Isabella es una joven ambiciosa que lucha contra los estereotipos del mundo.
Ella se abre paso por su inteligencia, demostrando que no solo es una cara bonita. Dejando a sus enemigos con la boca abierta.
NovelToon tiene autorización de Tintared para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El precio del ascenso.
El ascenso de Isabella Vance a la oficina del piso veintinueve no pasó desapercibido en el ecosistema depredador de Vanguard & Associates. En los pasillos de caoba y cristal, la "popularidad" de un abogado no se medía en simpatías, sino en el volumen de facturación mensual y en la cantidad de socios principales que solicitaban su presencia en las mesas de negociación. Y el nombre de Isabella empezaba a sonar con una frecuencia alarmante para los asociados senior del buffet.
Había forjado una reputación impecable. Mientras los demás intentaban abrumar a los clientes con tecnicismos legales kilométricos y demostraciones de ego masculino, Isabella aplicaba su naturaleza Libra: escuchaba el doble de lo que hablaba, analizaba el lenguaje corporal de la contraparte y desarmaba los conflictos corporativos con soluciones tan elegantes que parecían sencillas. Los clientes de alto perfil, cansados de los discursos agresivos de la vieja escuela, empezaban a pedir específicamente a "la abogada Vance" para revisar sus transacciones más delicadas.
Por supuesto, el éxito ajeno es el peor insulto para la mediocridad con antigüedad.
—Mírala ahí —susurró Richard Vance (sin parentesco, un asociado senior de cuarenta años que llevaba una década esperando que lo nombraran socio junior)—. Seis meses en la firma y ya se cree la dueña de la división de fusiones. Todo porque resolvió el asunto de Apex. Es pura suerte y una cara que vende bien en las fotos del boletín corporativo.
—Es una moda, Richard —le secundó Gregory Cross, otro abogado de la vieja guardia, mientras se ajustaba la corbata frente a la máquina de café—. En cuanto le toque un litigio de verdad en las cortes del Distrito Central, donde los jueces te gritan en la cara y no hay espacio para la sutileza, se va a desmoronar. El derecho penal y las quiebras agresivas son para hombres con estómago, no para señoritas de Pasadena.
Isabella pasó junto a ellos sosteniendo su tableta corporativa. Había escuchado cada palabra. No detuvo el paso, pero sus ojos oscuros registraron la tensión en los hombros de Richard y el tono defensivo de Gregory.
En lugar de tomárselo como una afrenta personal, Isabella sonrió para sus adentros. La envidia de los hombres maduros era el indicador más confiable de que estaba avanzando por el camino correcto. La arrogancia de Richard y Gregory los volvía ruidosos y, por lo tanto, predecibles. Un rival que te desprecia es un rival que no te ve venir; y en el ajedrez corporativo, la invisibilidad táctica es el mayor activo.
Esa misma tarde, durante la junta de asignación de casos presidida por Arthur Sterling, Richard Vance vio su oportunidad para sabotearla.
—Señor Sterling —intervino Richard, deslizando una carpeta gruesa por la mesa de caoba—. Tenemos un problema con el caso de la naviera Pacific Crest. Es una reestructuración de deuda extremadamente compleja y agresiva. Los acreedores están liderados por sindicatos de estibadores del puerto de Long Beach. Hombres muy duros, muy hostiles. Creo que es el escenario perfecto para que la señorita Vance demuestre su... versatilidad. Ella ha tenido mucho éxito en las oficinas climatizadas de Century City, pero la mesa de negociación en Long Beach requiere un pulso firme que no se intimide ante las amenazas.
Arthur Sterling arqueó una ceja y miró a Isabella. Todos en la mesa sabían que enviar a una asociada joven a negociar con los líderes sindicales portuarios en un almacén industrial era lanzarla a los leones. Los estibadores detestaban a los abogados corporativos, y más aún a las mujeres jóvenes a las que consideraban intrusas del privilegio.
—¿Qué opina, señorita Vance? —preguntó Sterling—. ¿Está dispuesta a liderar la mesa de Pacific Crest?
Isabella miró a Richard. Captó la chispa de triunfo malicioso en los ojos del abogado senior. Él creía que ella se negaría, mostrando debilidad, o que aceptaría y sería humillada por la rudeza del entorno portuario.
—Será un honor, señor Sterling —respondió Isabella, con una voz de seda que ocultaba el filo del acero—. De hecho, creo que la estrategia de confrontación que el señor Richard Vance ha intentado aplicar durante los últimos tres meses con ese sindicato es exactamente la razón por la que el caso está estancado. A veces, para mover un barco encallado, no se necesita empujar más fuerte, sino entender cómo se mueve la marea. Me encargo del caso a partir de hoy.