Ella renace decidida a cambiar su futuro, sin perder su sonrisa.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Academia
Adaptarse… resultó ser mucho más fácil de lo que Amber había imaginado.
La casa de su tía Abby no tenía la rigidez silenciosa de la mansión Clifford. Allí había vida. Movimiento. Conversaciones que no giraban solo en torno a apariencias o conveniencias. Desde el primer día, Amber sintió algo extraño… como si pudiera respirar mejor.
Y eso se notó.
Mucho.
—Definitivamente te cambiaron en el camino —dijo su tía una mañana, observándola mientras Amber reía con una de las criadas por algo completamente trivial.
Amber se llevó una mano al pecho, fingiendo indignación.
—¡Qué cruel! Solo he evolucionado.
—¿Evolucionado? —repitió Abby, alzando una ceja.
—Sí. Nueva versión. Más práctica, más inteligente… y con mejor sentido del humor.
—Eso último es debatible.
Amber soltó una risa.
—Antes no hacía chistes. Así que técnicamente ya es una mejora.
Su tía la miró unos segundos más… y luego negó suavemente con la cabeza, aunque una sonrisa se le escapó.
—A veces realmente pareces otra persona.
Por un instante, Amber se quedó en silencio.
Pero solo un instante.
—Tal vez solo soy… la versión que debía ser —respondió con ligereza.
Y, curiosamente… no era una mentira.
El final del mes llegó casi sin que se diera cuenta.
Y con él…
La academia.
El primer día, Amber se detuvo frente al enorme edificio, observándolo con una mezcla de emoción y determinación.
[Bien… Nada de arruinar esto.]
Respiró hondo.
Y entró.
Desde el inicio, supo que ese lugar sería diferente a todo lo que había conocido.
Clases activas. Profesores exigentes. Estudiantes de distintas familias, algunos brillantes, otros arrogantes, otros simplemente… interesantes.
Amber eligió estudiar administración.
No por casualidad.
Si el problema de su futuro estaba en los negocios de su familia…
Entonces entenderlos era su mejor arma.
Y, sorprendentemente, se le daba bien.
No era la mejor de la clase.
No era la que sacaba las notas más altas ni la que respondía todas las preguntas.
Pero entendía.
Conectaba ideas.
Y, sobre todo… aprendía rápido.
Aunque, curiosamente, no era eso lo que la hacía destacar.
—¿Quién es ella? —susurraban algunos.
—La nueva.
—¿La de los ojos verdes?
—Sí, esa.
Amber… se volvió popular.
Pero no por excelencia académica.
Sino por algo mucho más difícil de fingir.
Su energía.
Su risa fácil.
Su manera de hablar con todos como si no existieran jerarquías invisibles.
—¿Siempre eres así? —le preguntó una compañera, medio confundida.
—¿Así cómo?
—…como si todo fuera divertido.
Amber se encogió de hombros.
—Bueno, ya tuve suficiente aburrimiento en otra vida.
—¿Qué?
—Nada, nada.
Y reía.
Siempre reía.
Tenía respuestas rápidas, comentarios ingeniosos, una naturalidad que hacía que la gente bajara la guardia sin darse cuenta.
No buscaba atención.
Pero la atraía.
No competía.
Pero destacaba.
Era como una chispa en medio de un entorno demasiado serio.
Incluso algunos profesores la observaban con curiosidad.
—Señorita Clifford.. Sus resultados no son extraordinarios…
Amber levantó la vista.
—Lo sé.
—…pero su comprensión es mejor de lo que aparenta.
Ella sonrió.
—Estoy trabajando en eso.
Y lo decía en serio.
Porque, aunque disfrutaba esa nueva vida, no olvidaba.
Nunca olvidaba.
A veces, por las noches, cuando todo estaba en silencio, las imágenes regresaban.
El calabozo.
La caída.
El final.
Y entonces, su expresión cambiaba.
—…no puedo fallar —murmuraba.
Pero al día siguiente…
Volvía a ser la Amber que reía.
La que hacía bromas.
La que caminaba con ligereza.
Porque entendía algo importante:
Si quería cambiar su destino…
No podía vivir como alguien derrotado desde el inicio.
Un día, mientras caminaba por los pasillos de la academia rodeada de compañeros que reían por algo que había dicho, su tía la observó desde la distancia.
Brazos cruzados.
Mirada pensativa.
—…definitivamente no es la misma niña —murmuró.
Pero no sonaba preocupada.
Sino… orgullosa.
Amber, sin darse cuenta, giró un momento y la vio.
Le dedicó una sonrisa amplia, brillante.
De esas que no existían antes.
Y Abby, por primera vez en mucho tiempo…
Se permitió confiar.
Porque tal vez…
Esa “nueva Amber” no era un cambio extraño.
Sino la única capaz de evitar el desastre que aún nadie más veía venir.
Asi los días en la academia dejaron de sentirse como algo nuevo… y se convirtieron en su vida.
Dos años pasaron casi sin que Amber se diera cuenta.
Dos años de clases, de risas en los pasillos, de noches estudiando más de lo que dejaba ver, de conversaciones ligeras que a veces escondían pensamientos mucho más profundos.
Seguía siendo esa chica alegre, chispeante, la que siempre tenía algo que decir.
Pero por dentro… era distinta.
Más atenta.
Más estratégica.
Más consciente.
Y, poco a poco, los ecos de aquel futuro comenzaron a cambiar.
Las noticias de su casa llegaron de forma irregular al principio.
Cartas formales.
Comentarios sueltos.
Rumores.
Hasta que un día… la información fue clara.
Su padre había roto relaciones comerciales con el Imperio de Oriente.
Amber se quedó quieta cuando lo supo.
—…lo hizo.
Pero no fue una decisión sin consecuencias.
Los Clifford… ya no eran la familia sólida y próspera de antes.
Había pérdidas.
Inversiones fallidas.
Ajustes dolorosos.
Nada catastrófico.
Pero tampoco fácil.
—…así que esto es el precio —murmuró Amber, mirando por la ventana de su habitación.
No hubo calabozos.
No hubo acusaciones de traición.
No hubo caída total.
Pero tampoco hubo estabilidad.
Y, aun así…
Amber sonrió.
—…vale la pena.
Porque ese futuro…
Ese donde todo terminaba en oscuridad… ya no existía.
Una tarde tranquila en la academia, mientras el sol entraba suavemente por los ventanales, Amber caminaba por el patio con algunos compañeros, riendo por algo absurdo.
—¡Te digo que eso no cuenta como excusa! —decía alguien.
—Claro que sí.. Si el profesor no entiende mi lógica, es claramente un problema del profesor.
—¡Eso no funciona así!
—Debería.
Las risas se mezclaron con el sonido del viento.
Hasta que..
—Señorita Clifford.
Un asistente se acercó.
—Tiene una carta.
Amber se detuvo.
—¿Para mí?
—Sí.
La tomó con curiosidad.
Reconoció la letra de inmediato.
Su padre.
Su expresión cambió apenas.
Más suave.
Más seria.
Se apartó un poco del grupo, buscando un lugar tranquilo bajo la sombra de un árbol.
Y la abrió.
Sus ojos recorrieron las líneas con rapidez… pero se detuvieron en una frase.
Luego en otra.
Y otra más.
El mundo alrededor pareció desvanecerse por un momento.
“Amber, nunca dejes de alcanzar tus sueños. Porque, aunque no lo notes, son tus sueños los que mantienen viva a la casa Clifford.”
Su respiración se detuvo un segundo.
Y luego… tembló.
No de miedo.
De emoción.
Sus dedos apretaron suavemente el papel.
—…él… —susurró.
No necesitaba más detalles.
No necesitaba explicaciones extensas.
Lo entendía.
Su padre… la había escuchado.
Tal vez no había creído completamente en su “sueño”.
Tal vez no entendía del todo lo que ella había visto.
Pero sí había tomado una decisión.
Había dudado.
Había sido cauteloso.
Había cambiado el rumbo.
Y ese pequeño cambio…
Había salvado sus vidas.
El precio había sido alto.
Las dificultades eran reales.
Pero estaban vivos.
Todos.
Amber llevó la carta a su pecho, cerrando los ojos un instante.
Las imágenes del pasado.. de ese futuro que ya no sería.. pasaron por su mente.
Y esta vez…
No dolieron igual.
—…lo logramos —murmuró.
Una lágrima rodó por su mejilla, pero no la limpió de inmediato.
Porque no era tristeza.
Era alivio.
Cuando volvió con sus compañeros, alguien notó su expresión.
—¿Todo bien?
Amber sonrió.
Una sonrisa más suave que de costumbre.
Más profunda.
—Sí.
Miró el cielo un momento.
—Muy bien.
Y por dentro, algo se acomodó.
Porque ya no estaba corriendo desesperadamente para escapar de un destino.
Ahora…
Estaba construyendo uno nuevo.
Uno donde, incluso con dificultades… la casa Clifford seguía en pie.
Y donde ella, por primera vez… no solo sobrevivía.
Sino que realmente vivía.