Tras despertar en el cuerpo de la villana condenada a muerte de su novela favorita, una mujer de la época moderna tiene una sola misión: ¡Sobrevivir! Para lograrlo, debe alejarse del imponente Héroe, el hombre destinado a matarla por amor a la protagonista original. Sin embargo, el destino tiene otros planes. Cada intento de huida termina en un encuentro desastroso que ella interpreta como una sentencia de muerte, mientras que él... empieza a ver en la "villana" algo que nunca esperó: un corazón que lo cautiva. Ella corre por su vida, pero él ya ha empezado la cacería... por su amor.
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Capitulo 7: Villana: dos, protagonista: 0
La boutique de Madame Vintage, en teoría, el epicentro del buen gusto en la capital. Sin embargo, para Isabella, en ese momento parece más un círculo de tortura diseñado para poner a prueba su paciencia y su capacidad de no soltar una carcajada poco aristocrática. Elena, con su expresión de falsa modestia que Isabella empiece a detestar cada día más, desfila con el que debe de ser el décimo vestido de la tarde. Isabella, sentada en un diván de terciopelo que se siente como una roca bajo sus nalgas (cortesía de la caída de la mañana), soltó un suspiro de frustración tan largo que Taylor, a su lado, tuvo que darle un codazo discreto para que recuerde sus modales.
El vestido que Elena acaba de elegir es una aberración textil. Es de un tono rosa chillón, casi neón, saturado de encajes, flores de seda de todos los tamaños imaginables y lazos que parecen multiplicarse cada vez que Isabella parpadea. El diseño es tan voluminoso y cargado que Elena casi desapareció bajo las capas de tela. Parece un pastel de bodas que ha cobrado vida y estaba a punto de colapsar bajo su propio peso.
«Estatus y dinero definitivamente no son sinónimo de elegancia», pensó Isabella, conteniendo las ganas de masajearse la cabeza.
Miró a su hermana, quien se pavonea frente al espejo intentando caminar, aunque el vuelo del vestido es tan inmenso que tropezo con sus propios pies. En otra vida, o si Elena no fuera la arpía "quita-prometidos" que es, Isabella habría intervenido. Sabe perfectamente que Elena, con ese cabello negro azabache heredado del Duque y los ojos verdes esmeralda de la Duquesa, se vería espectacular con algo minimalista, algo que resalte su belleza natural en lugar de enterrarla. «Lástima que seas una bruja, hermanita», reflexionó Isabella con una sonrisa interna cargada de veneno. «Si fueras una buena persona, te salvaría de parecer un adorno de mesa de quinceañera. Pero como eres una traidora, voy a dejar que te ridiculices solita. Adelante, brilla como una luciérnaga radioactiva».
Cuando finalmente llegó el turno de Isabella, la atmósfera en la boutique cambió. Ella no tuvo intenciones de perder tres horas más. Tiene hambre (aunque el corsé no le permita saciarla) y quiere irse a casa a dormir otro de sus sueños pesados. Se probó el primer vestido: demasiado pomposo. El segundo: el color la hace parecer enferma. Pero el tercero... el tercero fue el indicado. Cuando salió del probador, incluso las modistas guardaron silencio. Es un vestido verde esmeralda profundo, de un raso tan fino que parece brillar bajo la luz de las lámparas de cristal. El corte princesa es impecable, con un escote de corazón discreto que resalta sus clavículas sin ser vulgar. Pero el toque maestro son los guantes de encaje negro que llegan por encima del codo y los bordados dorados que recorren la falda y el corpiño, tan detallados y brillantes que parecen hilos de oro puro fundido sobre la tela. Isabella se miró al espejo y, por un momento, olvidó que su final original es la guillotina. Se ve poderosa. Se ve como una reina que no necesita a ningún duque infiel para reclamar su trono. Elena, que sigue enfundada en su monstruosidad rosa, se quedó lívida. Sus ojos verdes esmeralda (idénticos al color del vestido de Isabella) se abrieron con una mezcla de envidia y codicia que no pudo ocultar.
__Yo quiero ese vestido, hermana) Soltó Elena con esa voz dulce y melosa que usa para manipular a todo el mundo.
Isabella sintió que una vena le palpito en la frente. Tuvo que morderse la lengua con tanta fuerza que saboreó su sangre para no gritarle: «¡Envidiosa! ¿No te bastó con el hombre? ¿Ahora también quieres mi ropa?». Sin embargo, antes de que pudiera articular una respuesta diplomáticamente ácida, una voz gélida cortó el aire.
__Elena, ese vestido ya ha sido elegido por tu hermana__. La Duquesa se puso en pie, cerrando su abanico con un golpe seco que resonó en toda la boutique. Su expresión ya no es la de la madre paciente que ha observado el desfile de vestidos feos; es la de una mujer noble que esta llegando al límite de su tolerancia.
__La boutique está llena de vestidos__. Continuó la Duquesa, clavando su mirada en Elena.
__Y resulta que te va a gustar justamente el que ha elegido Isabella cuando tú ya habías seleccionado uno. Si ya no te gusta el tuyo, busca otro, pero no volverás a repetir lo del "cambio". Ya suficiente tengo con que te hayas quedado con el prometido de tu hermana para que ahora también quieras su vestido__. Elena palideció. La mención directa al escándalo del prometido fue como una bofetada. Intentó hablar, abrir la boca para soltar alguna excusa victimista, pero la mirada de su madre la silenció.
La frustración la consume por dentro; no soporta ver que Isabella se ve infinitamente mejor que ella, resaltando sus atributos físicos con elegancia mientras ella misma, en su afán de opulencia, parece un adorno mal puesto. Inconforme y herida en su orgullo, Elena cambió su elección por puro despecho. Eligió un vestido rojo sangre, similar en corte al de Isabella pero sin el elegante escote de corazón. Insistió en usar guantes blancos y pidió bordados dorados idénticos a los de su hermana. El resultado es una copia barata y desesperada que hizo que la Duquesa arrugara la cara en un gesto de profunda molestia. No entiende en qué momento Elena se ha vuelto tan obsesiva con arrebatarle todo a Isabella, especialmente cuando ambas han sido criadas con el mismo amor y privilegios.
La guerra continuó con las joyas. Elena intentó reclamar un collar de perlas que Isabella había señalo primero, pero la victoria volvió a ser para la mayor. Isabella se movió con una confianza nueva, una que Elena no logra descifrar, y cada pequeño triunfo de Isabella deja a Elena peor parada ante los ojos de su madre. La Duquesa empieza a ver bajo la máscara de "dulzura" de su hija menor, y lo que encuentra le desagradaba profundamente. Para cerrar la "tarde de tortura", decidieron tomar el té en una de las pastelerías más exclusivas del centro.
Isabella mira el plato frente a ella con ganas de llorar. Es una porción de dulce tan minúscula que, a sus ojos modernos, parece una muestra gratis.
__¿Esto es todo?__. Murmuró para sí misma.
Incluso si hubiera sido un pastel gigante, el corset seguía cumpliendo su función de guardián de su estómago. Cada sorbo de té se sintió como si estuviera intentando llenar un recipiente que ya esta a presión. Isabella comió sus migajas de pastel con una elegancia fingida, mientras su humor cayó en picada por la falta de glucosa real. El camino de regreso en el carruaje fue, si cabe, más tenso que el de ida. El silencio fue tan denso que se pudo haber cortado con un cuchillo. Elena mira por la ventana con los labios apretados, rumiando su derrota en la boutique. Isabella, por su parte, intenta no desmayarse por la falta de aire y comida, manteniendo una postura rígida que Taylor observa con preocupación desde el asiento delantero. Esta vez, la Duquesa no se mantuvo ajena. Observa a sus dos hijas en silencio, analizando la brecha insalvable que se ha abierto entre ellas. Miró a Isabella, que parece haber madurado de golpe, mostrando una fuerza y una dignidad que nunca antes había visto. Luego miró a Elena, cuya belleza parece opacarse por la sombra de la malicia y la envidia.
La Duquesa tomó una decisión silenciosa. Va actuar. No piensa perder a su familia, y sabe que el Duque opinara lo mismo. Tendrán que encontrar la forma de corregir a Elena y detener esa espiral de ambición antes de que haga algo de lo cual nadie, ni siquiera su linaje, podrá salvarla. Isabella, ajena a los planes de su madre, solo cerró los ojos y se apoyó contra el respaldo del carruaje.
«Solo un poco más...», pensó. «Llévenme a casa, quítenme este corset y déjenme dormir hasta que el mundo se olvide de que existo. Sobrevivir a una novela es agotador, especialmente cuando tu hermana tiene el gusto de un pavo real borracho».