Natalia está al borde del divorcio, pero un accidente lo cambia todo.
Branko su esposo, sufre un accidente y puede leer los pensamientos de su aún esposa y descubre muchas cosas, Natalia es fría por fuera, pero caótica por dentro, se entera que ella ha estado enamorada de él durante mucho tiempo y ahora es él quien no quiere divorciarse. ¿DIVORCIO? ESO JAMÁS
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Cap. 16 Lunes: El desayuno de los seres humanos (supuestamente)
Branko la miró largamente. "Esta mujer me va a matar. Primero me prohíbe el sexo, luego me pone a cocinar. ¿Qué sigue? ¿Lavar los platos?"
—Aprobado —dijo, resignado.
—Bien —Natalia se bebió su café de un trago—. Entonces empecemos.
"Empecemos —pensó ella mientras se levantaba—. Una semana para decidir si este hombre es el amor de mi vida o el error más caro de mi historial. Qué estrés. Necesito otro café. Y un chocolate. Y que él se quite la camisa. No, eso es la regla dos. Maldita regla dos."
Branko escuchó todo y apretó la taza con tanta fuerza que casi se rompe.
Martes: La cocina, campo de batalla
Branko decidió cocinar una cena. Natalia se sentó en la barra de la cocina con un vaso de vino tinto y lo observaba como una jueza en un concurso de talentos.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó ella.
—Pollo al horno con verduras —respondió él, consultando una receta en el teléfono.
—¿Sabes usar el horno?
—Sé usar un horno.
—¿Cuándo fue la última vez que usaste un horno?
—Eso no es relevante.
"No sabe usar el horno —pensó Natalia, mientras Branko escuchaba—. No sabe usar el horno y va a quemar mi cocina. Y luego va a pedir delivery. Y yo voy a tener que fingir que está rico. Esto es un desastre. Un desastre sexy, pero desastre al fin."
Branko se quemó un dedo con la bandeja. Soltó un improperio en voz baja.
—¿Te quemaste? —preguntó Natalia, sin moverse de la barra.
—No.
—Mientes. Vi cómo saltaste.
—Fue un pequeño… contacto térmico.
"Pequeño contacto térmico —pensó Natalia—. Este hombre prefiere quemarse antes que admitir que necesita ayuda. Qué orgulloso. Qué necio. Qué… bonito. No, Natalia, no pienses que es bonito. Es patético. Patéticamente bonito. Estoy perdida."
Branko escuchó "patéticamente bonito" y decidió que era el cumplido más extraño de su vida. Y también el que más le gustaba.
El pollo quedó un poco seco. Las verduras, un poco quemadas. Pero Natalia comió todo sin quejarse.
—No está mal —dijo, limpiándose los labios con la servilleta—. Para ser tu primera vez.
—Gracias —respondió Branko, con sinceridad.
"No está mal —pensó él, recordando su pensamiento—. No está mal. Es un aprobado raspado. Pero es un aprobado. Y ella sonrió. No sé si era una sonrisa de verdad o de cortesía, pero sonrió. Es suficiente. Por ahora."
—Mañana cocino yo —dijo Natalia, recogiendo los platos.
—¿Tú cocinas?
—Claro que cocino. No me criaron en un internado para nada.
"Mentira —pensó Branko—. La criaron en un internado para que no supiera cocinar. Pero lo intentará. Y probablemente será un desastre. Y me encantará."
Miércoles: El baño, territorio prohibido
La regla dos estaba siendo un problema.
No para Natalia. Ella parecía llevarla con disciplina militar. Pero para Branko, verla salir de la ducha con el albornoz ceñido, el pelo mojado y la piel rosada por el vapor era una forma de tortura medieval.
Esa mañana, Natalia se secaba el cabello en el pasillo cuando Branko salió de su habitación (dormían separados, otra regla tácita).
—Buenos días —dijo él, con la voz ronca.
—Buenos días —respondió ella, sin dejar de peinarse.
"Ay, Dios mío, está despeinado —pensó Natalia—. Tiene el pelo revuelto, la bata abierta y una cara de no haber dormido bien. Parece un modelo de revista de hombres tristes. Quiero morderle la mandíbula. No, no puedo. Regla dos. Regla dos. Concordia. Paz. Castidad. ¿Qué cosa?"
Branko se quedó paralizado en medio del pasillo. No podía moverse. No porque no quisiera. Porque si se movía, la iba a besar. Y el beso llevaría a otras cosas. Y la semana de prueba se iría al carajo.
—¿Te pasa algo? —preguntó Natalia, notando su inmovilidad.
—Nada. Solo… me quedé sin café.
—Hay en la cocina.
—Sí. Ya voy.
No fue a la cocina. Se metió en el baño y se dio una ducha fría. Muy fría.
"Esto es insostenible —pensó mientras el agua helada le recorría la espalda—. Una semana sin sexo era una mala idea. Seis días más. Seis días. Puedo hacerlo. O puedo morir en el intento."
Afuera, Natalia seguía peinándose.
"Qué bien se le ve despeinado —pensó—. Parece más joven. Menos serio. Más… mío. Ojalá no fuera tan mío. Ojalá fuera un poco menos atractivo para que esta semana fuera más fácil. Pero no. Es un Hijo de la Gran… No, Natalia. Respira. Piensa en Valeria. En su cara de mosquita muerta. En cómo la abofeteaste. Eso sí que fue divertido."
Branko escuchó lo de la bofetada desde la ducha y sonrió. Le gustaba esa versión violenta de Natalia. Aunque no lo admitiría nunca.
Natalia estaba en su oficina cuando Lila entró con cara de funeral.
—Señora… ha llegado algo para usted.
—¿Algo? ¿Qué algo?
—Esto.
Lila dejó sobre el escritorio un ramo de flores. Flores hermosas: rosas blancas, lirios, algo de follaje verde. Una tarjeta blanca asomaba entre los pétalos.
Natalia la tomó. La abrió.
"Querida Natalia: Lamento lo ocurrido en su oficina. No era mi intención hacerle daño. Solo quiero la felicidad de Branko. Si esa felicidad es usted, me apartaré. Pero primero necesito estar segura. ¿Podemos tomar un café? Sin gritos, sin golpes. Solo dos mujeres hablando. Atentamente, Valeria."
Natalia leyó la tarjeta. La volvió a leer. Luego la rompió en pedacitos y la tiró a la papelera.
—¿Qué hago con las flores, señora? —preguntó Lila.
—Tíralas a la basura.
—¿Enteras?
—Pétalo por pétalo. Quiero que sepas que las destruiste con odio.
Lila asintió. Tomó el ramo y salió.
Natalia se quedó sola. Su mente era un volcán.
"¿Tomar un café? ¿DOS MUJERES HABLANDO? ¿Esta víbora me está tomando el pelo? Me insultó en mi propia oficina, se aferró a mi marido, fingió que la había agredido, y ahora… ¿me invita a un café? ¿Cree que soy idiota? ¿Cree que con unas flores baratas y una tarjeta cursilona va a ganar mi confianza?"