Cuando Isabel muere debido a una enfermedad, su alma se transporta al mundo de la última novela que leyó: "La Duquesa Libertina". Ahora, con una segunda oportunidad, Isabel decide tomar control de su destino y cambiar el curso de la historia. Pero lo que no esperaba era que sus padres la obligaran a casarse con un duque sanguinario, misterioso y posesivo. Sin embargo, ella tratará de hacer la suya y no molestarlo, pero él desea otra cosa...
¿Podrá Isabel equilibrar su deseo de libertad con la pasión que la consume?
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Capítulo 7 Maratón (3/4)
—¿Y has aceptado ya? – inquirió ella confundida.
—¡Obvio que he aceptado! – declaró él – ¡por fin podremos deshacernos de tí – rio a las carcajadas.
A Isabel se le estrujó el corazón, no entendía por qué tanto odio hacía ella, nunca había hecho nada o cometido algún error imperdonable.
Desde ese día, los maltratos cesaron, necesitaban tenerla en perfectas condiciones para el matrimonio. Además, el hombre había pedido una revisación médica antes del compromiso, para ver en que condiciones estaba su prometida, por lo que ellos no podrían hacerle absolutamente nada.
La azabache ya estaba totalmente resignada al hecho, no pensaba poner ningún impedimento para la unión, después de todo ahora lo veía como una forma de librarse de esa familia, lo único que lamentaba era tener que abandonar a Eliza y al pequeño Theo.
—Creí que ya no intentarían casarte más – suspiró triste Eliza.
—Tranquila, después de todo puede que no sea tan malo como dicen – quiso calmar el ambiente Isabel.
—¡Ja! – intervino riéndose con burla Rosalind – ¿no es tan malo cómo dicen? – repitió con sorna – se dice que el gran duque es el viejo más temible del reino, qué él sólo vengó la muerte de sus padres matándolos con tan solo un tenedor – continuó – dicen que en sus manos lleva tanta sangre que equivale al mar negro, ¿y dices que no es tan malo?.
—¡Cierra esa asquerosa boca viperina! – exclamó furiosa la concubina Eliza.
—Cuidado con sus palabras concubina – advirtió la rubia con seriedad – no se olvide que habla con la hija favorita del Marqués, no quisiera que la entregarán a otros hombres como castigo, así como hizo su padre con usted – rio venenosamente ella.
Isabel no soportó el insulto a quién había sido como una madre para ella y sin pensarlo dos veces le propinó una trompada a puño cerrado en la nariz a la rubia.
Tal golpe le había roto la nariz, provocándole un sangrado exorbitante y tumbándola al suelo.
La concubina Eliza estaba totalmente impactada, no se esperaba esa reacción en absoluto, Isabel jamás se había defendido a sí misma, pero ahora temía por ella.
Rosalind salió corriendo entre lágrimas y gritos, prontos todos estarían allí.
—¡Oh, mi niña! – exclamó la pelirroja abrazándola – ¿por qué has hecho eso?, ahora vendrán a tomar represalias.
—No te preocupes por eso – respondió Isabel – no pueden hacerme nada, mi sanguinario prometido no quiere que me lastimen antes de la boda – rio ella, aprovechando la situación.
—¡Maldita salvaje! – entró gritando la concubina Clara con la mano alzada, lista para golpearla.
Justo cuando su mano estaba a pocos centímetros del rostro de Isabel, ella la sujetó con fuerza de la muñeca, frenándola. Mirándola a los ojos con burla.
—¿Cómo te atreves, pequeña zorra? – murmuró conmocionada Clara, fulminándola con la mirada.
—¡Le avisaré a padre! – exclamó Anastasia, corriendo a llamar al Marqués.
—¡Ana! – la llamó Eliza, aunque en vano.
—Esa niña ha tenido suerte de haber salido diferente a ti, maldita pordiosera – la insultó Clara a Eliza.
—Al menos ella viene de una casa humilde y no fue sacada de un prostíbulo – comentó Isabel con una sonrisa de suficiencia. Ya que se iría de esa casa, aprovecharía al máximo su despedida.
El cuarto estaba envuelto en un tenso silencio, que solo fue roto cuando llegó el Marqués rojo de ira con Anastasia y Octavia.
—¡¿Qué fue lo que sucedió aquí?! – inquirió furioso el Marqués, mirándolas a todas.
Rápidamente, la concubina Clara lo puso al tanto según su versión, él estaba que trinaba los dientes.
—Isabel... – dijo entre dientes con voz hostil – te quedarás en ti cuarto hasta que sea la hora de ir al altar.
Ella sonrió.
—¡¿Qué?! – exclamaron desconcertados todos excepto la azabache y Eliza.
—¡¿Acaso no piensas azotarla por lo que me dijo?! – preguntó roja de la ira Clara.
—¡También le rompió la nariz a Rosalind! – agregó Anastasia.
—¡Silencio! – gritó Edmund – ¡Ya le he dado un castigo, no se atrevan a contradecirme!.
—Ya escucharon a padre – dijo Octavia sonriendo con soberbia, sólo para agradar al Marqués.
Las mujeres callaron para contener la cólera, y al segundo salieron disparadas del cuarto.
Al día siguiente entraron varias mujeres para arreglar a Isabel para el matrimonio que sería ese mismo día.
Cuando la modista y la peluquera terminaron, entró Beatrice muy altanera.
—Afuera – ordenó de mala gana a las mujeres.
Cuando salieron, se acercó a Isabel y se sentó junto a ella.
—Hoy debo hablarte sobre tus deberes cómo esposa – comentó la mujer fastidiada – Lo primero que debes saber, es que la única persona que importa es tu esposo, deber vivir por y para él – continuó – sí él quiere tener a una o veinte amantes, tú lo aceptas encantada sin chistar, él es hombre y tiene que satisfacer sus necesidades y tú no siempre serás deseable para él.
Isabel estaba en silencio escuchando las ganzadas que su supuesta madre le decía, obviamente no iba a decir nada, solo fingiría estar de acuerdo.
—Cuando llega la hora de ir a la cama, tú solo quédate quieta y deja que él haga todo, o sí necesita que te acuestes con algún hombre que él quiera para cerrar algún negocio, tú obedeces – agregó la marquesa seria.
—De acuerdo marquesa, haré cómo usted diga – fingió aceptar Isabel.
—Muy bien niña – sonrió Beatrice antes de retirarse del cuarto. Ni siquiera le había dicho que estaba linda con el vestido de bodas.
Cuando solo quedaban unos pocos minutos para salir al altar, la puerta de su cuarto se abrió y sus tres hermanas entraron con unas sonrisas malévolas.
—Hoy te daremos tu último obsequio cómo parte de esta familia – anunció de forma siniestra Rosalind, mientras las otras asentían.
—¡Pasa! – llamó Anastasia, haciendo pasar a Vincent al cuarto.
—¿Qué creen que están haciendo? – musitó asustada Isabel.
—Te daré un obsequió querida hermana – declaró Vincent dándole una repasada lasciva a su cuerpo.
Antes de que Isabel pudiera decir o hacer algo, sus tres hermanas la sujetaron con fuerza y la tiraron a la cama, donde Vincent se le subió encima.
—¡Sueltenme! – gritaba Isabel pataleando y tratando de luchar.
De pronto la puerta se abrió y el pequeño Theo entró, alertado por los gritos de su hermana, cuando vió la escena rápidamente se tiró sobre su hermano mayor para defender a la azabache.
—¡Suéltenla! – gritaba desesperado entre lágrimas – ¿qué le hacen?.
—¡Aléjate mocoso! – lo golpeó Vincent, tirandolo al suelo.
—¡Corre Theo, vete! – gritaba Isabel, preocupada por su hermanito.
Theo se levantó de golpe, se sorbio la nariz que sangraba levemente y salió corriendo del cuarto.
—Al fin y al cabo todos te dejarán – comentó riendo Rosalind.
De un momento a otro, un hombre azabache de ojos verdes derribó al suelo a Vincent de una trompada, y a las chicas las tiró de un manotazo a cada una, detrás de él estaba Theo, lloroso.
Isabel notó que el hombre era un guardia por el uniforme, seguramente era un guardia de su prometido.