de una casualidad paso a una historia completa
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capítulo 8
Los siguientes días fueron intensos. Martín pasaba horas con el abogado, revisando documentos y preparando la defensa. Camila trabajaba en sus materiales informativos —diseñaba volantes, carteles y una página web para difundir la causa. Luna, por su parte, pasaba el día con los niños del poblado, jugando en el río y aprendiendo sobre la naturaleza.
Una tarde, mientras Camila estaba trabajando en su portátil en la casita de Juan, una mujer se acercó a ella. Era María, la hija de una de las familias del poblado, y tenía dieciocho años. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Señora Camila —dijo ella, con voz temblorosa. —La empresa minera me ha ofrecido dinero para que hable con mis padres, para que vendan la tierra. Dijeron que si no lo hago, me quitarán el trabajo que tengo en el pueblo. No sé qué hacer.
Camila la abrazó con ternura. —No tienes miedo, María —dijo ella. —Estamos todos aquí para ayudarte. Tu trabajo no es más importante que tus tierras, que tu familia, que la selva. Vamos a hablar con la gente de la empresa, y le diremos que no pueden presionar a nadie.
Más tarde, Camila le contó a Martín y a Juan lo que había pasado. Martín se enfadó —no podía creer que la empresa hiciera algo así.
—Mañana voy a hablar con el gerente de la empresa —dijo él. —Le diré que dejen de presionar a la gente. Si no lo hacen, iremos a la prensa, a las autoridades. No vamos a permitir que hagan daño a nadie.
A la mañana siguiente, Martín se dirigió a la oficina de la empresa minera, que estaba en un pueblo cercano. Camila le acompañó, para apoyarlo. El gerente, un hombre de pelo gris y mirada fría, le recibió con indiferencia.
—Señor Sosa —dijo él. —Qué le trae por aquí?
—Vengo para decirle que deje de presionar a la gente del poblado —dijo Martín, con voz firme. —Las tierras le pertenecen a ellos, y no tienen que venderlas si no quieren. Si siguen con sus tácticas, iremos a la prensa y a las autoridades.
El gerente rió. —Usted no entiende, señor Sosa. Tenemos derechos aquí. Tenemos permiso de la gobernación para explorar la zona. Y la gente del poblado va a vender, tarde o temprano. El dinero es más fuerte que cualquier sentimiento.
—No lo creo —dijo Camila, que había estado escuchando en silencio. —La gente del poblado ama su tierra, su cultura, su naturaleza. No se van a dejar comprar por dinero. Y nosotros estaremos aquí para apoyarlos, por mucho tiempo que haga falta.
Con esas palabras, Camila y Martín se levantaron y se fueron. El gerente los miró con rabia, pero ellos no le dieron importancia. Sabían que tenían la razón, y que la gente estaba con ellos.
Al regresar al poblado, encontraron a Luna con los niños, cantando y bailando alrededor de un fuego. Camila se sentó con ellas, y Luna le dio una flor que había encontrado en el bosque.
—Mamá, esta flor es para ti —dijo ella. —Porque eres la mejor mamá del mundo, y ayudas a todos.
Camila se emocionó. En medio de todo el problema, su hija era la luz que le daba fuerzas para seguir.
—Gracias, mi amor —dijo ella, besándola en la mejilla. —Tú también eres una luz para mí.
Las siguientes semanas, la causa de la selva empezó a tener éxito. La página web de Camila se volvió viral en redes sociales, y mucha gente del país y de otros países empezó a apoyarlos. La prensa habló de la situación, y las autoridades empezaron a investigar a la empresa minera.
Un día, llegó un grupo de voluntarios de la capital —abogados, periodistas, diseñadores— que querían ayudar. Camila les dio la bienvenida con alegría, y se pusieron a trabajar juntos. Martín trabajaba con los abogados, preparando la demanda contra la empresa. Camila trabajaba con los diseñadores y periodistas, difundiendo la causa por todo el país.
Luna, por su parte, empezó a escribir un diario sobre su experiencia en la selva. Escribía sobre los animales, las plantas, los niños del poblado y la lucha por proteger la tierra. Camila le ayudó a publicar el diario en la página web, y rápidamente se volvió uno de los contenidos más populares —la gente amaba la forma en que Luna veía el mundo, su inocencia y su valentía.
Una tarde, mientras estaban trabajando, recibieron una llamada de Doña Ana. Había escuchado sobre la situación, y quería ayudar.
—Mi amorcitos —dijo ella, con su voz cálida. —He reunido dinero con algunos amigos, para ayudar con los gastos legales y con los materiales. También he hablado con algunos políticos, para que apoyen la causa. No vamos a dejar que la empresa minera destruya la selva.
Camila y Martín se emocionaron. Doña Ana siempre estaba ahí para ellos, en las buenos y en las malos.
—Gracias, Doña Ana —dijo Camila. —No sabemos cómo agradecerte.
—No hay nada que agradecer, mi niña —dijo ella. —La selva es parte de nuestro país, de nuestra cultura. Tenemos que protegerla para las generaciones venideras.
Al día siguiente, llegó una noticia buena: las autoridades habían revocado el permiso de la empresa minera para explorar la zona. Habían encontrado que la empresa había hecho tratos ilegales con algunos funcionarios, y que no había cumplido con los requisitos ambientales.
La gente del poblado se reunió en el centro del pueblo, y celebraron con música, baile y comida. Martín se subió a una plataforma, y habló con la gente.
—Amigos —dijo él. —Hemos ganado. Pero esta no es la fin. Tenemos que seguir protegiendo la selva, nuestra tierra. Porque es nuestra casa, y la casa de nuestros hijos y nietos.
La gente aplaudió y gritó de alegría. Luna corrió hacia su padre, y él la cogió en sus brazos.
—Papá, lo hicimos! —dijo ella. —Protegimos la selva!
—Sí, mi amor —dijo él. —Lo hicimos todos juntos.
Camila se acercó a ellos, y se abrazaron los tres. Miraron hacia el cielo, y vieron la estrella que los unía, brillando más clara que nunca. Sabían que habían logrado algo importante, que habían luchado por lo que creían, y que habían ganado.