lo miró a los ojos.
Y encontró la sinceridad que siempre había visto en él.
Se acercó y lo abrazó.
—Perdón.
Él le acarició el cabello.
—No tenés que pedirme perdón.
Es normal que te haya dolido.
Lo importante es que me preguntaste a mí.
No a los demás.
Ella sonrió.
—Te prometí que siempre iba a escuchar tu versión.
Y pienso cumplirlo.
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Desde el interior del boliche, Micaela observó la escena.
Esperaba gritos.
Esperaba una pelea.
Esperaba verlos separarse.
Pero ocurrió todo lo contrario.
Se abrazaron.
Y después se besaron.
Su sonrisa desapareció por completo.
—¿Qué pasó? —preguntó Axel acercándose.
Ella respondió con rabia.
—Ella le creyó.
Axel soltó una pequeña risa.
—Entonces todavía no encontramos el punto débil.
Micaela apretó los puños.
—Lo vamos a encontrar.
Aunque tenga que inventar algo mucho peor.
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Esa noche, cuando Lautaro dejó a Valentina en su casa, ella lo abrazó antes de bajar del auto.
—Gracias por decirme la verdad.
Él sonrió.
—Siempre te voy a decir la verdad.
Ella le dio un beso.
—Te amo.
—Yo también te amo.
Mientras el auto se alejaba, Valentina sintió que la tranquilidad había vuelto.
No sabía que aquella conversación había evitado una pelea.
Pero también había despertado algo mucho más peligroso.
Porque, desde ese momento, Micaela entendió que las mentiras pequeñas no eran suficientes para separarlos.
Si quería romper ese amor, tendría que atacar donde más doliera.
Y esa decisión sería el comienzo del verdadero desastre.