Un matrimonio por conveniencia une a Carolina y Benjamín, dos mundos opuestos marcados por el interés y el orgullo. Pronto descubrirán que el amor puede surgir incluso en los acuerdos más fríos.
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Capítulo 8
El sonido suave de los tacones de Carolina descendiendo por las escaleras llenó la casa.
Esmeralda iba unos pasos detrás, observándola con una sonrisa orgullosa, como si contemplara una obra terminada.
En la sala, Rodolfo y Emely levantaron la mirada casi al mismo tiempo.
Y se quedaron en silencio.
Carolina se detuvo en el último escalón, algo nerviosa.
—¿Está tan mal? —preguntó, insegura.
Rodolfo se puso de pie lentamente.
Sus ojos se llenaron de algo más que admiración… nostalgia.
—Estás… hermosa, hija.
Carolina sonrió levemente.
Pero fue Emely quien se acercó primero.
—Te ves igual a mamá… —murmuró, con la voz suave.
El comentario cayó directo en el corazón de Carolina.
Rodolfo asintió, conmovido.
—Es cierto…
Por un instante, el tiempo pareció detenerse.
Carolina tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.
—Gracias… —susurró.
Emely tomó su mano.
—Ojalá ella pudiera verte.
Carolina apretó su mano con suavidad.
—Está viéndonos… de alguna forma.
El ambiente se volvió cálido… íntimo.
Pero la realidad no tardó en imponerse.
—Debemos irnos —dijo Rodolfo, retomando la compostura.
Carolina asintió.
Y juntos salieron de la casa.
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En la residencia Rossi…
El ambiente era completamente distinto.
Más elegante.
Más… calculado.
Benjamín entró ajustándose el saco, con expresión de claro fastidio.
Federico lo observó desde el centro del salón.
—Hijo, quita esa cara.
Benjamín no respondió.
—Hazte a la idea —continuó Federico con firmeza—. Esa muchacha será tu esposa… para siempre.
Benjamín tensó la mandíbula.
—Es un acuerdo.
—Es más que eso —corrigió Federico—. Es una alianza.
Macarena, sentada con una copa en la mano, intervino con una sonrisa irónica.
—Una bastante conveniente… para ella.
Dalia le lanzó una mirada.
—Macarena.
—¿Qué? —respondió, encogiéndose de hombros—. Solo digo la verdad.
Daniel, recostado en el respaldo del sofá, soltó una risa baja.
—Tú siempre tan encantadora.
—Y tú tan estúpido—replicó ella.
Dalia suspiró, intentando mantener la armonía.
—Esta noche es importante. Quiero que todo salga bien.
—Saldrá perfecto —añadió Federico—. Como todo lo que hacemos.
Benjamín desvió la mirada.
Nada de eso le importaba.
O eso intentaba convencerse.
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Minutos después…
Benjamín se encontraba solo en uno de los pasillos laterales, buscando un momento de tranquilidad.
Pero no lo encontró.
—Benjamín…
La voz lo hizo girarse.
Kendra.
Elegante, impecable, con una presencia que no pasaba desapercibida.
—¿Qué haces aquí? —preguntó él, seco.
Ella se acercó sin responder de inmediato.
Y antes de que él pudiera reaccionar…
Lo besó.
Un beso rápido, directo, inesperado.
Benjamín se separó de inmediato.
—¿Qué haces?
Kendra lo miró, conteniendo sus emociones.
—¿Por qué te casarás? ¿No pensabas decírmelo?
—Tú y yo no tenemos nada —respondió con frialdad—. No te debo explicaciones.
Kendra apretó los labios.
—¿Y lo que hubo entre nosotros?
Benjamín no dudó.
—Solo tuvimos sexo varias veces. No te prometí nada.
El golpe fue directo.
—Era algo secreto… y no continuará —añadió—. No seré infiel.
Kendra lo miró, herida… pero orgullosa.
—Tantas molestias por un matrimonio por conveniencia…
—Limítate a hacer tu trabajo —cortó él—. O tendré que buscar un reemplazo cuando mi padre me deje el puesto de CEO.
El silencio se volvió pesado.
Y sin decir más…
Benjamín se marchó.
Dejando a Kendra sola.
Y furiosa.
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De vuelta al salón…
Dalia se acercó a su hijo con paso sereno, sosteniendo entre sus manos una pequeña caja de terciopelo oscuro. Había algo solemne en su mirada, una mezcla de nostalgia y esperanza contenida.
—Benjamín… —lo llamó con suavidad.
Él giró el rostro hacia ella, manteniendo esa expresión distante que no lograba ocultar del todo.
—Esto es importante —añadió, deteniéndose frente a él.
Con cuidado, abrió la caja.
Dentro, una sortija elegante brilló bajo la luz del salón. Era fina, pero imponente, con un diseño clásico que hablaba de historia y legado.
—Fue la que tu padre me dio cuando me pidió matrimonio —explicó Dalia, con una leve sonrisa cargada de recuerdos—. Antes fue de tu abuela… y ahora pasará a manos de tu futura esposa.
Benjamín sostuvo la mirada en la joya unos segundos más.
No había emoción en sus ojos.
Ni ilusión.
Ni expectativa.
Solo… una pesada sensación de obligación.
Dalia lo observó en silencio, como si intentara encontrar en él alguna reacción distinta.
Pero no la hubo.
Finalmente, Benjamín tomó la caja.
Su gesto fue firme… pero carente de significado.
—Bien —respondió, con frialdad.
Dalia bajó ligeramente la mirada, comprendiendo más de lo que él decía.
Y temiendo… lo que ese matrimonio realmente significaba.
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En ese momento…
El ama de llaves apareció en el umbral del salón con la postura impecable y la voz firme, anunciando con elegancia:
—La familia Álvarez ha llegado.
El ambiente cambió de inmediato.
Las conversaciones se apagaron, las miradas se dirigieron hacia la entrada, y por un breve instante, el tiempo pareció contenerse en una pausa expectante.
Federico se irguió con autoridad, Dalia acomodó discretamente su postura, Macarena elevó apenas el mentón con curiosidad crítica, y Daniel observó con interés silencioso.
Y entonces…
Carolina apareció.
Entró con paso medido, acompañada de su padre, su hermana y Esmeralda, pero fue imposible no centrar toda la atención en ella. El vestido se deslizaba con elegancia sobre su figura, abrazando sus curvas con una sutileza que no caía en lo excesivo. Las mangas aportaban un aire sofisticado, mientras el escote discreto dejaba ver la delicadeza de su piel. Su cabello, medio recogido, resaltando sus facciones con una naturalidad deslumbrante.
No era ostentosa.
No era exagerada.
Era… impactante.
Benjamín se quedó inmóvil.
Sus ojos se clavaron en ella como si el resto del mundo dejara de existir. La recorrió lentamente, sin prisa, sin disimulo. Había algo en su porte, en su seguridad silenciosa, que no encajaba con la imagen que él había construido en su mente.
Algo… que lo descolocó.
Su expresión cambió apenas, un matiz casi imperceptible, pero suficiente para quien lo conociera bien.
Y Paul lo conocía.
Se inclinó ligeramente hacia él, cruzándose de brazos con una sonrisa ladina.
—Cuidado… se te va a salir la baba.
Benjamín no respondió.
Ni siquiera reaccionó.
Pero tampoco apartó la mirada.
Porque en ese instante, algo dentro de él se quebró.
La idea que tenía de Carolina —la mujer interesada, conveniente, predecible— comenzó a desmoronarse sin aviso.
Y lo que veía frente a él…
No era lo que esperaba.
Era algo más.
Algo que, sin quererlo…
empezaba a resultarle peligrosamente imposible de ignorar.
queremos leer un poco más...maravillosa como estas llevando el trama ..excelente novela 👌👌👏👏👏
ya empezó lo bueno excelente historia