⚠️ Contenido exclusivo para mayores de 18 años | Omegaverse
Liam es un omega humilde que lucha día y noche para pagar los tratamientos médicos de su hermana enferma, sin tiempo ni energías para nada más. Hasta que la desesperación lo lleva a cruzarse con Dante Ferrero: el alfa dominante, frío y poderoso CEO que jamás creyó en los vínculos ni en el amor.
Un encuentro intenso y prohibido cambia sus vidas para siempre. Al descubrir que lleva su hijo, Liam huye sin decir nada para no ser una carga y proteger a los suyos, luchando solo contra la pobreza, el miedo y la soledad hasta que nace su bebé y su hermana logra recuperarse.
Cuando el destino los vuelva a reunir, Dante tendrá que enfrentar todo lo que dejó escapar, luchar por su lugar en esa familia y demostrar que su fuerza solo sirve para cuidar, proteger y amar.
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
VÍNCULO EN LA TORMENTA CAPÍTULO 9: EL CAMINO DE VUELTA
Pasaron tres días más de calma en el pueblo, días en los que pudimos comprobar que ya no había miradas extrañas ni preguntas incómodas, que el miedo que me había acompañado tanto tiempo se iba disolviendo poco a poco. Cada mañana Dante llegaba temprano, siempre con algo caliente para desayunar, siempre con una palabra amable para Mia y una mano suave para mí. No presionó nada, no pidió que tomáramos decisiones rápidas: solo esperó, cuidó, y nos dejó sentir que la seguridad era real, que no era un sueño que se desvanecería al despertar.
La tarde del tercer día, mientras estábamos sentados en el porche viendo cómo Mia jugaba con unas flores secas que había recogido, Dante habló con mucha calma:
—He hablado con la doctora. Ella dice que el aire de la ciudad no le hará daño a Mia, al contrario: allí tendrá acceso a revisiones más frecuentes, a equipos que aquí no existen, y estará mucho más vigilada. Y para ti, el camino no será pesado: iremos despacio, pararemos tantas veces como necesites, y el coche está preparado para que vayas lo más cómodo posible. Además, ya hemos hablado con todos los vecinos importantes, con el señor Tomás, con la gente de la clínica: nadie tiene nada en contra, todos saben que se van porque les espera algo mejor. El camino está libre, sin obstáculos.
Miré a Mia, que levantó la vista y asintió con una sonrisa tranquila:
—Yo confío en ti, hermano —dijo—. Y si él dice que estaremos bien, yo también lo creo. Quiero ver ese lugar donde vivisteis, quiero ver dónde crecerá el bebé.
Respiré hondo y miré a Dante. Sabía que tenía razón, que ya no había motivos para quedarnos escondidos, que el refugio que habíamos encontrado aquí ya no era necesario porque ahora nos teníamos los unos a los otros.
—Está bien —dije al fin—. Nos vamos a la ciudad.
Preparamos las maletas al día siguiente, y no fue una tarea pesada: no teníamos muchas cosas, solo lo que habíamos traído cuando huimos, algunas prendas que habíamos comprado en el pueblo y los recuerdos que no podíamos abandonar por nada del mundo. Dante no intentó tirar nada viejo, ni dijo que compraríamos todo nuevo: guardó con cuidado las fotos de nuestros padres, el osito de peluche que Mia tenía desde niña, el libro que yo leía antes de dormir, como si supiera que esas cosas eran mucho más importantes que cualquier cosa cara.
Salimos al amanecer, cuando el pueblo todavía estaba envuelto en una niebla suave. El señor Tomás nos esperaba en la puerta para despedirse, y nos dio una bolsa con pan recién horneado y galletas para el camino.
—Volved cuando queráis —nos dijo—. Esta casa y este pueblo siempre tendrán las puertas abiertas para vosotros.
El viaje fue mucho más suave de lo que imaginé. El coche era amplio, con asientos acolchados y espacio suficiente para estirar las piernas, y Dante conducía con una lentitud muy cuidadosa, evitando los baches y las curvas bruscas. Cada vez que veía que yo me tocaba la espalda o que Mia bostezaba, se detenía en alguna parada tranquila, cerca de bosques o de pequeños ríos, para que pudiéramos caminar un poco y respirar aire fresco.
—Faltan unos cuatro meses para que nazca —me dijo una vez, mientras estábamos apoyados en la barandilla de un mirador—. No debes cansarte, no debes forzarte. Lo que necesites, lo hacemos. No hay prisa.
Al atardecer, las primeras luces de la ciudad empezaron a aparecer en el horizonte. Sentí un nudo en el estómago: era el lugar del que había huido, el lugar donde había vivido tantos miedos, pero ahora se veía distinto, menos amenazante. Dante tomó mi mano y la apretó suavemente.
—No es la misma ciudad —dijo como si leyera mis pensamientos—. Porque ya no estás solo. Y porque yo estaré allí para que nadie te moleste, para que nadie se acerque con malas intenciones.
Entramos despacio por las calles principales, y Dante no se dirigió a la mansión enorme y lujosa que yo temía, sino hacia una zona tranquila, con calles arboladas y casas espaciosas separadas por jardines. Se detuvo frente a una construcción de dos plantas, con paredes claras, ventanas amplias y un jardín grande y bien cuidado que todavía tenía espacio para arreglar como quisiéramos.
—Es nuestra —dijo bajito—. La elegí porque se parece un poco a tu casita del pueblo, pero tiene todo lo que necesitáis: habitaciones amplias, un jardín para que Mia salga al sol, una habitación con todos los adelantos médicos por si la necesitara, y un piso de abajo sin escaleras para que no te canses cuando el vientre crezca más. No es mi casa: es la casa de los tres. De los cuatro, cuando llegue el pequeño.
Entramos, y el silencio que recibía la casa era cálido, no frío. Las paredes estaban pintadas de colores suaves, había alfombras para no hacer ruido, y en la sala principal ya había colocado una caja con las fotos de nuestros padres, sobre una mesa de madera que se parecía mucho a la que teníamos en el pueblo. Mia corrió despacio por los pasillos, mirando todo con los ojos muy abiertos, y al volver sonreía más que nunca.
—Es muy bonita —dijo—. Se siente como hogar.
Dante se acercó a mí, puso una mano sobre mi vientre y me miró a los ojos con una emoción profunda.
—Aquí nadie te buscará problemas —aseguró—. Nadie te mirará mal. Aquí puedes ser tú mismo, puedes cuidar de tu hermana, puedes esperar tranquilo a que nazca tu hijo. Y yo estaré aquí, todos los días, para lo que necesites.
Me apoyé en su pecho, sintiendo su calor y la seguridad que me transmitía, y por primera vez en mucho tiempo no tuve miedo al futuro. Habíamos recorrido un camino largo y difícil, lleno de tormentas y sombras, pero por fin habíamos llegado a un lugar donde podíamos estar juntos, sin huir, sin ocultarnos.
FIN DEL CAPÍTULO 9