Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
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Capítulo 8: Una bendición doble en el palacio de hielo
Alissa no perdió el tiempo. Sentada ante su escritorio de caoba, la pluma de ganso rascaba el pergamino con una furia contenida que hacía temblar la tinta. Christopher, apoyado contra el borde de la mesa, no podía contener las carcajadas secas que se le escapaban del pecho al leer por encima de su hombro. Las líneas de la carta eran un despliegue magistral de autoridad filial: *"Si vuelvo a enterarme de que prefiere el humo a su propia salud, confiscaré cada pipa de su colección y lo traeré a vivir al norte bajo el estricto cuidado de la guardia"*.
—Te vas a ganar el regaño del siglo, principito —murmuró Cédric desde la entrada, divirtiéndose con la escena pero compadeciendo secretamente a su suegro.
—Vale totalmente la pena —respondió Christopher, limpiándose una lágrima de risa de la comisura del ojo—. Sé perfectamente que ese viejo astuto me va a jurar la muerte por esto. Es más que seguro que estará plantado en las puertas del Palacio Real esperándome con el bastón en alto cuando regrese a la capital. Pero ver su cara de indignación no tendrá precio.
Sin embargo, la atmósfera de conspiraciones divertidas se disipó apenas un par de horas más tarde.
A mitad de la tarde, mientras compartían un almuerzo tardío en el comedor privado, la felicidad inundó por completo el Ducado de Valerius de una forma que nadie esperaba. Alissa comenzó a sentirse indispuesta, rechazando el plato de carne con una palidez repentina que encendió todas las alarmas de Cédric. El general de hierro, habitualmente imperturbable, casi tira la mesa al suelo para sostener a su esposa. El sanador real fue convocado a toda prisa y, tras un examen minucioso que mantuvo el palacio en un silencio sepulcral, salió a dar la gran noticia con una sonrisa de oreja a oreja: la duquesa estaba embarazada de nuevo, pero esta vez la bendición era doble. ¡Esperaban dos bebés!
La reacción de Cédric fue digna de un poema. El hombre de piedra del norte, el comandante que no parpadeaba ante un ejército enemigo, se quedó estupefacto antes de alzar a Alissa en vilo, flotando de la felicidad absoluta y consolidándose, ante los ojos de cualquiera, como el hombre más afortunado y orgulloso del mundo entero. Los sirvientes corrían de un lado a otro preparando un banquete improvisado, y las risas llenaron las estancias del palacio de hielo.
En mitad del bullicio, el contraste era evidente. Christopher se había apartado hacia uno de los grandes ventanales que daban a los jardines nevados. Observaba la escena de la familia feliz con los brazos cruzados y una sonrisa melancólica. Sentía una envidia de la buena, una calidez ajena que lo hacía cuestionarse su propia existencia. Él era un asesino, un hombre atrapado entre la corona y la sangre de las *Black Shadows*. ¿Acaso un monstruo como él tenía derecho a aspirar a esa clase de felicidad genuina? ¿A un hogar donde no hubiera máscaras?
En ese momento, un pequeño y suave tirón en el borde de su pesada capa de terciopelo lo sacó de sus pensamientos.
Christopher bajó la mirada. Allí estaba la pequeña Lucero, su adorada ahijada de seis años, mirándolo con esos ojos inocentes y puros que eran la debilidad absoluta del príncipe. La niña no entendía de política ni de sombras; para ella, él solo era su tío favorito.
—Tío Christopher —dijo la pequeña, jalando de nuevo la tela para obligarlo a agacharse.
El príncipe se arrodilló sobre una rodilla, quedando a su altura y apartándole un mechón de cabello de la frente con una ternura que jamás mostraba en la corte.
—¿Qué pasa, mi pequeña luz? ¿Estás feliz por tus nuevos hermanitos?
Lucero asintió efusivamente, pero luego entrelazó sus manitas con timidez, mirándolo con un cariño tan sincero que le encogió el corazón.
—Sí, pero... yo también quiero que tú seas feliz, tío. Papá dice que los príncipes a veces se sienten solos porque tienen que cuidar a mucha gente. Yo quiero que me traigas una tía. Una tía a la que yo pueda querer tanto, tanto como quiero a mi mamá, para que juegue conmigo y te cuide a ti también.
Las palabras de la niña golpearon a Christopher con la fuerza de un impacto limpio. Su corazón, endurecido por los años de ejecuciones nocturnas y cinismo palaciego, se ablandó por completo bajo la mirada de su ahijada. La imagen de Sophia acudió a su mente de inmediato. No la Sophia sumisa que el Imperio esperaba, sino la mujer de mirada fiera que lo había amenazado en mitad de la pista de baile, la que no le tenía miedo a sus sombras.
Christopher sonrió de verdad por primera vez en días, dándole un suave beso en la frente a la niña antes de ponerse en pie. El refugio en el norte había terminado. Ya no podía seguir huyendo de sus fantasmas ni del tablero de ajedrez. Miró a Cédric y a Alissa, quienes se abrazaban con amor, y sintió una determinación renovada corriendo por sus venas. Era hora de regresar a la capital, encarar al viejo Kalen y, sobre todo, enfrentar a Sophia. El juego del gato y el ratón requería que el cazador volviera a su territorio, y él estaba más que listo para descubrir qué cartas jugaría su indomable prometida.
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Y aquí lo que pedían. Leo todos los comentarios y me pidieron qué el ducado Valerius, este llenó de niños. Bueno empecemos por dos jajajaja