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Genety 2 Redention

Genety 2 Redention

Status: Terminada
Genre:Acción / Aventura / Fantasía épica / Completas
Popularitas:31
Nilai: 5
nombre de autor: Au-angell

Después de sobrevivir a la masacre de Buena Suerte, Lía y Dikeet intentan encontrar un lugar en un mundo que las teme y las necesita al mismo tiempo. Pero cuando una nueva amenaza surge de las sombras de BioKal —más antigua, más poderosa y capaz de desafiar al cielo mismo—, las hermanas se ven obligadas a salir de las sombras.

Junto a antiguas enemigas y aliados inesperados, deberán enfrentar una fuerza que no solo quiere destruirlas, sino reescribir lo que significa ser humana… o algo más.

En una carrera contra el tiempo, entre selvas que devoran y ciudades que se apagan, descubrirán que la verdadera batalla no es contra una empresa cruel, sino contra lo que el poder hace con quienes lo persiguen… y con quienes lo rechazan.

Una historia de hermanas, traiciones, rabia y la pregunta que nunca desaparece:
¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar para proteger lo que cres que es tuyo?

NovelToon tiene autorización de Au-angell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 9: Rumbo al corazón del mundo

La nave de escape se encontraba en el hangar auxiliar, con las luces de emergencia aún parpadeando tras el caos reciente. Mientras Dikeet se acercaba con paso firme, escuchó el zumbido de los generadores estabilizando los sistemas. Allí, en la rampa de embarque, sentada sobre una caja metálica, Rubí esperaba, su brazo vendado con vendas gruesas y un dispositivo médico sujetando su hombro.

—Tengo su ubicación. —dijo sin preámbulos, su voz áspera, cansada pero decidida.

Dikeet se detuvo frente a ella. Rubí le mostró un dispositivo de rastreo, donde una línea roja indicaba un recorrido errático: primero un auto robado con rastreador, luego el cambio repentino a un avión privado robado desde un hangar civil.

—Fueron a Ecuador. Hasta una zona remota en la región del Amazonas. Aquí —señaló el punto final del recorrido—. Lo rastreamos con la última señal satelital que pudieron usar antes de desconectarse.

Dikeet tomó el aparato sin decir una palabra. Se dirigió directo a la nave. Rubí la siguió con la mirada, se puso de pie lentamente y antes de que la compuerta comenzara a cerrarse, dijo con dureza:

—No tardaremos tanto. Solo resiste hasta que lleguemos con Lía…

Dikeet asintió una sola vez, sin volverse.

La nave despegó rugiendo, con dos pilotos al frente y cuatro soldados armados, el último equipo de asalto disponible. Desde un balcón de mando, Rubén observó todo en silencio. Entonces, giró una palanca, y toda la isla flotante metálica —la base de la C.D.A.— comenzó a moverse lentamente, cambiando su orientación para seguir el rumbo de la nave.

—Esta vez… no podemos fallar —dijo para sí mismo.

Mientras tanto, en lo profundo de Ecuador…

La selva rugía con vida, pero lo que se acercaba no era natural.

En un claro entre los árboles, una fuerza de mercenarios privados instalaba antenas, armamento, torretas, generadores móviles y drones. Las plantas eran arrancadas para dejar espacio a las carpas blindadas y cañones pesados.

Al centro del operativo, Ayura, de pie sobre una plataforma metálica recién descargada, observaba un mapa táctico. Su nueva armadura brillaba, negra con líneas verdes, y su cabello oscuro ahora tenía mechones verdes metálicos encendidos que latían como si fueran parte viva de ella.

A su lado, un hombre alto, con gafas oscuras y un exotraje de combate metálico, ajustaba los últimos detalles de su casco. Su voz resonaba por el comunicador interno.

—Te dije que no fueras a luchar sola, Ayura. Pero claro… tenías que hacer lo que querías.

—Lo siento. —respondió ella, con una mueca de molestia.

Pero rápidamente volvió a mirar el mapa.

—Aún tenemos los cinco satélites en órbita. Si algo sale mal, podemos bloquear toda respuesta militar.

El hombre soltó una risa seca, algo arrogante.

—Eso no es divertido… yo prefiero ganar limpiamente.

Pero bueno… si vas a gastar todos los recursos en una última jugada, más vale que funcione.

Se ajustó el casco y lo activó. Una máscara blindada cubrió su rostro.

—Aseguren todas las piezas.

Los satélites son el plan B. El plan A es aplastarlos.

¡Ahora muévanse!

A la orden, el ejército se internó en la jungla. Camiones blindados avanzaban por caminos improvisados, drones sobrevolaban la selva, y soldados abrían paso entre los árboles con machetes y mechas térmicas. Más adelante, los sensores indicaban la presencia de una estructura oculta, el siguiente punto clave para asegurar la victoria.

Pero sin saberlo, la furia de una hermana herida ya venía en camino, surcando el cielo, y con ella, el juicio final de quienes pensaban que el mundo era suyo para tomar. 

El equipo de mercenarios llegó hasta una barrera que imitaba a la perfección la selva que la rodeaba. A simple vista parecía una pared natural de vegetación densa, pero era impenetrable. Frente a ella, el líder del escuadrón, sin quitarse las gafas oscuras, colocó una mano enguantada sobre una estructura oculta entre los arbustos. Su armadura brilló tenuemente mientras revisaba viejos planos proyectados en su visor. Con precisión, encontró un punto exacto. Una brecha se abrió lentamente, revelando una entrada oculta.

—Pude haberla roto con un solo puño —dijo Ayura, mientras ajustaba su armadura de combate.

—Lo sé —respondió el hombre sin mirarla—. Pero después de esta barrera… está el cementerio experimental.

—¿Qué es eso? —preguntó Ayura, arqueando una ceja.

—Un lugar del que no queremos que salga nada.

Avanzaron con cautela. Dejarían una facción para resguardar la entrada y guiar a Kambrio y a Hera cuando llegaran.

Mientras tanto, en un avión sobrevolando el cielo estrellado, Hera contemplaba el infinito desde una ventana, su ceño fruncido, el cabello largo color morado cayendo sobre sus hombros. Sus ojos lila brillaban como si estuvieran a punto de quebrarse. En su forma humana, apretaba los puños contra el asiento. La película rodando en la pantalla frente a ella no era más que ruido blanco. Cerró los ojos.

Y recordó.

Muchos jóvenes. Todos juntos. Entrenados como armas vivientes. Ella, al principio, era una brabucona. Disfrutaba molestar a los más débiles. Pero nada en ese lugar era débil por mucho tiempo. Recordaba las agujas. Las mascarillas. Los científicos con trajes sellados. A ella le fue mejor que a otros: su cuerpo mutaba con precisión. Aprendió a manipular sus estados, a controlar su fuerza, su agilidad… Se convirtió en la líder.

Esa escuadra era su familia.

El chico águila: valiente, siempre vigilante. La chica nutria: astuta, veloz, su hermana en espíritu. Entrenamiento intensivo. Duro. Sin descanso. Ellos eran los mejores.

Y luego, los lanzaron en paracaídas. En medio de una guerra que no les pertenecía.

Desde el aire vieron los destellos de artillería. Bombas. Fuego. Muerte. La misión: proteger una ciudad invadida. No sabían a quién defendían, pero les habían dado un objetivo.

—No quiero matar —dijo Hera, ya en tierra, observando los cuerpos.

—Es una guerra. Nadie buscará este cuerpo en este lugar —dijo su amiga, con una sonrisa resignada.

El escuadrón entró en acción. Hera, en su forma de mujer lobo, se convirtió en una sombra mortal. Sus movimientos eran tan precisos que parecía bailar entre explosiones. Mientras sus compañeros eliminaban a los soldados enemigos, Hera desarmaba tanques, quebraba torretas, dejaba vivos a los enemigos, paralizados por el miedo.

Acorralaron al ejército enemigo. Un soldado capturado, tirado en el suelo, sangrando, le respondió cuando ella preguntó:

—¿Por qué pelean? ¿Por qué destruir esto?

—El país ya estaba roto antes de esta guerra… Si hay que hacer un trato con el diablo para ganarla, lo haremos.

Entonces, llegaron ellos.

Una nueva armada. Soldados con armaduras de acero reforzado. Tecnología desconocida. Poderosa. El escuadrón se estremeció. Eran muchos. Demasiados.

—Podemos irnos. Aún podemos salir con vida —dijo la chica nutria.

—¿Y dejar a todos esos civiles? —dijo Hera.

Ella lo sabía detrás de ella la ciudad cercana aún tenía personas en ella.

Todos lo sabían. Esa batalla podía ser la última.

Comenzó el infierno.

Los trajes blindados disparaban con precisión brutal. Explosiones devastaban las calles. Hera no se detenía. Saltaba de edificio en edificio, desgarrando armaduras. Usaba sus garras para perforar los puntos débiles, aplastando los cascos, arrancando los pilotos de su interior. Destrozaba los propulsores dorsales, dejándolos caer como piedras. Usaba partes de las mismas armaduras como proyectiles improvisados.

El chico águila volaba a su lado, atacando con cuchillas afiladas. La nutria corría a ras de suelo, cortando cables, esquivando misiles. Hera los protegía, lanzando autos, bloqueando con sus garras los proyectiles que no podía esquivar.

Un misil cayó cerca. Uno de los suyos quedó en pedazos. Luego otro. Una bala experimental atravesó el cráneo de la chica búho.

Quedaban tres.

El sol desapareció tras una lluvia de misiles.

El suelo se sacudió. Las explosiones cegaban.

Hera se levantó, desangrándose. Su brazo izquierdo colgaba inútil. Frente a ella, los cuerpos de sus amigos: el águila partido en dos. La nutria decapitada. El soldado que la defendió, hecho trizas.

Gritó.

Y luego… el grito se volvió un rugido.

Un destello morado la envolvió.

Su cuerpo mutó al máximo. Se convirtió en un torbellino letal. Cortaba armaduras en dos con sus garras. Su velocidad era imposible de rastrear. Aparecía en la espalda de una armadura, le arrancaba el piloto y desaparecía. Saltaba sobre los tanques, los partía como si fueran papel.

Uno. Dos. Cuatro. Diez. Quince.

Pero entonces… un misil impactó directo en su torso.

Una armadura mucho más grande, blindada, la había detectado.

El misil la arrastró por el aire. Cayó sobre la ciudad. El edificio explotó con ella dentro. Polvo. Fuego. Silencio.

Las armaduras revisaron los restos.

No hallaron a nadie.

Una de ellas la encontró en su forma humana, sin brazo, desangrándose. La observó. No dijo nada. Y se fue. Como si quisiera que muriera en paz.

Al día siguiente, llegaron los de BioKal Industries.

—Los productos fueron un éxito rotundo. Las imágenes que pudimos recopilar indican que son eficaces en combate —decía un científico.

Ella apenas escuchaba. Pero cuando intentó moverse, su cuerpo mutó de nuevo. Activó su forma de mujer lobo. Luchó. Gritó. Pero fue encadenada.

—Increíble… se está regenerando —dijo uno de los hombres con bata—. Pero su sed de sangre es un problema.

Fue arrastrada. Encadenada.

—Ya no es humana. Es una máquina. —La voz sonaba feliz. Orgullosa.

Hera soltó lágrimas. No podía gritar. Un bozal limitaba incluso su respiración.

De golpe, los recuerdos se detuvieron.

Hera abrió los ojos.

Kambrio, al frente, le sonreía desde la puerta del piloto.

—Ya llegamos.

Hera se puso en se colocó el equipo  de combate. Pero su cuerpo temblaba. Dudaba.

Asta que un golpe en la sima del avión las puso alerta cinco garras atravesaron el techo anclando a alguien en el avión.

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