Mi vida tenía precio…
y alguien pagó por ella.
Desde que nací, mi destino ya estaba escrito.
casarme con un hombre al que no amaba, unir dos familias, obedecer sin cuestionar.
Ser perfecta.
Ser sumisa.
Ser suya.
Pero el día de mi boda… huí.
Sin plan.
Sin rumbo.
Sin saber que escapar no me haría libre…
Ya no soy mía.
Pertenezco a quien ofreció más.
Pero aunque mi cuerpo cambie de dueño, mi espíritu sigue siendo libre.
Solo el tiempo dirá si esta venta fue mi perdición...
o mi salvación.
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CAPÍTULO 12 — Lo que era mío
El restaurante del hotel era exactamente lo que esperaba.
Amplio. Elegante. Demasiado perfecto.
Las mesas estaban dispuestas con una precisión casi obsesiva, el aroma del café recién hecho se mezclaba con el de los panes calientes, y las voces bajas de los huéspedes creaban un murmullo constante que, de alguna forma, hacía que todo se sintiera… normal.
Pero nada en mi vida lo era.
Caminé junto a Alessio con la cabeza en alto, sintiendo cómo algunas miradas se deslizaban hacia nosotros. No era difícil entender por qué. Él tenía esa presencia que llenaba cualquier espacio, y ahora… yo estaba a su lado.
La señora Vercetti.
Aún se sentía extraño.
Pero no incómodo.
No después de lo que había pasado esa mañana.
Tomé asiento frente a él, cruzando una pierna con calma mientras observaba el bufé a unos metros. Frutas, panes, jugos, todo dispuesto con una perfección casi irritante.
—¿Algo te interesa? —preguntó Alessio, apoyando ligeramente los codos sobre la mesa.
Su mirada no estaba en la comida.
Estaba en mí.
—Tal vez.
No le di más.
Me levanté con calma, sintiendo su mirada seguir cada uno de mis movimientos mientras caminaba hacia el bufé. No me apresuré. No tenía por qué hacerlo.
Elegí con cuidado. No porque realmente me importara el desayuno… sino porque sabía que él seguía observando.
Y eso…
Eso me divertía más de lo que debería.
Tomé una taza de café, algo de fruta, y justo cuando estaba por girarme…
Lo escuché.
—¿Valeria?
Mi cuerpo se tensó.
Pero no por miedo.
Por sorpresa.
Giré lentamente.
Y ahí estaba.
Más alto. Más maduro. Pero inconfundible.
—¿Emiliano?
Una sonrisa apareció en su rostro de inmediato, cálida, genuina, completamente distinta a todo lo que había estado viviendo estos días.
—No puedo creerlo…
Dejó lo que tenía en las manos y se acercó sin dudarlo.
Y yo…
No me aparté.
Sus brazos me rodearon en un abrazo natural, cercano, como si los años no hubieran pasado.
Y por un segundo…
Todo se sintió diferente.
Más ligero.
Más real.
—Sigues igual —murmuró, separándose apenas para mirarme.
Sonreí.
Y esta vez… fue de verdad.
—Tú no.
Mi mirada recorrió su rostro, notando los cambios, la seguridad, la elegancia.
—Te volviste interesante.
Soltó una pequeña risa.
—Cirujano en París… algo tenía que cambiar.
—¿París? —arqueé una ceja—. Siempre fuiste ambicioso.
—Aprendí de los mejores.
Sus ojos brillaron con algo más.
Algo que no era nuevo.
Algo que reconocí de inmediato.
—Y tú… —añadió, bajando la voz apenas— sigues siendo peligrosa.
Sentí una chispa recorrerme.
Y entonces…
Recordé.
Alessio.
Giré la cabeza lentamente hacia la mesa.
Seguía ahí.
Observando.
Sin moverse.
Sin intervenir.
Pero su mirada…
Su mirada lo decía todo.
Oscura.
Fija.
Peligrosa.
Perfecto.
Volví a mirar a Emiliano.
—Ven —dije con naturalidad—. Acompáñame.
No le di tiempo a responder.
Tomé mi taza y comencé a caminar de regreso a la mesa.
Sabía exactamente lo que estaba haciendo.
Y no iba a detenerme.
—Alessio —dije al llegar, dejando la taza con calma—, él es Emiliano Lleratty.
Noté el leve cambio en su postura.
Imperceptible para cualquiera.
Pero no para mí.
—Un viejo amigo.
Emiliano extendió la mano con educación.
—Un gusto.
Alessio no se levantó de inmediato.
Lo miró.
Lo evaluó.
Y luego…
Aceptó el gesto.
—Alessio Vercetti.
Su voz fue tranquila.
Pero había algo debajo.
Algo que Emiliano también notó.
Lo vi en sus ojos.
—Encantado —respondió Emiliano, tomando asiento sin pedir permiso.
Bien.
Me acomodé con calma, cruzando las piernas mientras tomaba un sorbo de café.
—Hace años que no nos vemos —comentó Emiliano, mirándome—. Desapareciste.
—La vida pasa.
—No tanto como para olvidarse de alguien.
Su tono bajó apenas.
Más personal.
Más cercano.
Sentí la mirada de Alessio clavarse en mí.
Y sonreí.
—Nunca me olvido de lo importante.
Sostuve la mirada de Emiliano un segundo más de lo necesario.
Lo suficiente.
—Eso me gusta.
Su respuesta fue rápida.
Natural.
Demasiado natural.
—Deberías visitarme en París —añadió—. Te gustaría.
—Tal vez lo haga.
Otro silencio.
Pero esta vez…
No era tenso.
Era provocador.
Y lo sabía.
Lo sentía.
Alessio no había intervenido.
No había dicho nada.
Pero su presencia había cambiado.
Se había vuelto más… marcada.
Más dominante.
—Valeria —dijo finalmente.
Mi nombre en su voz fue distinto.
Más firme.
Levanté la mirada.
—¿Sí?
—Olvidas algo.
Arqueé una ceja.
—¿Qué cosa?
El silencio cayó.
Y entonces…
Lo dijo.
—Eres mi esposa.
Las palabras fueron claras.
Directas.
Sin rodeos.
Emiliano se tensó apenas.
Lo noté.
Pero no apartó la mirada.
—¿Esposo? —repitió, mirándome—. Eso no lo mencionaste.
Sonreí.
Lento.
Controlado.
—Se me olvidó.
El ambiente cambió por completo.
La tensión subió.
Se volvió más densa.
Más… peligrosa.
—Qué curioso —murmuró Alessio.
—No tanto.
Dejé la taza con calma.
—Solo no me pareció relevante en el momento.
Eso fue un golpe.
Directo.
Preciso.
Y lo sentí.
En él.
Su mirada se oscureció apenas.
Pero no perdió el control.
No completamente.
—Debería serlo.
Su tono bajó.
—Depende.
El silencio se extendió.
Pero esta vez…
Yo lo disfrutaba.
Porque por primera vez…
No era yo la que estaba siendo acorralada.
Era él.
—Bueno —intervino Emiliano, rompiendo el momento—, parece que me perdí de muchas cosas.
Me incliné apenas hacia él.
Lo suficiente.
—No tienes idea.
Mis dedos rozaron su mano de forma casual.
Ligera.
Pero intencional.
Y eso…
Eso fue todo.
El aire se volvió pesado.
El silencio se volvió cortante.
Y cuando levanté la mirada…
Alessio ya no estaba relajado.
Sus ojos estaban fijos en ese punto de contacto.
Oscuros.
Intensos.
Peligrosos.
Sonreí.
Porque lo entendí.
Finalmente.
Había tocado algo.
Algo real.
Algo que no podía controlar del todo.
Y eso…
Eso era exactamente lo que estaba buscando.
—Creo que voy a quedarme unos días —dijo Emiliano.
—Deberías —respondí sin dudar—. Podríamos ponernos al día.
—Me encantaría.
—A mí también.
El silencio volvió.
Pero esta vez…
Era una declaración.
Una provocación.
Un desafío.
Y cuando giré ligeramente la cabeza hacia Alessio…
Supe que lo había logrado.
Porque en su mirada…
Ya no había solo control.
Había algo más.
Algo que ardía.
Y que esta vez…
No iba a apagar.