Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia
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Capitulo 9
Si yo quisiera huir, no podrían detenerme.
No porque fuera más rápida o más astuta. Porque ellos aún no saben con quién están jugando. Me han subestimado toda mi vida. Mi familia. Mi hermana. Todos. Me vieron como la que estaba ahí, la que no importaba, la que podía ser usada y desechada sin consecuencias.
Pero yo aprendí, en todos esos años de invisibilidad, a moverme sin que me vieran. A desaparecer cuando no quería ser encontrada. A ser más astuta de lo que aparentaba.
Si quisiera huir, lo haría.
Pero no era el momento.
Todavía no.
Ariana seguía allá afuera, con mi dinero, con mi novio, con mi vida. Y no iba a irme hasta recuperar lo que me había robado. Hasta que pagara por lo que me había hecho.
Me recosté en el banco, cerrando los ojos bajo el sol de la mañana.
Podía esperar.
Seis meses, me había dicho Alessandro. Seis meses para decidir si me quedaba o me iba.
Pero él no sabía que mi decisión ya estaba tomada desde antes de pisar su casa.
Iba a irme.
Solo que, cuando lo hiciera, no iba a ser huyendo.
Iba a ser con la cabeza en alto, con las cuentas saldadas, y con la certeza de que nadie volvería a usarme nunca más.
Una sombra se proyectó sobre mí.
Abrí los ojos.
Alessandro estaba de pie frente al banco, con las manos en los bolsillos del pantalón y una expresión que no supe descifrar. El sol le daba en la espalda, dibujando un halo que contrastaba con la oscuridad de su mirada.
—¿Vas a pasarte todo el día aquí? —preguntó, como si nuestra discusión de la mañana nunca hubiera ocurrido.
—¿Vas a pasarte todo el día vigilándome? —respondí, sin moverme.
Su boca se torció en algo que pudo haber sido una sonrisa.
—No te vigilo. Me aseguro de que no hagas nada estúpido.
—Como huir, querrás decir.
—Como huir —confirmó, y se sentó a mi lado en el banco, con una familiaridad que me hizo tensar los hombros.
El silencio se instaló entre nosotros. No incómodo, exactamente. Pero tampoco cómodo. Era un silencio de espera, de dos personas que miden al otro sin querer mostrar sus cartas.
—No voy a huir —dije finalmente, sorprendiéndome a mí misma con la sinceridad de mis palabras.
Alessandro giró la cabeza hacia mí. Sus ojos se posaron en mi perfil con esa intensidad que me hacía sentir descubierta.
—¿Por qué no?
Porque aún no es el momento. Porque tengo cuentas pendientes. Porque no voy a darle el gusto de que diga que me tuvo miedo.
—Porque te lo prometí —respondí en su lugar—. Seis meses.
Algo cambió en su expresión. No fue una sonrisa. No fue un gesto. Fue algo más sutil, más profundo. Un destello en sus ojos que se apagó antes de que pudiera descifrarlo.
—Seis meses —repitió, como si confirmara un trato.
Y entonces, sin previo aviso, se levantó del banco y comenzó a caminar hacia la mansión.
—¿A dónde vas? —pregunté, desconcertada por su repentino cambio de humor.
Se detuvo a medio camino y se giró. El sol le daba de lleno en el rostro, y por un instante, la dureza de sus facciones se suavizó en algo casi humano.
—A trabajar —dijo—. Pero si te aburres…
Hizo una pausa.
—Hay una biblioteca en el ala este. Carmina te puede guiar. Me han dicho que los De Luca no leen, pero quizás tú seas la excepción.
El comentario fue un dardo. Un pinchazo que me llegó más adentro de lo que quería admitir.
Pero no le di el gusto de ver mi reacción.
—Quizás lo sea —respondí con frialdad.
Él sostuvo mi mirada un segundo más. Luego se dio la vuelta y continuó su camino hacia la casa.
Me quedé en el banco, con los brazos cruzados, sintiendo el sol en la piel y la certeza de que Alessandro Moretti era un hombre que siempre decía más de lo que aparentaba.
Los De Luca no leen.
¿Qué sabía él de los De Luca? ¿Qué sabía de mi familia? ¿Y por qué había dicho eso con tanta seguridad?
Me levanté del banco con una nueva determinación.
Quizás era hora de empezar a hacer mis propias averiguaciones.
Después de todo, si iba a pasar seis meses en esa mansión…
lo menos que podía hacer era conocer el territorio.