Ella es obligada a tomar el lugar de su hermana en un matrimonio arreglado entre clanes de la mafia
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Capitulo 22
Los días siguientes fueron un desfile de cajas negras con lazos de seda.
La primera apareció en la mañana después de la fiesta. Alma la encontró sobre la mesa del comedor, junto a su lugar habitual. Dentro había un collar de diamantes, grueso y brillante, de esos que solo se usan en galas importantes. No había tarjeta. No hacía falta.
Alma lo miró un instante. Luego cerró la tapa y lo dejó a un lado.
Carmina, que la observaba desde la entrada, se atrevió a preguntar:
—¿No quiere probárselo, señora?
—No.
La segunda caja llegó esa misma tarde. Esta vez era un par de aretes de esmeraldas. Alma los sacó del estuche, los sostuvo un segundo bajo la luz, y los devolvió a su lugar sin una palabra.
La tercera fue al día siguiente. Un brazalete de zafiros. Alma lo dejó sobre la mesita de noche, junto al collar y los aretes, como un montón de objetos vacíos que no significaban nada.
Porque no significaban nada.
Él creía que podía compensar las palabras que había dicho con piedras preciosas. Como si ella fuera una de sus inversiones, una cuenta que saldar con unos cuantos regalos.
No iba a morder el anzuelo.
Alma se volvió más distante. No fría —ella ya había sido fría con él desde la discusión—, sino indiferente. Como si Alessandro Moretti fuera un mueble más en esa mansión. Algo que estaba allí, pero que no merecía su atención.
En los desayunos, comía en silencio. Cuando él hablaba, ella no respondía. Cuando le pedía algo, ella lo hacía sin discutir, pero también sin mirarlo, como si fuera una orden cualquiera, sin importancia.
Alessandro intentó provocarla. Una vez, en la mesa, le preguntó sobre su día. Alma respondió con un monosílabo y siguió comiendo. Otra vez, le pidió que lo acompañara a una reunión. Ella asintió, se subió al coche, se sentó a su lado, y no le dirigió la palabra durante todo el trayecto.
No lo ignoraba. Simplemente… lo trataba como a un desconocido.
Y eso, de alguna forma, era peor que los gritos.
Pero si la situación ya era tensa, al cuarto día se volvió insoportable.
—Señora —Carmina entró en su habitación con una expresión que Alma ya conocía—. El señor Moretti ha recibido una visita. La señorita Vanessa. Dice que se quedará una temporada.
Alma sintió cómo algo se le helaba en el pecho.
—Gracias, Carmina. Puedes retirarte.
Carmina dudó un segundo, como si quisiera decir algo más. Pero al final solo asintió y cerró la puerta con cuidado.
Alma se quedó en medio de la habitación, con los brazos cruzados.
Vanessa. En la mansión. Bajo el mismo techo.
Alessandro no había dicho nada. No había preguntado. No había considerado si a ella le molestaba. Porque su opinión no importaba.
Una risa amarga escapó de sus labios.
Claro. ¿Por qué no? Ya le había dejado claro lo que pensaba de ella en el coche. Una inversión. Un estorbo. Algo de lo que sus padres querían librarse. Si Vanessa quería vivir en su casa, ¿qué derecho tenía ella a objetar?
Ninguno.
Vanessa se instaló en el ala este de la mansión, en una habitación que, según los empleados, había sido decorada especialmente para ella años atrás. Alma no preguntó. No quería saber.
Pero la presencia de Vanessa se hizo sentir desde el primer día.
En el desayuno, apareció con una bata de seda que dejaba ver más de lo que cubría, sentándose junto a Alessandro con una familiaridad que hacía evidente que no era la primera vez que ocupaba ese lugar.
—Buenos días, Ariana —dijo Vanessa, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Espero que no te moleste que me quede. Alessandro y yo tenemos tantas cosas de qué hablar.
—No me molesta —respondió Alma, sin levantar la vista del plato.
—Qué alivio. Pensé que podrías sentirte incómoda.
—No tengo motivos para sentirme incómoda.
Vanessa arqueó una ceja, pero no dijo nada más. Alessandro observaba la escena en silencio, con la mandíbula tensa.
Alma no lo miró ni una vez.
Los días siguientes fueron un calvario.
Vanessa se encargaba de estar presente en cada momento que Alma compartía con Alessandro. En las comidas, se sentaba a su lado. En las tardes, lo acompañaba al jardín. En las noches, lo esperaba en el salón con una copa de vino y una sonrisa que parecía decir "yo estaba aquí antes que tú".
Y siempre, siempre, había un comentario.
—Ay, Ariana, qué vestido más sencillo usas. ¿No te gusta vestirte mejor? Yo podría prestarte algunas cosas.
—No hace falta.
—¿Y ese collar? ¿No te gustan las joyas que te regala Alessandro? Yo las usaría todos los días.
—Puedes usarlas si quieres. Están en mi mesita de noche.
Vanessa sonrió, como si hubiera ganado algo. Alma no le dio el gusto de mostrar ninguna reacción.
Pero las pequeñas humillaciones se acumulaban. Una tras otra.
Un día, Vanessa se sentó al piano del salón y tocó una pieza que, según dijo, Alessandro había compuesto para ella cuando eran jóvenes. Alma escuchó desde el pasillo, con los dedos apretados contra la palma de la mano.
Otro día, Vanessa dejó una fotografía antigua sobre la mesa del comedor. Ella y Alessandro cuando eran niños, abrazados, sonriendo. Alma la vio al entrar. Alessandro también. Ninguno de los dos dijo nada.
Y cada noche, antes de dormir, Alma escuchaba la risa de Vanessa en los pasillos, conversando con Alessandro sobre viejos tiempos, sobre recuerdos que ella no compartía.
Se encerraba en su habitación, se sentaba en el borde de la cama, y esperaba a que el silencio regresara.
Una tarde, Alma bajó a la cocina para prepararse un té. Carmina estaba allí, con el rostro encendido por la indignación contenida.
—Señora —dijo en voz baja, asegurándose de que nadie más escuchara—. ¿No va a hacer nada?
—¿Hacer qué? —preguntó Alma, mientras vertía agua caliente en la taza.
—Esa mujer… la señorita Vanessa… está por toda la casa como si fuera la dueña. Los empleados no saben a quién obedecer. Y el señor…
—El señor hace lo que quiere —la interrumpió Alma—. Como siempre.
—Pero usted es su esposa.
—Soy su esposa por un pacto, Carmina. Nada más.
Carmina la miró con los ojos llenos de algo que parecía pena.
—Señora…
—No me compadezcas —dijo Alma, y aunque su voz era suave, había un filo en ella—. No lo necesito.
Tomó su taza y subió a su habitación.
Alessandro notaba cada ausencia.
La forma en que Alma se levantaba de la mesa antes de que él terminara de comer. La manera en que sus pasos se apresuraban cuando lo escuchaba acercarse. El vacío que dejaba en los salones cuando Vanessa entraba.
Ella se esfumaba. Se volvía invisible.
Y él, que había deseado que dejara de desafiarlo, ahora se encontraba esperando que dijera algo. Cualquier cosa.
—Estás distraído —dijo Vanessa, apoyando la mano en su brazo.
Estaban en el salón, con una copa de vino entre los dos.
—No es nada —respondió Alessandro, apartando la mano.
Vanessa sonrió, pero sus ojos se estrecharon.
—Es ella, ¿verdad? Tu esposa.
—He dicho que no es nada.
—No te había visto así nunca. Ni siquiera cuando yo me fui.
Alessandro no respondió. Tomó la copa y bebió un sorbo largo.
—Ten cuidado —dijo Vanessa, y en su voz había un dejo de advertencia—. Las esposas arregladas son solo eso. Arregladas. No te confundas.
Alessandro la miró con dureza.
—Yo sé muy bien lo que hago.
—Claro —dijo Vanessa, con una sonrisa—. Tú siempre lo sabes.
Se levantó del sofá y se acercó a la ventana.
—Solo digo que no te olvides de quién es. Una De Luca. Su familia no es de fiar. Y ella tampoco.
Alessandro apretó la copa con más fuerza de la necesaria.
No necesitaba que Vanessa se lo recordara.
Sabía quién era. Sabía de dónde venía. Sabía que estaba allí por un pacto, no por elección.
Entonces, ¿por qué no podía dejar de mirar la puerta por la que ella siempre se iba?
Arriba, en su habitación, Alma miraba el techo con los brazos cruzados.
Las joyas seguían en la mesita de noche, intactas. Vanessa seguía abajo, con él, riendo, recordando, ocupando el lugar que a ella nunca le había correspondido.
Apretó los dientes.
No sentía celos. No podía sentir celos de algo que nunca había sido suyo.
Pero sentía rabia. Una rabia fría que le recorría el cuerpo.
No iba a luchar por él. No iba a competir con Vanessa. No iba a rebajarse a mendigar migajas de un hombre que la había llamado "inversión" y "estorbo".
Iba a hacer algo mejor.
Iba a desaparecer.
Y cuando lo hiciera, Alessandro Moretti podía quedarse con sus joyas, con su mansión, con su Vanessa y con su pacto.
Pero ella no iba a ser su inversión. No iba a ser su esposa de mentira. No iba a ser suya.
Nunca más.