NovelToon NovelToon
La Promesa Del Brujo

La Promesa Del Brujo

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Reencarnación(época moderna) / Pareja destinada / Brujas / Amor en la guerra / Familias enemistadas / Completas
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Estefaniavv

Ella no recuerda nada. Él no puede olvidar. Atados por una maldición que los obliga a renacer para perderse, Rose y Dagmar se encuentran de nuevo en el siglo XXI. Él es un brujo que desafía las leyes de la magia; ella, una estudiante de arte que ignora su pasado real. ¿Podrá esta vez, Dagmar cambiar el destino?

NovelToon tiene autorización de Estefaniavv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1: Sueños.

Rose… Rose…

La voz no era un grito, sino un susurro que parecía nacer de la tierra. No tenía dirección; estaba en todas partes y en ninguna. Me encontraba en un vacío absoluto, una negrura tan densa que se sentía líquida, pesando sobre mis pulmones. Comencé a correr, pero mis pies no tocaban suelo firme. ¿Dónde estaba? ¿Quién me llamaba con tanta urgencia, con un dolor que me quemaba la piel?

—¿Quién eres? —quise gritar, pero de mi garganta solo brotó un jadeo ahogado.

El miedo, ese viejo conocido que me visitaba cada noche, cerró sus dedos fríos alrededor de mi cuello. Justo cuando una silueta borrosa empezó a formarse entre las sombras, la oscuridad estalló en una luz blanca cegadora.

Desperté de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas como un animal enjaulado. El sudor empapaba mis sábanas y el aire de la habitación se sentía demasiado pesado. Miré el reloj de mi mesa de noche: las manecillas marcaban una hora que me sentenció de inmediato. Llegaría tarde a la universidad. Otra vez.

—Solo fue un sueño —me dije, aunque mis manos aún temblaban mientras buscaba mi ropa—. Solo un sueño demasiado vívido.

Últimamente, la realidad y el mundo onírico parecían estar separados por un velo cada vez más fino. Mientras me arreglaba frente al espejo, noté mis ojeras. Parecía que no solo dormía, sino que libraba batallas en otros siglos.

—¡Rose! ¿Ya estás lista? —La voz de mi tía Clarisa rompió el silencio desde la planta baja.

—¡Sí, tía! ¡Ya bajo! —respondí, dándole un último toque a mi cabello antes de salir de la habitación.

Al bajar las escaleras, el aroma a café recién hecho y pan tostado me recibió, intentando disipar la neblina de mi pesadilla. En la cocina estaban ellas: Clarisa y Egle. Mis tías eran mi mundo entero. Tras la muerte de mis padres cuando apenas era una niña, ellas se convirtieron en mi refugio, mis pilares y mi única certeza.

—¿A qué hora llegas hoy, hija? —preguntó Egle mientras servía el desayuno con esa elegancia natural que siempre la caracterizaba.

—Termino las clases a las dos, pero tengo una entrevista de trabajo a las tres. Creo que estaré de vuelta al final de la tarde —respondí, tratando de sonar casual mientras tomaba una tostada.

Egle dejó la cafetera sobre la mesa y me miró con una mezcla de reproche y desconcierto.

—Rose, ¿para qué vas a trabajar? Sabes bien que no es necesario. No te hace falta nada aquí, lo sabes.

—Déjala ya, Egle —intervino Clarisa, con una sonrisa comprensiva—. Ya sabes cómo piensa nuestra niña. Tiene el espíritu inquieto.

—No es por el dinero, tías —insistí, sentándome un momento con ellas—. Es que… siento que necesito hacer algo por mi cuenta. Quiero valerme por mí misma, entender qué es la independencia antes de que el mundo me devore. No quiero ser solo una heredera de un apellido y un fideicomiso.

—Lo sabemos, mi niña —dijo Clarisa, poniendo una mano sobre la mía—. Solo nos preocupa que te agotes. Pero si eso es lo que deseas, te apoyaremos.

—Gracias. Nos vemos luego —me despedí con un beso rápido, escapando antes de que Egle pudiera enumerar más razones para que me quedara en casa.

La universidad era mi santuario de papel y óleo. Estudiar Filosofía y Arte Moderno me permitía perderme en las mentes de otros, lejos de mis propios pensamientos intrusos. Sin embargo, apenas puse un pie en el campus, la burbuja estalló.

—¡Rose! ¡Dime que hoy sí! —Leslie, mi mejor amiga, apareció de la nada, rebosante de una energía que yo no podía igualar a esas horas.

—Si la pregunta es sobre la fiesta de la facultad, la respuesta es no, Leslie —dije con una media sonrisa.

—¡Oh, por favor! Va a ser legendaria. Música, gente nueva, quizás algún chico que no hable solo de existencialismo… ¿Te animas?

—No puedo. Tengo una entrevista en un café aquí cerca y quiero llegar temprano a casa para estudiar. Mis tías ya están lo suficientemente nerviosas con mis horarios como para añadir una fiesta a la mezcla.

Leslie rodó los ojos, pero no se rindió.

—Bueno, igual te estaré escribiendo hasta la medianoche. Nunca se pierde la esperanza de que la Rose aventurera despierte de su letargo.

—Como quieras, pesada —le contesté riendo mientras me alejaba hacia mi primera clase.

El café era un lugar acogedor, con olor a grano tostado y madera vieja. La entrevista fue breve; el dueño buscaba a alguien con buena presencia y disposición, y mis estudios de arte parecían encajar con la estética del lugar. Me pidieron una hora de prueba de inmediato. Si pasaba, el puesto sería mío: de tres a seis de la tarde. Perfecto.

Me puse el delantal y comencé a atender a los comensales. El trabajo era sencillo, casi mecánico, lo cual agradecí porque me permitía mantener la mente ocupada.

Todo marchaba a la perfección hasta que faltaban apenas diez minutos para terminar mi turno.

Entonces, la campana de la puerta sonó con un eco que me pareció inusualmente profundo.

Un hombre entró en el local. No era un cliente común. Vestía un traje de corte clásico, un azul tan oscuro que parecía negro, de una tela que gritaba calidad pero cuyo diseño pertenecía a otra época, una más formal y rígida. Su presencia era abrumadora; el aire a su alrededor parecía vibrar con una autoridad que no necesitaba palabras.

Era joven, de rasgos afilados y atractivos, pero sus ojos… sus ojos lucían una fatiga milenaria, como si hubieran visto caer imperios y nacer estrellas.

Me acerqué a su mesa, sintiendo un escalofrío repentino que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.

—Hola, muy buenas tardes —dije, tratando de mantener mi voz profesional—. Le traigo el menú y en unos minutos vuelvo para tomar su pedido.

El hombre no me miró. Su atención estaba clavada en el ventanal, observando el tráfico de la ciudad como si fuera algo ajeno y carente de sentido.

—No hace falta —dijo. Su voz era barítono, rica y cargada de un acento antiguo, una forma de articular que hacía que cada sílaba pesara—. Deseo únicamente un agua.

Su tono no era grosero, pero sí distante, envuelto en una capa de respeto que exigía una distancia física y emocional. Me quedé estática un segundo, esperando que añadiera algo más o que me mirara, pero permaneció inmóvil.

—En unos minutos se la traigo —atiné a decir.

Cuando regresé con el vaso de agua, él seguía en la misma posición. Al dejar el cristal sobre la mesa, nuestras manos estuvieron a punto de rozarse. Fue entonces cuando, por una fracción de segundo, sus ojos se encontraron con los míos. Un relámpago de reconocimiento cruzó su mirada, una chispa de algo tan intenso que me hizo retroceder un paso.

Él apretó la mandíbula y volvió a mirar hacia el ventanal, pero esta vez noté que sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del vaso. Confundida y con el corazón acelerado, me retiré a la barra. Minutos después, mis jefes me dieron la noticia: estaba contratada. Mañana empezaría oficialmente. Sin embargo, la alegría por el empleo se veía empañada por la extraña sensación que aquel hombre me había dejado.

Al salir del café, el cielo ya se teñía de tonos violáceos. Decidí caminar a casa, esperando que el aire fresco me despejara. Pero apenas doblé la primera esquina, una sensación punzante se instaló en mi nuca.

Alguien me seguía.

Aceleré el paso, mis oídos atentos a cualquier eco de pisadas sobre el pavimento. Me detuve en seco y giré la cabeza, pero la calle estaba desierta. Solo el viento moviendo algunas hojas secas y el zumbido lejano de los autos.

—Estás paranoica, Rose. Son los sueños —susurré para mí misma, aunque el vello de mis brazos seguía erizado.

1
Laura Diaz
excelente historia
Estefaniavv: Qué bueno que le gustó 🩵🩵
total 1 replies
Estefaniavv
♥️
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play