Es una historia de un matrimonio por contrato entre un CEO frío y una mujer que acepta casarse por necesidad. Lo que empieza como un acuerdo sin amor se convierte en una relación intensa donde ambos terminan enamorándose, pero deben enfrentar traiciones, separación y pérdida de memoria que ponen a prueba su relación.
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capitulo 9
El silencio de la casa esa noche fue distinto.
No era el mismo de siempre.
No era solo vacío.
Era… pesado.
Como si algo hubiera cambiado después del evento.
Como si las palabras no dichas se hubieran quedado flotando en el aire.
Elena cerró la puerta de su habitación con más fuerza de lo habitual.
No gritó.
No lloró.
Pero lo sintió.
Ese nudo en el pecho que no se iba.
Ese ardor en la garganta.
Esa sensación incómoda de haber sido… expuesta.
Humillada.
Y lo peor…
No por una desconocida.
Sino por alguien que claramente había sido importante para él.
Camila.
El nombre le quedó dando vueltas en la cabeza.
La forma en que lo miraba.
La seguridad con la que se acercó.
La confianza.
Eso no era casual.
Eso no era superficial.
Eso era…
Historia.
Y Elena no formaba parte de ella.
Se dejó caer en la cama, mirando el techo.
—No es real…
Susurró.
Como si decirlo en voz alta ayudara.
Como si pudiera convencerse.
—No debería importarte.
Pero importaba.
Más de lo que quería admitir.
Porque no se trataba de amor.
No.
Se trataba de dignidad.
De lugar.
De sentirse… menos.
Cerró los ojos con fuerza.
Pero la imagen volvió.
Camila sonriendo.
La gente mirando.
Leonardo… sin detenerlo realmente.
Eso fue lo que más dolió.
No lo que dijeron.
Sino lo que él no hizo.
El teléfono vibró sobre la mesa.
Elena abrió los ojos.
Lo miró.
Y algo dentro de ella se suavizó apenas.
Sofía.
Contestó de inmediato.
—¿Estás bien?
Siempre así.
Directa.
Sin rodeos.
Elena dejó escapar una pequeña exhalación.
—Sí.
Silencio del otro lado.
—No te creo.
Elena cerró los ojos.
—Fue un día largo.
—¿Qué pasó?
Dudó.
No quería preocuparla.
No quería que sintiera que todo esto estaba mal.
Porque entonces…
Todo lo que había hecho no tendría sentido.
—Nada importante.
—Elena…
Ese tono.
Ese que no aceptaba mentiras.
—Solo… gente desagradable.
Sofía soltó una pequeña risa sin humor.
—Claro. Gente rica desagradable. Nada nuevo.
Eso la hizo sonreír un poco.
—Algo así.
—¿Y él?
La pregunta llegó inevitable.
Elena miró al techo otra vez.
Pensó.
—Él es… igual.
—¿Igual cómo?
—Frío.
Sofía no respondió de inmediato.
—¿Te trata mal?
Elena dudó.
—No.
Y era verdad.
No la maltrataba.
No la insultaba.
No la lastimaba directamente.
Pero…
—Simplemente… no está.
Eso fue más honesto.
Sofía entendió.
Se notó en el silencio.
—Eso a veces es peor.
Elena no respondió.
Porque lo sabía.
Lo estaba viviendo.
—Luna está dormida —dijo Sofía después—. Hoy preguntó por vos.
Elena sintió ese pequeño dolor familiar.
Constante.
—¿Qué le dijiste?
—Que estabas trabajando.
—Gracias.
—No le gusta no tenerte cerca.
Eso fue como una punzada.
—A mí tampoco.
Silencio.
Más suave.
Más íntimo.
—¿Vale la pena? —preguntó Sofía de pronto.
Elena apretó el teléfono con más fuerza.
Miró alrededor.
La habitación.
La casa.
La vida que no sentía suya.
Y luego pensó en ellas.
En su futuro.
En lo que ahora sí podían tener.
—Sí.
Aunque doliera.
—Entonces aguantá.
Tan simple.
Tan difícil.
Elena dejó escapar una leve risa.
—Siempre tan comprensiva.
—Alguien tiene que ser la fuerte ahora.
Esa frase…
Se quedó.
Porque siempre había sido Elena.
Siempre.
Y ahora…
Ya no podía.
O al menos…
No de la misma forma.
Cuando cortó la llamada, el silencio volvió.
Pero ya no era tan frío.
Porque había algo más.
Un hilo.
Una conexión.
Un motivo.
Se levantó de la cama.
Caminó hacia la ventana.
Miró la ciudad.
Las luces.
El movimiento lejano.
Y pensó en ellas.
En Sofía.
En Luna.
En todo lo que estaba haciendo.
—Dos años…
Murmuró.
Podía soportarlo.
Tenía que hacerlo.
Un sonido en el pasillo la hizo girar.
Pasos.
Firmes.
Conocidos.
Leonardo.
Elena se quedó quieta.
Escuchando.
Esperando.
No sabía qué.
Pero algo dentro de ella…
Quería que se detuviera.
Que golpeara la puerta.
Que dijera algo.
Cualquier cosa.
Pero no pasó.
Los pasos siguieron.
Se alejaron.
Y desaparecieron.
Como siempre.
Como si ella no existiera.
Elena volvió a mirar por la ventana.
Y entendió algo.
Claro.
Doloroso.
Real.
No importaba lo que pasara afuera.
No importaba lo que fingieran.
No importaba lo que la gente creyera.
En esa casa…
Ella estaba sola.
Completamente sola.
Y la única razón por la que podía soportarlo…
Era porque, en algún lugar…
Había dos personas que la seguían esperando.
Esa noche, cuando se acostó…
No pensó en Leonardo.
No pensó en Camila.
No pensó en el contrato.
Pensó en Luna riendo.
En Sofía quejándose.
En su antigua casa.
En lo que había perdido.
Y en lo que estaba intentando salvar.
Y con ese pensamiento…
Cerró los ojos.
Porque era lo único que la mantenía en pie.