Ethan Vance lo tenía todo: millones en el banco, trajes de diseñador a medida y una lista interminable de mujeres hermosas dispuestas a pasar la noche con él. Su vida era perfecta, libre de compromisos y, sobre todo, libre de niños. Para Ethan, los bebés eran "pequeñas alarmas ruidosas que arruinaban la diversión".
Pero el destino tiene un sentido del humor bastante retorcido.
Una madrugada, tras una noche de fiesta descontrolada, Ethan regresa a su lujoso penthouse y encuentra un paquete inesperado junto a su sofá: una canasta de mimbre con una bebé de pocos meses y una nota que cambiará su vida para siempre.
El hombre que es capaz de cerrar tratos multimillonarios con una sola mirada, ahora está al borde del colapso nervioso porque no sabe cómo abrir un pañal autoadhesivo y su costosa camisa de seda acaba de ser bautizada con saliva (y algo peor).
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Capitulo 7
Después de una ducha de agua fría que casi le devuelve el alma al cuerpo y de cambiarse el traje arruinado por unos pantalones cómodos y una camiseta negra impecable, Ethan Vance se sentía un diez por ciento más humano. Ya no olía a granja ni a lácteos vencidos, pero el dolor de cabeza seguía ahí, martilleando detrás de sus ojos.
Al bajar las escaleras hacia la sala de estar, se topó con un panorama completamente distinto. Julia era una fuerza de la naturaleza. En menos de dos horas, el "laboratorio del terror" había desaparecido. El mármol de la cocina brillaba de nuevo, las montañas de toallitas húmedas habían sido erradicadas y el aire del penthouse por fin olía a lo que debía: a madera costosa y aroma a limpio.
En el centro del sofá, la bebé estaba acostada sobre una manta limpia, agitando sus piernas gordas en el aire, libre por fin del pañal gigante. Julia le había puesto un pañal de su verdadera talla que había sacado de una bolsa nueva, y ahora la niña se movía con total libertad.
—Le dejé una lista de cosas en la barra, señor Vance. Ropa de su talla, biberones de verdad y la fórmula correcta —dijo Julia, saliendo de la cocina con un biberón tibio—. Voy a preparar la habitación de huéspedes por si se queda esta noche, como acordamos con su asistente. Los dejo para que se conozcan.
Ethan asintió en silencio. Esperó a que Julia subiera las escaleras y, con pasos cautelosos, se acercó al sofá. Se sentó en el borde del cojín de cuero, manteniendo una distancia prudencial, y se quedó mirando a la pequeña criatura.
La bebé, al notar su presencia, dejó de patalear. Giró su cabeza gorda y lo clavó con esos ojos oscuros, fijos, gigantescos.
Ethan soltó un suspiro largo, apoyando los codos en las rodillas.
—Así que... siempre fuiste una niña —le habló en voz baja, entornando los ojos—. Y yo toda la madrugada tratándote como a un niño. Hablándote de fútbol, de la bolsa de valores y de heredar mi imperio. Qué desastre. Con razón me mirabas como si estuviera loco cada vez que te ponía el pañal al revés.
La bebé soltó un pequeño balbuceo, un *"agú"* agudo, y estiró un brazo, abriendo y cerrando sus dedos diminutos en dirección a la camiseta negra de Ethan.
—No te emociones, todavía sigo pensando que esto es un boicot —continuó Ethan, cruzándose de brazos pero sin quitarle la vista de encima—. Una niña... Esto arruina todos mis esquemas. Las niñas son complicadas. Lloran por razones metafísicas, usan demasiados accesorios y, según tengo entendido, odian a sus padres cuando cumplen quince años. Es un pésimo negocio para mi estabilidad emocional.
La niña no pareció muy afectada por su análisis financiero; simplemente se metió el pulgar en la boca y siguió observándolo con una curiosidad aplastante.
Ethan se quedó atrapado en esa mirada. Y entonces, el silencio del penthouse trajo de vuelta las preguntas que el caos de la madrugada le había permitido ignorar. Las preguntas reales. Las peligrosas.
¿De quién demonios era esta niña?
Hizo memoria, forzando a su cerebro cansado a repasar los últimos meses de su vida nocturna. Su mente se convirtió en un desfile de rostros, de perfumes caros, de clubes VIP y de noches difusas. Él siempre había sido extremadamente cuidadoso. Tenía reglas estrictas. No era un descuidado; era un hombre de negocios que calculaba cada riesgo. La idea de que uno de sus "deslices" hubiera terminado en un embarazo de nueve meses y un bebé de tres en su puerta era... matemáticamente improbable.
—No eres mía —le dijo a la bebé, más para convencerse a sí mismo que a ella—. Es imposible. Yo no cometo ese tipo de errores de cálculo. Esto tiene que ser una estafa. Una táctica de chantaje de alguna de las modelos con las que salí, o tal vez una estrategia de mis competidores para armar un escándalo en los periódicos y hacer caer las acciones de la firma. Sí, eso tiene más sentido.
Sin embargo, al mirar de cerca las facciones de la niña, algo en su pecho se apretó de una forma incómoda. Tenía el mismo arco marcado en las cejas que él, y la forma en que fruncía el ceño cuando se le caía el pulgar de la boca era extrañamente familiar.
—Mañana mismo nos haremos una prueba de ADN —sentenció Ethan, apuntándola con el dedo—. En cuanto mis abogados tengan la orden de custodia temporal, iremos al laboratorio más caro de la ciudad. Una gota de tu sangre, una de la mía, y el laboratorio demostrará que esto es un error. Estoy noventa y nueve por ciento seguro de que darás negativo.
Pero la palabra *duda* ya había plantado su bandera en su mente. ¿Y si caía en ese uno por ciento de error? ¿Y si la prueba decía que sí?
Y si era de él... ¿dónde estaba la madre?
Ethan miró hacia la mesa de centro, donde el sobre blanco seguía cerrado. No había querido abrirlo frente a la policía ni frente a Julia. Era un asunto privado. Se estiró, tomó el papel y lo rasgó con cuidado. Dentro no había una carta larga de amor ni reclamos dramáticos. Solo una hoja de libreta arrugada con una caligrafía apurada, temblorosa, escrita con un bolígrafo azul que se estaba quedando sin tinta.
*«Ethan:*
*Sé que no quieres complicaciones en tu vida y sé que no me recuerdas con cariño, pero ya no tengo a dónde ir. Me están buscando y no es seguro para ella estar a mi lado. Es tu hija, Ethan. Se llama Mia. Por favor, protégela. Eres el único hombre con el poder y el dinero suficiente para mantenerla a salvo de ellos. No dejes que la encuentren».*
No había firma. No había un nombre de mujer al final.
Ethan leyó la nota tres veces, sintiendo que el aire de la sala se volvía espeso y difícil de respirar. *"Me están buscando"*, *"No dejes que la encuentren"*. Aquello no sonaba a una ex novia despechada buscando una pensión alimenticia millonaria. Sonaba a peligro real. Sonaba a un secreto oscuro que acababa de aterrizar en su lujoso e impecable mundo de cristal.
Miró de nuevo a la pequeña Mia —si es que ese era su verdadero nombre—, que ahora se había quedado dormida otra vez, ajena por completo a la nota que la vinculaba con una amenaza invisible.
—Mia... —susurró Ethan, pronunciando el nombre por primera vez. El sonido se sintió extraño en su boca, pesado pero extrañamente natural.
Se levantó del sofá y caminó hacia el ventanal, mirando los autos que se movían como hormigas allá abajo, en la avenida principal. Su vida perfecta, su soltería codiciada, sus noches de champán y sus amigos falsos que huían al primer olor a pañal... todo eso se estaba desmoronando como un castillo de naipes.
Si la prueba de ADN daba positivo, se convertiría en el protector de una niña cuya madre estaba huyendo de algo o de alguien. Y si daba negativo... el recuerdo de la bebé llorando y estirando sus manos hacia él frente a la policía le dejó claro que dejarla ir a un hogar estatal ya no era una opción aceptable para su orgullo.
Ethan Vance odiaba las complicaciones, pero si el destino quería jugar sucio con él, se iba a encontrar con un tiburón que no sabía cómo rendirse.