Cuenta de una chica llamada Luna Garcia que es vendida por su familia al mafioso más temido de Italia 🇮🇹 ella va a roper todas las reglas y le va a sacar canas verdes a Max Hardy
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3000 euros de odio
Capítulo 2
> La mansión Hardy era todo lo que odiaba: gigante, fría, llena de oro y con olor a peligro.
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> Y yo, Luna García, sentada en una punta de la mesa de comedor que parecía una pista de aterrizaje, vestida con ropa que Max me había "regalado". Traducido: ropa que él eligió para que no lo avergüence.
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> Spoiler: lo iba a avergonzar igual.
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> —Comé —ordenó Max desde la otra punta, sin levantar esos ojos negros de pozo petrolero del contrato que leía. Traje negro, camisa blanca impecable, pañuelo en el bolsillo. El pin de oro brillaba bajo la araña de cristal—. Necesitás fuerzas.
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> —¿Para qué? —jugué con el tenedor—. ¿Para escapar de tu jaula de oro, _capo_?
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> Dos guardaespaldas que estaban contra la pared se tensaron. Max ni se inmutó.
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> —Para sobrevivir en mi mundo —dijo, pasando una página—. Donde las bocas grandes terminan cerradas para siempre.
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> Ahí estaba. La amenaza número 47 del día. Perdí la cuenta.
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> Miré mi plato: risotto con trufas. Miré la copa: vino tinto, tan caro que seguro valía más que mi familia entera. Miré a Max: metro noventa , rulos salvajes, barba de tres días y una cara de "te odio" que me daban ganas de...
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> Sonreí.
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> —Tenés razón —dije, dulce como dulce de leche—. Una tiene que cuidar las apariencias. Especialmente cuando es la esposa de Max Hardy.
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> Su cabeza se levantó de golpe. Esos ojos negros se clavaron en mí.
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> —No me llames así —siseó.
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> —¿Esposa? —ladeé la cabeza, inocente—. Pero si firmamos el contrato, _amore_. Soy tu esposa. Por un año. Sin besos, sin tocar... pero con derecho a opinar sobre tu mal gusto para los vinos.
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> Levanté la copa.
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> Y se la tiré encima.
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> Completa.
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> El silencio fue absoluto. El vino tinto se deslizó por su camisa blanca como sangre. Goteó sobre el mantel, sobre el contrato, sobre su regazo.
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> Uno de los guardaespaldas amartilló su arma. El otro dio un paso hacia mí.
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> Max levantó una sola mano.
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> Todos se congelaron.
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> Lentamente, Max se limpió una gota que le corría por la mandíbula con el pulgar. Se lo llevó a la boca. Lo saboreó. Y después me miró como si acabara de declararle la guerra a Italia entera.
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> —Dejen —su voz era un susurro mortal—. De mi esposa... me encargo yo.
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> Se paró. La silla chilló contra el mármol. Caminó alrededor de la mesa, lento, como un depredador. El traje arruinado, la camisa pegada al pecho, y esos rulos castaños cayéndole sobre la frente. Estaba furioso. Estaba carísimo. Estaba... dios mío. Por los clavos de cristo...
>en que estoy pensando???
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> Se frenó detrás de mi silla. Sentí su aliento en la nuca, su perfume caro mezclado con vino.
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> *Mi faja va a explotar si este tipo se me acerca más*, pensé, mientras el corazón me golpeaba las costillas como si quisiera rajar.
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> —Tres mil euros —susurró en mi oído, y sus dedos me agarraron la barbilla, obligándome a mirarlo—. Eso cuesta mi camisa, _piccola_.
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> —Te la cobro a tu familia —me atreví a sonreír, aunque me temblaba hasta el alma—. Como todo lo que rompo, ¿no?
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> Su pulgar me rozó el labio inferior. Una caricia que quemaba.
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> —No —dijo, y sus ojos negros brillaron por primera vez—. Esto me lo vas a pagar vos. En persona.
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> La puerta del comedor se cerró de un portazo. Nos dejó solos.
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> Y yo entendí dos cosas:
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> Una: mi faja sobrevivió de milagro.
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> Dos: acababa de romper algo más que su camisa. Acababa de romperle la primera regla: no provocar al diablo.
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> *Continúa...*
>que vamos hacer niñas ahora si rompí la primer Regla...