"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
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El Eco de Madrid
La señal del celular en Jurubirá era un milagro que solo ocurría en ciertos puntos del muelle o subiendo a la colina detrás de la posada. Pablo caminaba de un lado a otro en el balcón de madera, sosteniendo el aparato contra el oído, esperando que la llamada no se cortara.
—¡Pablo! Te escucho entrecortado. ¿Qué sucede con las firmas? —La voz de Alessandro Rossi retumbó desde el otro lado del mundo, fría y exigente como siempre—. Don Gonzalo Valenzuela estuvo preguntando hoy en el club. Beatriz dice que ni siquiera le contestas los mensajes sobre la mantelería de la boda.
—Padre, aquí las cosas se mueven a otro ritmo —respondió Pablo, tratando de ocultar su frustración—. Los propietarios son... particulares. No entienden de proyecciones financieras. Necesito tiempo para que procesen la oferta.
—No tenemos tiempo, Pablo. El consejo de administración quiere el informe de viabilidad cerrado antes del fin de mes. Si esos campesinos no quieren el dinero, busca la forma de que entiendan que el progreso no pide permiso. Haz lo que tengas que hacer. Eres un Rossi, no un trabajador social.
La llamada se cortó con un pitido seco. Pablo miró la pantalla negra de su teléfono y sintió un nudo en el estómago. En Madrid, las órdenes eran simples; aquí, bajo el sol que derretía hasta las ideas, todo era un laberinto de vegetación y silencios.
Mientras tanto, en la casa de los Garcés, el ambiente era muy distinto. Bertha estaba sentada en el porche, terminando de coser un remiendo en la red de Julio. Aurora llegó del muelle con una canasta de limones frescos, seguida por Sofía, que venía canturreando una melodía suave.
—Mañana es la asamblea en la casa comunal, mamá —dijo Aurora, sentándose en el escalón de madera—. El señorito Rossi dice que va a presentar su proyecto. Don Teófilo ya avisó que no se dejen encantar por los espejitos de colores que trae ese hombre.
Bertha levantó la vista, con la aguja suspendida en el aire.
—Ese muchacho no sabe en lo que se está metiendo, Aurora. Trae mucha prisa en los pies, y en este pueblo la prisa solo sirve para tropezarse.
—A mí me da un poco de lástima —intervino Sofía, sentándose al lado de su madre—. Se ve tan solo en esa posada, siempre mirando ese aparato que no tiene señal. Hoy lo vi caminando por la playa y casi se le queman los hombros por el sol. No parece un hombre malo, solo parece un hombre perdido.
Aurora soltó una carcajada.
—No está perdido, Sofi. Sabe exactamente a qué viene: a ponerle cercas al mar. Pero mañana se va a dar cuenta de que Jurubirá no es un plano en una oficina.
Esa noche, Pablo no pudo dormir. El calor era sofocante y el ruido de los grillos parecía una burla constante. Se levantó y salió al pasillo de la posada. Desde allí, podía ver las luces tenues de las casas del pueblo y escuchar el murmullo lejano de una guitarra.
Bajó las escaleras y caminó hacia la playa. Allí, sentada en un tronco viejo, estaba Aurora, mirando la luna reflejada en el agua.
—¿Tampoco puede dormir, señor Rossi? —preguntó ella sin voltear a verlo.
Pablo se detuvo a unos metros. Ya no llevaba la corbata, ni el reloj de oro, ni la actitud de jefe.
—Mi padre espera resultados, Aurora. Y yo nunca le he fallado. Pero hoy, frente a ese hombre... Don Teófilo... me sentí como si estuviera hablando en otro idioma.
Aurora se volvió hacia él. La luz de la luna le daba un aire místico, casi irreal.
—Es que sí está hablando otro idioma, Pablo. Usted habla de "metros cuadrados" y nosotros hablamos de "recuerdos". Mañana en la asamblea, si sale con sus números y sus contratos, lo van a ignorar.
—¿Y qué sugieres que haga? —preguntó Pablo, acercándose un poco más.
—Sugiero que empiece por escuchar antes de hablar —respondió Aurora, levantándose y sacudiéndose la arena—. Mañana no vaya como un Rossi. Vaya como un hombre que quiere conocer a sus vecinos. Quizás así, alguien lo invite a sentarse a la mesa de verdad.
Se fue caminando hacia su casa, dejando a Pablo solo en la oscuridad. Él se quedó mirando el mar, dándose cuenta de que la asamblea de mañana no iba a ser una reunión de negocios, sino el primer gran juicio de su vida.