Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro
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Capítulo 7 – Celos ocultos a la luz
El autobús tardó dos horas y cuarenta minutos en llegar al pueblo costero. Valentina bajó con una mochila pequeña y el número de la casa anotado en un papel arrugado. El pueblo olía a sal y a pescado frito. Las calles eran empedradas y empinadas, con buganvilias trepando por las fachadas blancas. Nada que ver con la ciudad gris y pulcra que había dejado atrás.
La casa de Rocío estaba al final de un callejón sin salida, a dos cuadras del mar. Era una construcción antigua de dos plantas, con las ventanas clausuradas con tablones de madera y la puerta principal sellada con una cadena y un candado oxidado. Valentina rodeó la edificación buscando otra entrada. En la parte trasera encontró una ventana pequeña, a la altura de sus hombros, con el vidrio roto.
Se asomó. El interior estaba a oscuras, pero podía distinguir un estudio de arte. Caballetes, pinceles secos, botes de pintura derramados sobre el suelo. Y en una esquina, una silla. No una silla cualquiera. Una silla con correas en los brazos.
Valentina sintió que el estómago se le revolvía. Metió la mano por el hueco del vidrio roto, giró la manija interior y abrió la ventana. Trepó con dificultad y cayó dentro con un golpe sordo sobre el suelo cubierto de polvo. El aire olía a cerrado, a humedad y a algo más. A sangre vieja.
Encendió la linterna del teléfono y recorrió el estudio. Las paredes estaban llenas de dibujos. No eran obras de arte. Eran diagramas. Planos. El mismo tipo de diagramas que había visto en la caja negra del sótano. Fechas, nombres, rutas. Había fotos de mujeres clavadas con chinchetas. Marta Cervantes. Irene Saldaña. Rocío Jiménez. Y al final, en el centro de la pared, una foto de ella. Valentina. Con una fecha marcada en rojo: el jueves de la semana siguiente.
El jueves. El día del "accidente".
Valentina levantó el teléfono y tomó fotografías de todo. Cada diagrama. Cada foto. Cada anotación. Sus manos temblaban, pero su pulso se mantuvo firme. Había dejado de ser la esposa ingenua. Ahora era una cazadora.
Subió las escaleras hasta la primera planta con pasos lentos, probando cada tabla de madera antes de apoyar el peso. No quería que el crujido la delatara. Arriba había dos habitaciones. La primera estaba vacía, solo una cama sin sábanas y un colchón manchado. La segunda tenía la puerta cerrada con llave.
Valentina se arrodilló frente a la cerradura. No sabía abrir puertas, pero tenía una horquilla en el pelo. La introdujo en la cerradura y movió con torpeza hasta que escuchó un clic. La puerta se abrió.
El cuarto era pequeño. Olía a orina y a desesperación. En el suelo había una colchoneta, una manta sucia y una botella de agua vacía. En las paredes, arañazos. Muchos arañazos. Como si alguien hubiera intentado abrirse paso a través del yeso con las uñas. En una esquina, un cuaderno escolar.
Valentina lo recogió con manos temblorosas. Lo abrió. La letra era temblorosa, infantil, aunque el contenido no lo era.
"Día 47. Sigo aquí. Me trae comida cada tres días. A veces me habla. Dice que si firmo los papeles, me dejará ir. Firmé todo. Pero no me deja ir. Creo que me va a matar."
"Día 63. Hoy no vino. Bebí agua del grifo. Está caliente. Creo que me estoy volviendo loca."
"Día 84. Escuché su voz afuera. Hablaba con alguien. Dijo mi nombre. Dijo que ya era hora de 'terminar el trabajo'. No quiero morir."
La última página estaba manchada de algo oscuro. Sangre. Y debajo, una palabra escrita con una fuerza que había roto el papel: "ADRIÁN".
Valentina cerró el cuaderno y lo guardó en la mochila. Salió de la casa por la misma ventana por la que había entrado. Afuera, el sol seguía brillando. La gente seguía paseando. El mundo seguía siendo hermoso mientras ella acababa de encontrar el diario de una mujer que probablemente estaba muerta.
Llamó a Leonardo.
—La encontré —dijo, sin explicar quién.
—¿Rocío?
—No. El lugar donde Adrián la tuvo secuestrada. Tengo un cuaderno. Tengo fotos. Tengo todo lo que necesitamos para meterlo en la cárcel para siempre.
—¿Estás bien? —La voz de Leonardo sonaba tensa.
—No. Pero lo estaré cuando vea a ese hijo de puta esposado.
—Vuelve a la ciudad. Nos vemos en el lugar seguro.
—¿Cuál lugar seguro?
—Te mandaré la dirección. Es un almacén que alquilé hace años para guardar las pruebas. Nadie lo conoce. Ni siquiera Adrián.
Valentina cortó la llamada y caminó hacia la estación de autobuses con paso firme. Pero en la esquina, antes de llegar, se detuvo. Su reflejo en un escaparate la miró de vuelta. Tenía el pelo enmarañado, la ropa sucia de polvo y los ojos hundidos. Pero había algo en su mirada que no había visto antes.
Fuego.
Esa noche, cuando llegó a la ciudad, no fue a su casa. Le escribió un mensaje a Adrián: "Amor, me quedo a dormir donde mi hermana. Estaba mal y la estoy cuidando. Te quiero".
Adrián respondió casi al instante: "Cuídate, mi vida. Te extraño. 😘"
El beso virtual le dio náuseas. Guardó el teléfono y entró al almacén. Leonardo ya estaba allí, con una mesa plegable llena de documentos, grabadoras y fotografías.
—Bienvenida al cuarto de guerra —dijo.
Valentina dejó la mochila sobre la mesa y sacó el cuaderno de Rocío.
—Esto es solo el principio —respondió—. Adrián va a pagar por cada una de ellas. Y Daniela también.
—¿Daniela? ¿Qué tiene que ver ella?
—Es su cómplice. No solo su amante. Ella lo ayudó a encerrar a Rocío. Lo vi en los correos. Lo escuché en tus grabaciones. Daniela eligió a las víctimas. Buscó mujeres solas, vulnerables, con herencias familiares. Las acercó a Adrián como quien ofrece un cordero al lobo.
Leonardo apretó los puños.
—¿Y tú cómo piensas atraparla?
—Usando sus propias armas. Las mentiras. Las trampas. Los celos.
—¿Celos? ¿De quién?
Valentina sonrió. Era una sonrisa helada.
—Daniela cree que Adrián la ama. Pero Adrián no ama a nadie. Solo ama el dinero y el poder. Cuando ella descubra que él está dispuesto a sacrificarla para salvarse a sí mismo, se volverá contra él. Yo solo tengo que plantar la semilla.
—¿Y si no funciona?
—Entonces los destruiré a los dos juntos. Y no me importará cómo.
Leonardo la miró en silencio durante un largo rato. En sus ojos verdes había algo que Valentina no quiso nombrar.
—Eres más peligrosa que él —dijo al fin.
—No —respondió ella, guardando el cuaderno en una caja fuerte que Leonardo había instalado en el almacén—. Solo estoy más despierta.