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Pacto Por Venganza

Pacto Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Demonios / Maldición
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...

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El Réquiem de los Condenados

La Basílica de la Santa Croce amaneció envuelta en un sudario de niebla que subía desde el río Arno. El templo, conocido como el Panteón de las Glorias Italianas por albergar las tumbas de Miguel Ángel, Galileo y Maquiavelo, se había convertido esa tarde en el epicentro de la hipocresía florentina.

El carruaje fúnebre, arrastrado por cuatro caballos negros cuyos penachos de plumas se agitaban con el viento gélido, se detuvo ante la imponente fachada de mármol polícromo. Dentro del ataúd de roble macizo con herrajes de plata no había casi nada; solo un puñado de cenizas y rocas recogidas del barranco de la Via Bolognese. El verdadero cuerpo de Matteo era un secreto que la tierra ya había devorado, pero su alma seguía en juego.

Lucciana observaba la escena oculta tras el grueso tronco de un ciprés, en el borde de la plaza. Vestía un riguroso luto: un vestido de satén negro cerrado hasta el cuello y un velo de red oscura que le cubría la mitad del rostro, ocultando la palidez sobrenatural de su piel y las sombras profundas que rodeaban sus ojos. Bajo la tela del abrigo, su mano izquierda apretaba el frasco de plata de los Vance y el bisturí de cirujano.

Sentía el hilo helado en su pecho vibrar como la cuerda de un violín a punto de romperse. La proximidad de la Hermandad de la Ceniza hacía que la marca del pacto reaccionara, advirtiéndole de la densidad del peligro.

—Una reunión encantadora —susurró una voz pegada a su oído.

Lucciana no se sobresaltó. Ya se había acostumbrado a la presencia espectral de Luca Ferro. El Diablo apareció a su lado, mimetizado a la perfección con la nobleza local: vestía un abrigo largo de cachemira negra, guantes de piel y un bastón con empuñadura de plata que representaba una serpiente enroscada. Ninguno de los transeúntes reparaba en él, como si su mente borrara su imagen de manera automática.

—Mira a esos buitres, Lucciana —continuó Luca, señalando con la mirada a los invitados que subían los escalones de la basílica—. El marqués de Ridolfi, la condesa de Guicciardini... Todos pilares de la sociedad, protectores de la Iglesia y el arte. Y todos ellos con las manos manchadas de la grasa de los sacrificios nocturnos. Hoy consolidarán su poder por otra década.

—No si yo lo impido —dijo Lucciana, con una determinación que hizo sonreír al demonio.

—El ritual comenzará justo cuando el coro entone el Lacrimosa del Réquiem. El abad que oficia la misa pertenece a la Hermandad; canalizará la energía de los lamentos de los inocentes para abrir la grieta. Tienes exactamente cuarenta minutos antes de que el alma de Matteo sea entregada a las legiones del pozo profundo. Y créeme, una vez que cruce esa puerta, ni siquiera yo podré recuperarla sin desatar una guerra civil allá abajo.

Lucciana no respondió. Ajustó el velo sobre sus ojos y caminó con paso firme hacia la entrada de la basílica, mezclándose con la marea de asistentes vestidos de negro. Luca Ferro se quedó atrás, apoyado en su bastón, observándola con el orgullo de un titiritero que ve a su mejor creación subir al escenario.

El interior de la Santa Croce era cavernoso y frío. La luz del sol moribundo se filtraba por las vidrieras góticas, dibujando charcos de color carmín y violeta sobre el suelo de piedra. El olor a cera quemada y a la mirra rancia que Lucciana había detectado en el estudio de Matteo flotaba en el ambiente, asfixiando el aroma del incienso sagrado.

En la primera fila, junto al catafalco donde reposaba el féretro, Leonora Vance permanecía de pie. Su rostro, cubierto por un velo tan espeso que parecía una viuda sin rostro, no mostraba el más mínimo temblor. A su alrededor, los miembros de la Hermandad se habían posicionado estratégicamente en los bancos delanteros, formando un semicírculo perfecto que reflejaba la geometría herética que Lucciana había visto en el manuscrito.

Lucciana avanzó por la nave lateral, ocultándose en las sombras de los monumentos funerarios. Se detuvo detrás de la monumental tumba de Dante Alighieri. Irónico, pensó, buscar refugio junto al hombre que mejor había descrito los círculos del Infierno.

El órgano de la basílica comenzó a rugir. Las notas graves y pesadas hicieron vibrar los cimientos de piedra y el pecho de Lucciana. El coro, apostado en el presbiterio, inició el canto fúnebre. Las voces en latín ascendían hacia las vigas de madera del techo, pero la acústica del lugar parecía estar deformada; el sonido no elevaba el espíritu, sino que caía sobre los presentes como una losa de plomo.

Lucciana cerró los ojos y agudizó sus sentidos alterados por el pacto. Al hacerlo, la realidad ordinaria se desvaneció. El templo se tiñó de una penumbra grisácea, y en el centro del altar, justo encima del ataúd de Matteo, vio la manifestación del horror. Una grieta de energía purpúrea, similar a una herida abierta en el tejido de la realidad, palpitaba suspendida en el aire.

De la grieta surgían hilos de humo negro que se conectaban directamente con los pechos de Leonora Vance y los demás miembros de la Hermandad. En el centro de ese vórtice, atrapada en una esfera de luz violeta que se reducía a cada segundo, estaba la esencia de Matteo. Lucciana pudo ver su silueta espiritual, retorciéndose de dolor, muda, atrapada en una agonía eterna.

El abad levantó el cáliz de plata, pero dentro no había vino. Lucciana vio el reflejo de la sangre oscura. El coro llegó al ecuador de la misa. Las voces se tensaron. El Lacrimosa estaba a punto de comenzar.

“Lacrimosa dies illa, qua resurget ex favilla...”

Leonora Vance dio un paso al frente, sacando de entre sus ropas un amuleto de obsidiana negra. Comenzó a recitar una contra-oración en un susurro sibilante que cortaba la música del órgano. La esfera que contenía el alma de Matteo comenzó a descender directamente hacia la grieta abierta.

Lucciana no esperó más.

Salió de la sombra de la tumba de Dante y avanzó por el pasillo central a grandes zancadas. El sonido de sus tacones contra el mármol fue un disparo que interrumpió la armonía del coro. Varios invitados se giraron, escandalizados, pero Lucciana ya no pertenecía al mundo de las formas sociales.

—¡Detengan esta farsa! —gritó, y su voz, amplificada por el eco de la basílica y la energía helada de su pecho, resonó con la fuerza de un vendaval, apagando el órgano de golpe.

El coro enmudeció. El abad bajó el cáliz, con los ojos desorbitados por el pánico.

Leonora Vance se giró lentamente. Al levantar el velo, su rostro reflejó una furia demoníaca.

—¡Sáquenla de aquí! —bramó Leonora, perdiendo toda la compostura aristocrática—. ¡Esta mujer ha perdido el juicio por el dolor! ¡Guardias!

Tres hombres de complexión robusta, vistiendo los abrigos oscuros de la seguridad de los Vance, se abalanzaron por el pasillo hacia Lucciana. Sus manos buscaban someterla, pero Lucciana ya no era la frágil restauradora a la que podían pisotear.

Cuando el primer hombre estiró el brazo para atraparla por el cuello, Lucciana se concentró en el latido helado de su pecho. Dejó que la furia por el destino de Matteo fluyera hacia sus extremidades. Con un movimiento rápido y felino, esquivó el agarre, tomó la mano del hombre y presionó la marca de su pacto contra su muñeca.

Una descarga de fuego azul brotó de sus dedos. El guardia soltó un alarido de dolor cuando la quemadura mística le entumeció el brazo por completo, obligándolo a caer de rodillas sobre el mármol. El segundo agresor intentó sujetarla por la espalda, pero Lucciana, imbuida de una fuerza sobrenatural, giró sobre sus talones y le propinó un golpe en el pecho que lo lanzó tres metros hacia atrás, estrellándolo contra uno de los bancos de madera, que se astilló con el impacto.

El pánico estalló entre los invitados. Los aristócratas que no pertenecían a la Hermandad comenzaron a huir hacia las puertas en un torbellino de gritos y telas costosas. Pero los miembros de la secta se mantuvieron en sus puestos, sus ojos brillando con el mismo residuo púrpura que delataba su corrupción.

—¡Nigromantes! —acusó Lucciana, apuntando con el bisturí hacia Leonora, mientras avanzaba hacia el altar—. Sacrificaste a tu propio hijo por un puñado de oro y un apellido vacío. Pero el contrato del Infierno se firmó primero, Leonora. Y yo he venido a cobrar la deuda.

Leonora Vance soltó una carcajada estridente, su amuleto de obsidiana brillando con fuerza.

—Llegas tarde, Bianchi —siseó la matriarca—. El alma de mi hijo ya pertenece al Abismo. ¡Consúmanla!

El abad arrojó el contenido del cáliz sobre el ataúd. La grieta púrpura se expandió con un rugido sordo, y una ráfaga de viento helado y pestilente barrió la iglesia, apagando todas las velas. De la oscuridad de la grieta, decenas de manos hechas de humo y sombras comenzaron a estirarse, aferrando la esfera que contenía a Matteo para arrastrarla definitivamente al fondo del abismo.

Matteo pareció mirar a Lucciana a través de la energía violeta, una mirada de despedida y absoluta desesperación.

Lucciana sintió el pánico golpear su mente, pero la voz de Luca Ferro resonó en su cabeza, clara y fría: “La sangre es la ley, Lucciana. Tu firma es el ancla”.

Sin dudarlo, Lucciana usó el bisturí para cortar de nuevo la palma de su mano izquierda, reabriendo la herida del pacto. La sangre brotó, caliente y brillante. En lugar de retroceder, corrió hacia el altar, saltó sobre el féretro de madera y hundió su mano ensangrentada directamente en el centro del vórtice púrpura, buscando la esfera de Matteo.

El dolor fue inimaginable. Sentía como si miles de agujas de hielo le estuvieran perforando los huesos del brazo, intentando arrancar su propia alma. La energía de la Hermandad luchaba por repelerla, pero el fuego azul de Lucifer que habitaba en ella reaccionó con violencia. Una explosión de luz azul y violeta iluminó la basílica entera, agrietando los pilares de piedra y haciendo estallar los vidrios de las ventanas altas.

—¡Matteo! —gritó Lucciana, y sus dedos ensangrentados finalmente cerraron alrededor de la esfera espiritual.

Con un grito que desgarró sus cuerdas vocales, tiró hacia atrás con todas sus fuerzas, arrancando la esencia de Matteo de las garras de la sombra justo cuando la grieta se cerraba con un chasquido sónico que la arrojó al suelo del presbiterio.

El silencio volvió a la Santa Croce, roto solo por el llanto de los cristales rotos al caer.

Lucciana yacía en el suelo, respirando entrecortadamente. En su mano derecha, el frasco de plata de los Vance vibraba con una intensa luz dorada. Lo había logrado. El alma de Matteo estaba a salvo dentro del contenedor místico, arrancada del sacrificio.

Se levantó a tropezones, con el cuerpo dolorido pero la mirada fija en el altar. La Hermandad de la Ceniza estaba en el suelo, debilitada por la interrupción violenta del ritual. Leonora Vance la miraba con un odio puro, con el amuleto de obsidiana reducido a cenizas entre sus manos.

—Esto no ha terminado, Lucciana... —amenazó Leonora con voz trémula, sostenida por el abad—. No tienes idea de las fuerzas que has desatado. La Hermandad te cazará hasta el fin de tus días.

Lucciana guardó el frasco de plata en su abrigo y limpió la sangre de su mano contra el satén negro de su vestido. Miró a la matriarca con una frialdad que heló las últimas pretensiones de la mujer.

—Que lo intenten —dijo Lucciana Bianchi—. Ahora tengo al Diablo de mi lado, y créeme, Signora Vance... es un abogado implacable.

Dando la espalda a las cenizas de la alta sociedad, Lucciana caminó hacia la salida de la basílica bajo la lluvia de cristales, lista para el siguiente paso de su venganza.

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Megara García
me emocioné tanto con el final pero pensé por un momento que el diablo se quedaría con ella que el amor pudiera romper la maldad
gracias autora por esta joya 👏👏👏
Megara García
que emoción cada capítulo es más interesante 👏👏
Rolando Morales
ya le gustó estar con el diablo/CoolGuy//Chuckle/
Megara García
alguna vez alguien dijo que el demonio había Sido el ángel mas hermoso
Megara García
wooooo que capitulo tan intenso esta novela me atrapó
Alisson Nuñez
excelente
Gus Molina
/Drool//Drool//Drool/
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