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Reencarnada Para Limpiar Mi Nombre

Reencarnada Para Limpiar Mi Nombre

Status: En proceso
Genre:Época / Reencarnación / Venganza
Popularitas:7k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Fui obligada a casarme con un Duque y después de ello me inculparon de haberlo asesinado!!

- ¡Pero si yo no fui!

Gracias al cielo por darme una segunda oportunidad.
¡Esta vez no seré la dulce Viollet, me vengaré y limpiaré mi nombre!

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: El fuego antes de la tormenta

Viollet

La noche antes de la batalla, el cielo se tiñó de rojo.

No era un presagio, me dije. Era solo el atardecer, el sol hundiéndose tras las montañas con una violencia que pintaba las nubes de sangre y fuego. Pero en el fondo de mi corazón, donde guardaba los recuerdos de otra vida, sabía que los presagios no existían. Solo existían las decisiones. Y las nuestras estaban tomadas.

Rubén estaba a mi lado, en lo alto de la torre sur del palacio, con los brazos apoyados en el parapeto y la mirada fija en el horizonte. Llevaba la armadura puesta —una armadura oscura, sin adornos, marcada por las batallas— y su espada descansaba en su cadera como una extensión de su cuerpo.

—¿Estás listo? —pregunté, aunque ya conocía la respuesta.

—Nunca se está listo para la guerra —respondió, sin volverse—. Solo se está menos despreparado.

—Eso no es muy tranquilizador.

—No pretendo tranquilizarte. Pretendo que estés alerta.

Me acerqué a él y apoyé la cabeza en su hombro. El metal de su hombrera estaba frío contra mi mejilla, pero su cuerpo irradiaba un calor que ninguna armadura podía ocultar.

—He estado alerta durante dos vidas —dije—. Creo que merezco un descanso.

—Cuando esto termine, te daré todos los descansos que quieras.

—Me lo prometiste la última vez.

—Y te lo prometo ahora. Y te lo prometeré todas las veces que haga falta.

Me incorporé y lo miré a los ojos. En la luz rojiza del atardecer, sus pupilas grises parecían brasas.

—Esta batalla —dije—. ¿Crees que podemos ganarla?

—Sí.

—¿Sin trampas? ¿Sin artimañas?

—Con las artimañas que he preparado. Pero sí. Podemos ganarla.

—¿Y Grecia?

Rubén enmudeció. Sus dedos, que habían estado apoyados en el parapeto, se cerraron sobre la piedra con una fuerza que blanqueó sus nudillos.

—Grecia es una mujer. No una diosa. Puede ser herida. Puede ser capturada. Puede ser muerta.

—Pero también puede escapar.

—También puede escapar —admitió—. Pero esta vez, no la perseguiremos.

—¿No?

—No. Esta vez, la dejaremos ir. Porque si la perseguimos, caeremos en su juego. Y su juego es hacernos correr detrás de ella mientras Aldric quema nuestras tierras.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Ganar la guerra. Destruir el ejército de Aldric. Dejar a Grecia sola, sin aliados, sin ejército, sin refugio. Y entonces, cuando no le quede nada, vendrá a nosotros. Porque las serpientes siempre vuelven a su madriguera.

—¿Y si no vuelve?

—Entonces habremos ganado igual.

Lo miré largo rato, buscando en su rostro la fisura que delatara la mentira. Pero no la encontré. Rubén Dubrey, el hombre de hielo, se había convertido en un estratega que veía más allá de la venganza. Y eso, paradójicamente, me daba más miedo que su furia.

—Eres un hombre peligroso —dije.

—Lo sé.

—Me gusta.

Sonrió, y esa sonrisa borró por un instante la tensión de los últimos días.

—A mí también me gustas —dijo—. Por eso vamos a ganar.

---

Rubén

Bajamos de la torre cuando las estrellas empezaban a brillar.

El campamento se extendía en la llanura al sur del palacio: quinientas tiendas, cuatro mil hombres, un bosque de lanzas y estandartes ondeando al viento. Los soldados afilaban sus espadas junto a las hogueras, y el olor a pan y a carne asada se mezclaba con el de la brea y el cuero.

Lars nos esperaba en la puerta del cuartel general, con un pergamino en la mano y el rostro grave.

—Señor, los exploradores acaban de regresar. Aldric ha acampado en el valle de Tordis, a un día de marcha del paso de Hierro. Tiene siete mil hombres, como dijeron los espías. Pero hay algo más.

—Dime.

—Grecia no está con él.

El corazón me dio un vuelco.

—¿Dónde está?

—No lo sabemos. Los exploradores la vieron salir del campamento al anochecer, con una escolta de diez hombres. Tomó el camino del este, hacia las montañas.

—¿Hacia el este? —Violtet dio un paso al frente, con el rostro pálido—. Ese camino lleva a…

—A la fortaleza de Orth —terminé por ella—. La que saqueamos.

—¿Qué querrá allí? —preguntó Lars.

—No lo sé —respondí, aunque una sospecha comenzaba a formarse en mi mente—. Pero no podemos dividir nuestras fuerzas para perseguirla. Aldric es la prioridad.

—¿Y si Grecia encuentra algo en la fortaleza? ¿Algo que pueda usar contra nosotros?

—La fortaleza está vacía. La saqueamos. No hay nada.

—Eso creemos —intervino Viollet, con voz tensa—. Pero mi padre era un hombre que escondía secretos incluso de sus propios aliados. Puede que haya algo allí que nosotros no encontramos.

La miré, y en sus ojos violetas vi el mismo miedo que me corroía a mí.

—¿Qué sugieres?

—Enviar a un grupo pequeño. Que vayan a la fortaleza y registren cada rincón. Si encuentran algo, que lo traigan. Si no, que vuelvan.

—Eso dividirá aún más nuestras fuerzas.

—No necesitamos muchos. Una docena de hombres bastará.

Lo pensé un instante. Luego, negué con la cabeza.

—No podemos arriesgarnos. Aldric nos supera en número. Necesitamos cada espada.

—Entonces iré yo —dijo Viollet, y su voz fue un disparo—. Con Mira. Con los hombres que quieras darme. Pero tengo que saber qué está tramando Grecia.

—¿Iras tú? —Lars arqueó una ceja—. Duquesa, eso es una locura.

—Es una locura no hacerlo —respondió ella, con una firmeza que me recordó por qué me había enamorado—. Grecia es mi hermana. Mi responsabilidad. No puedo quedarme aquí esperando mientras ella juega sus cartas.

—Viollet… —comencé, pero ella me interrumpió.

—No intentes disuadirme, Rubén. He tomado una decisión.

La miré largo rato, buscando en su rostro la duda que me permitiera convencerla. Pero no la encontré. Solo vi determinación. La misma que había visto cuando me salvó la vida en la biblioteca, cuando enfrentó a su padre en la cueva, cuando me siguió al norte para cazar a Grecia.

—Está bien —dije, y las palabras me supieron a derrota—. Pero irás con veinte hombres. Los mejores. Y si no regresas en tres días, iré a buscarte personalmente.

—Regresaré —dijo ella, y por un instante, su máscara de calma se resquebrajó—. Te lo prometo.

La besé, y el beso fue breve, casi casto, pero en él había una despedida que ninguno de los dos quería pronunciar.

—Cuídate —dije contra sus labios.

—Siempre —respondió.

Y se fue, con la capa negra ondeando al viento y la daga al cinto, seguida por Lars y los veinte hombres que le había asignado.

Me quedé solo frente al campamento, con el corazón en un puño y la certeza de que acababa de cometer el error más grande de mi vida.

---

Viollet

Cabalgamos toda la noche.

El camino a la fortaleza de Orth era el mismo que habíamos recorrido semanas atrás, cuando mi padre aún vivía y la conspiración no había sido desenmascarada. Pero ahora todo era diferente. Los árboles parecían más oscuros, el viento más frío, y en cada sombra creía ver a Grecia acechándome con su sonrisa de serpiente.

—Duquesa —dijo Lars, acercando su caballo al mío—. Deberíamos descansar. Los caballos están agotados.

—No podemos. Grecia nos lleva ventaja.

—Si los caballos caen, llegaremos más tarde que si los dejamos descansar.

Lo miré, y supe que tenía razón. Aunque me doliera.

—Está bien. Una hora. Ni un minuto más.

Acampamos junto a un arroyo, en un claro rodeado de robles. Los hombres desmontaron y dieron de beber a los caballos mientras yo me sentaba en una roca, con la daga en la mano y la mirada fija en la oscuridad.

—Duquesa —dijo Lars, sentándose a mi lado—. ¿Por qué está tan segura de que Grecia va a la fortaleza?

—Porque no tiene adónde más ir —respondí—. Aldric la acoge, pero no confía en ella. La usa. Grecia lo sabe. Por eso busca algo que le dé poder sobre él. Algo que la convierta de aliada en dueña.

—¿Y cree que ese algo está en la fortaleza?

—Mi padre era un hombre que coleccionaba secretos. Los guardaba como otros guardan oro. Si hay algo que pueda darle ventaja a Grecia, estará allí.

Lars asintió, aunque su expresión seguía siendo sombría.

—Y si lo encuentra, ¿qué hará?

—No lo sé. Pero no pienso dejar que lo use.

—¿La matará?

La pregunta flotó en el aire como un cuchillo.

—Si es necesario —respondí, y la verdad me supo a ceniza.

---

Rubén

Al amanecer, el ejército de Aldric apareció en el horizonte.

Siete mil hombres, como habían dicho los espías. Sus armaduras brillaban bajo el sol naciente, y sus estandartes —un lobo negro sobre fondo rojo— ondeaban al viento como lenguas de fuego.

—Se acerca —dijo el general Morwen a mi lado, con los prismáticos pegados a los ojos—. Llevan máquinas de asedio. Catapultas, arietes, torres de asalto.

—Lo sé —respondí, aunque no lo había visto hasta entonces—. Formen la línea de batalla. Arqueros al frente, infantería detrás. La caballería en los flancos.

—¿Y los hombres de Lars?

—Lars está con la duquesa. Volverá cuando pueda.

Morwen asintió, aunque su expresión dejaba claro que no aprobaba la división de fuerzas.

—Dioses nos ayuden —murmuró, mientras se alejaba a dar las órdenes.

Me quedé solo en la colina, observando cómo el ejército enemigo se desplegaba en el valle. Siete mil hombres. Era una cifra que sonaba a sentencia.

Pero yo no había llegado hasta allí para rendirme.

Desenvainé mi espada y la sostuve en alto. El sol se reflejó en el acero, cegándome por un instante.

—¡Por Giosem! —grité, y mi voz resonó en las colinas como un trueno.

—¡Por Giosem! —respondieron mis hombres, y el eco de sus voces fue el único dios al que rezaba.

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Viollet

Llegamos a la fortaleza de Orth al mediodía.

Las puertas estaban abiertas de par en par, como si esperaran nuestra llegada. El patio interior estaba vacío, pero en el suelo había marcas de herraduras frescas. Grecia había llegado antes que nosotros.

—Está aquí —dijo Lars, desmontando con la espada en la mano.

—Lo sé —respondí, desmontando también—. Vamos.

Subimos las escaleras de piedra que llevaban a la torre principal, con las armas desenvainadas y los sentidos en alerta. El silencio era absoluto, roto solo por el eco de nuestros pasos y el goteo de una fuente rota en algún lugar del jardín.

La puerta del estudio de mi padre estaba entreabierta.

La empujé con la punta de la daga y entré.

Grecia estaba allí.

De pie frente a la chimenea apagada, con un pergamino en la mano y una sonrisa en los labios.

—Hola, hermana —dijo, sin volverse—. Sabía que vendrías.

—Suelta el pergamino —ordené, con la daga en alto.

—¿Esto? —Grecia agitó el papel en el aire, como si fuera un pañuelo—. Es solo una carta de nuestro padre. Nada importante.

—Entonces no te importará dármela.

—Me importa. Porque es la única prueba de que tú no eres la heredera legítima del tesoro.

El mundo se detuvo.

—¿Qué? —pregunté, con la voz quebrada.

—Oh, ¿no lo sabías? —Grecia se volvió hacia mí, y en sus ojos grises vi un brillo de triunfo—. Nuestro padre no era tu padre. Tu madre ya estaba embarazada de ti cuando se casó con él. Tú eres hija del rey, Viollet. La hija bastarda del anterior rey. La hermana de Emilio Rosen. Por eso el tesoro era tuyo. No por matrimonio, sino por sangre.

—Mientes.

—No miento. Aquí está la prueba. La carta que nuestro padre —el conde, quiero decir— escribió antes de morir. Confesándolo todo. El engaño, la violación, el asesinato. Y también tu verdadero origen.

Grecia me tendió el pergamino. Lo tomé con dedos temblorosos y leí.

Y mientras leía, el mundo se derrumbaba piedra a piedra.

No era hija del conde Sergio Ritman. Era hija del rey. La hermana del hombre que me había condenado a muerte en otra vida.

—¿Por qué? —pregunté, alzando la vista hacia Grecia—. ¿Por qué me dices esto?

—Porque quiero que sepas la verdad antes de morir —respondió ella, desenvainando una daga que había escondido en su bota—. Quiero que sepas que todo lo que has luchado, todo lo que has sufrido, ha sido por una mentira. No eres la hija de un conde violador. Eres la hija de un rey cobarde. Y eso, hermana, es mucho peor.

Se abalanzó sobre mí con la daga en alto, pero yo ya estaba en movimiento.

Mi daga encontró la suya en el aire, y el acero chirrió al rozarse. Grecia era rápida, más rápida de lo que recordaba, pero yo había muerto una vez. No iba a morir dos.

Nos enfrentamos en el centro del estudio, con las dagas brillando bajo la luz de la chimenea apagada. Ella atacaba con furia, yo defendía con desesperación. Los hombres de Lars intentaron intervenir, pero yo les grité que se quedaran atrás.

—¡Esto es mío! —grité, mientras bloqueaba otra estocada—. ¡Nadie intervenga!

Grecia rió, y su risa era un sonido agudo, casi histérico.

—¡Siempre tan orgullosa! —jadeó, mientras nuestras dagas se enredaban en un bloqueo—. ¡Siempre tan segura de ti misma! ¿Pero de qué sirve el orgullo cuando estás sola, Viollet? ¿De qué sirve cuando nadie te quiere de verdad?

—Yo tengo a alguien que me quiere —respondí, y en mi voz había una certeza que ella no podía quebrar—. Rubén me ama. Y yo lo amo. Tú, en cambio, nunca has amado a nadie. Por eso estás sola. Por eso siempre lo estarás.

Grecia lanzó un grito de furia y me embistió con el hombro. Caímos al suelo, rodando entre los muebles rotos, y su daga se clavó en mi brazo izquierdo. El dolor fue un fogonazo blanco, pero no solté la mía.

—¡Muerete! —gritó Grecia, con los ojos desencajados—. ¡Muérete de una vez!

—No —dije, y con un movimiento que me costó todas las fuerzas que me quedaban, clavé mi daga en su costado.

Grecia abrió los ojos de par en par. Su boca se abrió, pero no salió ningún sonido. La sangre brotaba de la herida, tiñendo su vestido azul de rojo.

—Tú… —susurró, con los labios temblorosos—. Tú…

—Lo siento —dije, y era verdad. A pesar de todo, lo sentía—. Lo siento, Grecia.

Cayó a un lado, con los brazos extendidos y la mirada fija en el techo. Su pecho se elevó y se hundió una, dos, tres veces. Y luego, se quedó inmóvil.

—¡Duquesa! —Lars se arrodilló a mi lado, con el rostro pálido—. ¡Está herida!

—No es nada —respondí, aunque la sangre brotaba de mi brazo y el dolor me nublaba la vista—. Solo un rasguño.

—¡Un rasguño! —Lars me levantó en vilo como si no pesara nada—. Llevémosla al campamento. ¡Rápido!

Los hombres me rodearon, pero yo no podía apartar la mirada del cuerpo de Grecia. Estaba muerta. Mi hermana estaba muerta. Y yo la había matado.

Cerré los ojos y dejé que la oscuridad me envolviera.

---

Rubén

La batalla había comenzado.

Las catapultas enemigas lanzaban piedras contra nuestras líneas, y los arqueros respondían con flechas incendiarias que incendiaban el cielo. El estruendo era ensordecedor, y el olor a pólvora y a sangre se mezclaba con el de la tierra húmeda.

—¡Mantengan la línea! —grité, mientras la infantería enemiga cargaba contra nosotros.

Mi espada se movía por sí sola, cortando, bloqueando, matando. No pensaba. No podía. Solo sentía el ardor en los brazos y el peso de la armadura.

—¡Señor! —gritó un soldado, señalando hacia el flanco izquierdo—. ¡La caballería!

Una oleada de jinetes enemigos cargaba contra nuestra posición, con las lanzas en ristre y los estandartes ondeando.

—¡Piqueros, al frente! —ordené, mientras mi caballo daba un respingo.

Los piqueros se colocaron en formación, con las lanzas clavadas en el suelo y las puntas hacia arriba. Los jinetes enemigos se estrellaron contra ellos como olas contra un acantilado, y el caos se apoderó del campo de batalla.

Y entonces, en medio de todo, vi un caballo blanco.

Grecia no. Era otro. Un jinete con armadura dorada.

Aldric.

Estaba en la retaguardia, dirigiendo a sus hombres con gestos bruscos. Si lograba llegar hasta él, la batalla terminaría.

—¡Conmigo! —grité, espoleando mi caballo hacia la retaguardia enemiga.

Mis hombres me siguieron, abriéndose paso entre los soldados de Aldric como una cuña de acero. Las flechas silbaban a mi alrededor, pero no me detuve. No podía.

Cuando llegué a la colina donde estaba Aldric, él ya me esperaba con la espada desenvainada.

—Duque Dubrey —dijo, con una sonrisa que me heló la sangre—. Qué honor.

—El honor es mío —respondí, desmontando de un salto—. Ríndete, Aldric. Tu ejército está perdido.

—Mi ejército tiene siete mil hombres. El tuyo, cuatro mil. No estoy perdido.

—Entonces pelea.

Cargamos el uno contra el otro, y nuestras espadas se encontraron en el aire con un sonido que resonó en las colinas. Aldric era fuerte, más fuerte de lo que esperaba, pero yo había luchado en cien batallas. Había visto morir a mis amigos. Había matado a mis enemigos.

Esta no sería la excepción.

Nuestros aceros chocaron una y otra vez, y yo sentí cómo la herida de mi costado comenzaba a abrirse, cómo la sangre empapaba mi camisa bajo la armadura. Pero no me detuve.

—¡Ríndete! —grité, mientras lo desarmaba con un golpe seco.

Aldric cayó al suelo, con la espada volando fuera de su alcance.

—Te rindes tú —dijo, con una sonrisa que se borró cuando vio la punta de mi espada en su garganta.

—No —respondí—. Yo gano.

Los soldados de Aldric, al ver a su rey derrotado, empezaron a deponer las armas. La batalla terminó tan rápido como había comenzado.

Me arrodillé junto a Aldric y lo até con mis propias manos.

—Llévenselo al rey —ordené a mis hombres—. Y que le digan que Rubén Dubrey cumple sus promesas.

---

Viollet

Desperté en una tienda, con el brazo vendado y la cabeza pesada.

—¿Rubén? —pregunté, incorporándome con esfuerzo.

—Está vivo —dijo Lars, que estaba sentado junto a la entrada—. Venció a Aldric. La guerra ha terminado.

—¿Grecia?

Lars bajó la vista.

—Murió, duquesa. Usted la mató.

Cerré los ojos y dejé que las lágrimas corrieran.

—Lo sé —dije—. Lo recuerdo.

—Lo siento.

—No lo sientas. Ella eligió su camino. Yo elegí el mío.

—¿Y ahora qué?

Abrí los ojos y miré hacia la entrada de la tienda, donde la luz del sol empezaba a filtrarse.

—Ahora, a vivir —dije—. Por fin.

__________________________________

Gracias por leer 😊

Recuerden apoyarme 👍🏻

1
DAISY VARGAS
el reencarno también 🤔
Iliana Curiel
Vaya autora me encantó este capítulo, me enamoré y me encanta que haces que vea cada lugar y sentimientos de los protas, que bonito gracias 🥰🥰🥰
inuyasha/ Tomoe🦊
estoy pérdida el rey que sería? es Emiliano?
inuyasha/ Tomoe🦊
quiero ver la caída del Rey, esperen Emilio que es el hermano de la madre de ella. el sería el rey?
🦋Akiro🦋
👏
noem
este capítulo no debería ir antes 👀👀
osea si está bien publicado o se publicó primero uno y después el otro
por qué a como medio entendí se supone este iba antes (osea este vendría siendo el caso 9 ) o da igual ?
Jisieli: tengo q revisar
total 1 replies
noem
gracias por publicar
Alberto Ayala
interesante 🥰se va poniendo muy interesante 🤭
(˃̣̣̣̣̣̣︿˂̣̣̣̣̣̣ )SOMEBODY
Me E N C A N T A 😌💅 DIVA EMPODERARA💅😌💅💅
Beatriz Diaz
👏muy bien gracias buenas imágenes
inuyasha/ Tomoe🦊
ya necesito la declaración de que ella renació y el de una cierta manera también pero sin recuerdos
inuyasha/ Tomoe🦊
AHHH necesito más capítulos o me va agarrar algo lo jurooooo
autora un maratón está joya se merece un maratón 🔥🔥🔥
Iliana Curiel
ahhhhh dios mío está ansiedad por leer más jajajaja ya me quedé sin uñas autora,
gracias mil gracias me encanta tu novela eres una escritora maravillosa ❤️❤️🥰🥰
Iliana Curiel
dios mío autora me mori, me regresé y me derretir por ese beso ansiado. ❤️❤️❤️❤️
Iliana Curiel
Esa hermana espero y sufra por lo que hizo
Iliana Curiel
me encanta tu historia autora 🥰🥰🥰🥰
Jisieli: Muchas gracias ❤️✨
total 1 replies
inuyasha/ Tomoe🦊
AHHH me tiene tan Atrapada necesito más capítulos plisss
Jisieli: Ya van en Camino 🤭
total 2 replies
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