Alina Rinaldi siempre ha sabido cuál es su lugar: obedecer, callar y sobrevivir dentro de un clan que nunca ha sido realmente suyo.
Adriano Vassari nació para mandar. Como heredero de una de las dinastías más poderosas, su futuro ya está escrito… incluso si eso significa casarse con una desconocida.
Cuando sus caminos se cruzan lejos de las reglas y los nombres que los atan, lo que comienza como un encuentro casual se convierte en algo imposible de ignorar.
Pero en un mundo donde la sangre lo define todo, hay verdades que no pueden ocultarse para siempre.
Y cuando salgan a la luz, no solo destruirán el acuerdo que los une…
podrían destruirlos a ellos también.
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 7
Alina
Huí.
Apenas vi la marca en su pecho… supe la verdad.
La V marcada en su piel, envuelta por la serpiente y la corona… no dejaba lugar a dudas.
Él era Adriano Vassari.
El hombre con el que iba a casarme.
El hombre del que me había enamorado sin saberlo.
Mis primas me habían hablado de él.
De su carácter frío.
De su mirada cortante.
Del respeto… o más bien, del miedo que generaba.
Nada de eso coincidía con el hombre que me había abrazado en silencio.
Con el que me escuchaba.
Con el que me hacía sentir libre.
Y, sin embargo… eran la misma persona.
Cuando regresé a la casa, mi madre estaba esperándome.
—Alina, ¿dónde estabas?
—Mamá, no soy una niña —respondí, cansada—. Soy una adulta. Tengo derecho a salir.
Se quedó en silencio, sorprendida.
Pero su mirada cambió de inmediato.
—¿De quién es esa chaqueta?
Bajé la mirada.
La chaqueta.
La suya.
—Es mía.
—Alina, esto es de un hombre.
No respondí.
No quería.
No podía.
Tomé la chaqueta y me encerré en mi habitación.
Las lágrimas llegaron solas.
Silenciosas.
Dolorosas.
Mi madre golpeaba la puerta una y otra vez.
—Alina, abre.
—Quiero estar sola, mamá… por favor.
Pero no se detenía.
Entré al baño y abrí la ducha, aunque no me metí.
Solo necesitaba ahogar el ruido.
Tenía miedo.
No de él…
Sino de lo que representaba.
De lo que decían.
De lo que sería mi vida a su lado.
Y más aún… de lo que yo sentía por él.
El día de la boda llegó demasiado rápido.
Cuando lo vi en el altar… supe que él tampoco lo esperaba.
Su expresión lo delataba.
Sorpresa.
Confusión.
Algo más profundo… que no supe nombrar.
Mi padre me dejó a su lado, dándole unas palmadas en el brazo.
Como si acabara de cerrar el mejor negocio de su vida.
El beso.
Apenas un roce.
Frío.
Contenido.
Desconocido.
Nada que ver con nosotros.
La recepción fue peor.
Me sentaron junto a él, pero no estaba realmente ahí.
Lo llamaban constantemente.
Firmas.
Promesas.
Negocios.
Copas que no dejaban de llegar.
Y muchas de ellas… de mi propia familia.
Como si quisieran probarlo.
Como si quisieran medirlo.
Su madre se acercó.
—Alina, cariño, ¿puedo robarte a Adriano un momento?
—Claro.
Él se levantó con elegancia.
Le ofreció el brazo.
Perfecto.
Impecable.
Distante.
Lucca apareció poco después.
—Te ves despampanante.
—Gracias, Lucca.
Sonrió.
—¿Bailas conmigo?
—Después del baile con Adriano.
Se inclinó ligeramente.
—Aquí todos quieren bailar contigo.
Forcé una sonrisa.
Cuando Adriano regresó, noté algo.
Su madre.
Sus ojos.
Había llorado.
—¿Está bien? —pregunté.
—Lo estará.
Nada más.
Siempre respuestas cortas.
Siempre… distancia.
Nuestro baile llegó.
La música era suave.
Cálida.
Como un recuerdo de lo que habíamos sido.
Sus manos en mi cintura.
Firmes… pero cuidadosas.
Como antes.
—Más tarde… ¿podemos hablar? —susurré.
—Claro.
Pero su tono no prometía nada.
Mi padre interrumpió.
Luego otro.
Y otro más.
Hasta que llegó Lucca.
—Casi no me toca —dijo con una sonrisa.
—Es lo justo.
Se acercó más de lo necesario.
—No en todo debería ser el primero.
Mi cuerpo se tensó.
—Gracias por el baile.
Intenté alejarme, pero me siguió.
—Es una broma.
—Eres un irrespetuoso.
No esperé respuesta.
El vestido empezaba a doler.
Pesado.
Asfixiante.
Me senté.
A lo lejos, lo vi.
Adriano.
Con su padre.
Con Alessandro.
Los tres fumando, bebiendo… como si nada.
Como si no estuviéramos rompiéndonos en silencio.
—Debes cambiarte —dijo mi madre—. Te está lastimando.
Asentí.
En la habitación, todo era ruido.
Comentarios.
Opiniones.
—Es guapísimo —decía mi prima.
—Y caballero —añadió—. ¿Viste cómo trata a su madre?
Mi madre guardaba silencio.
Cuando terminé de cambiarme, me miré al espejo.
Un vestido más ligero.
Espalda descubierta.
Más… yo.
O al menos, lo que quedaba de mí.
—Ya llegó —dijo mi prima.
Salí.
Él estaba ahí.
Sentado.
Concentrado en su teléfono.
Como si necesitara distraerse.
Cuando me vio, se levantó de inmediato.
—Cuídala —dijo mi madre.
—Por supuesto.
Su voz… neutra.
Caminamos en silencio.
Tomada de su brazo.
Como si todo estuviera bien.
Como si no supiéramos la verdad.
—No sabía que fumabas —dije, ya en el salón.
—Hace mucho no lo hacía.
Pausa.
—Tengo un regalo para ti.
Lo miré.
—¿Sabías quién era yo?
—No.
Nada más.
Siempre nada más.
Me llevó afuera.
El frío me recorrió la piel.
Se quitó su saco y lo puso sobre mis hombros.
Ese gesto…
Me rompió un poco más.
Un empleado le entregó una caja.
La abrió y me la dio.
Dos llaves.
—¿Qué es?
Antes de que respondiera, nuestros padres salieron.
Mi padre le entregó una copa.
Él bebió con calma.
Como si necesitara sostenerse en algo.
Entonces lo vi.
Una camioneta nueva.
Decorada.
Perfecta.
Vacía.
Como todo esto.
—La otra llave… es de un apartamento —dijo en voz baja—. Para que tengas tu espacio.
Mi corazón se detuvo un segundo.
Espacio.
Distancia.
Separación.
Y luego…
se alejó.
Sin mirarme.
Sin tocarme.
Sin decir nada más.